María Ángeles Pérez López / Sílabas de escarcha

Para escribir un poema que sea pleno de amor,
incendiado en sus sílabas de escarcha,
puedo releer los libros que conozco
donde alguien tocó nuestra eterna raíz
midiendo la distancia que va del cuerpo al cuerpo
-oh pelea desigual y ensangrentada
de la que no saldremos nunca indemnes,
mordido el corazón en su mismísimo centro-.
Porque bailo despacio un baile repetido
de forma que soy junco como otra de las muchas
mujeres, de las niñas, las ancianas
que están antes de mí, las que vendrán
a acariciar tu sexo estremecido
esperando encontrar inigualable
cada una en su señal, en su contorno
el gesto primordial de nuestra dicha.
Porque es común el peso en las caderas
que nos hace movernos, concebir,
guardar el surco de agua que trae el viento.
Es en serio que nada necesito,
la bibliografía podría ser escasa
y yo te tocaría igual cada minuto
aunque hubiese perdido el alfabeto,
el habla del primate vuelto hombre
y espacio vertebral en la belleza.
Apenas me hacen falta las dos manos
para escribir sin tinta ni agonía
el rasgo corporal del pergamino.

Hasta el poema llegan, como islotes
de óxido y de plancton celular,
los restos silenciosos del naufragio
en que quedan los barcos y los hombres
tras el amor intenso, el oleaje
que levanta su proa y la sumerge
al fondo de la mar y sus caballos.
Las caracolas guardan su rumor,
la lentitud sombría en que los peces
desnudos se acomodan a morir
y vuelven cristalina su belleza
de fósil, su armadura transparente,
su vertical caída hasta el silencio
en que el fondo del mar guarda la espuma
que levantó el deseo y las mareas.
En su abisal distancia deslenguada,
amor y mar comparten varias letras
y la raíz mojada por la sal
empapa cada signo tras su empeño
por la coloración y el frenesí.
La boca humedecida, la entretela
del cuerpo y sus humores ablandados,
las veintinueve letras rezumadas
por la líquida masa del amor
después se vuelven piedra quebradiza,
astilla y fósil blanco en su rescoldo,
su agalla enrojecida en el vivir.

El bisturí

El bisturí inocula su dolor.
En el corte limpísimo florece
el polen que envenenan las avispas,
su aguijón turbulento y ofensivo.
La mesa del quirófano está lejos
de la luz y la tierra del jardín,
su amor desesperado por la vida
y el material mohoso del origen,
lejos de la pasión de los hierbajos
y la piedra porosa en la que sangra
la desgastada edad de las vocales
que escribieron verdad y compañía.

En la asepsia que exige el hospital,
el bisturí recorta el corazón
de la página blanca del poema,
la sábana que tapa el cuerpo enfermo.
No queda ni memoria ni alarido,
tan sólo un hueco rojo en el lenguaje.
En la mano que empuña la salud
hay sin embargo un corte diminuto,
una línea de sangre y su alfabeto.

Sobre su pecho muerto, la mujer
pinta una gran ventana para el aire.
El corazón, en su áspera alegría,
asoma al sur su sala octogonal
por el hueco del seno que extirparon
la enfermedad, la mano, el bisturí.
Sobre su pecho muerto, la mujer
raspa cualquier recuerdo doloroso
y colorea el soplo y el zumbido
del arrebato rojo de quedarse.
El hospital se borra en su blancura,
esa sala de espera es no lugar,
la habitación sin lágrimas ni olivos
es también no lugar, los lavatorios
y ascensores que nunca se detienen,
el pasillo alargado como el miedo
de biopsia en biopsia es no lugar.
La madre le cosió dos grandes senos
con hilo destrenzado del cordón
que la anudaba al tiempo y sus asomos.
Ahora un médico serio, preocupado
descose uno de ellos, lo retira
en silencio, y la extensa cicatriz
que corre por el tórax como el frío
abrasa los paisajes de la tundra.
Pero sobre su pecho, la mujer
sombrea un árbol negro, transversal
por la ira de perderse en el otoño.
También nubes y niños anhelantes
en su transpiración y su ajetreo
para mojar la tarde y las palabras.
El viento que entra en tromba la despeina
y su risa es un pájaro veloz.

La mujer pinta de plomo sus pezones.
Le pueden los corajes, las heridas,
el dedo con que aprieta contra el aire
un lamento de plomo, un grito largo
que se quedó descalzo y sin pendientes.
Al caminar furiosa contra el viento
que ensucia sus caderas de hojas muertas
y trozos de ramitas embarradas,
sacude a manotazos la cal viva
con que la dictadura había borrado
sus pies y sus apremios, la belleza.
Entonces aparecen los diez dedos,
media suela aterida de un zapato
que caminó ruidoso sobre el mundo,
restos blandos de tela indescifrable
y un grito que revienta en su metal
porque hay pelo adherido a ese dolor
y la mujer camina arrebatada
con su roja clavícula en la mano
para escribir su nombre en las paredes
y en la calcinación de la caliza.
Del reverbero le arden los pezones
pero al llegar la tarde se consuela:
la tibia, el peroné de su esqueleto
apagan el rencor blanco de cal
y disuelven el óxido y el talco,
el miedo, las fracturas, los manteles,
el agua endurecida por el odio.
Y cuando duerme, olvida que en Oswiecim
guardan el pelo humano en una nave.
En el sueño, además, hay una niña
que duerme acomodada por completo
sobre un sol acabado y circular
como una mandarina luminosa.

(Nació en Valladolid, España, en 1967. Publicó “Tratado sobre la geografía del desastre”, en 1997, en México; “La sola materia”, 1998, España; “Carnalidad del frío”, 2000, obra con la que obtuvo el premio “Ciudad de Badajoz”; “La ausente”, España, 2004; “Atavío y puñal”, España, 2012; “Diecisiete alfiles”, 2019, España; e “Inteferencias”, 2019, España. Sus obras publicadas hasta 2010 fueron reunidas en “Catorce vidas. Poesía 1995-2009”. Poemas suyos fueron traducidos al armenio, francés, inglés, italiano y neerlandés. En 2022 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro/Fundación Centro de Poesía José Hierro, con “Libro mediterráneo de los muertos”).

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