Zambrano, Antígona y el imperativo de una paz dotada de justicia

Una nueva puesta de “La tumba de Antígona”, de María Zambrano, confirma la actualidad del reclamo de la filósofa española.

   El Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida ofrece a mediados de agosto una versión de la pieza de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid,1991), en coproducción con Karlik Danza-Teatro, compañía que nació hace treinta años en Cáceres y que lleva más de dos mil representaciones.

   La versión de la obra de Zambrano estuvo a cargo de Nieves Rodríguez y Cristina D. Silveira, quien asume la dirección.

   En el espacio oficial del festival, la compañía expresa que “La tumba de Antígona” aúna “filosofía y literatura” y que su autora, al rechazar que la hija de Edipo y Yocasta se haya suicidado en la tumba, despliega los ejes de su pensamiento y sentimientos: “Esperanza, tiempo, delirio, amor”.

   Esperanza en condición de “último sustento de la vida que permite germinar en conocimiento”, tiempo para que “la conciencia despierte”, delirio para “encontrar vínculos con la realidad cuando la realidad impide enraizar en ella la existencia” y “amor como sueño y sacrificio y promesa”.

   El significado de la obra y los conceptos que transmite fueron analizados por el español Pablo Bujalance (Málaga, 1976), poeta, novelista, ensayista y también autor de obras de teatro, en un artículo que publicó en el Diario de Sevilla.

   Para ese análisis, recuerda las durísimas circunstancias en la vida de Zambrano desde que debió partir al exilio en Francia con su madre y su hermana Araceli, después de haber sido defensora activa de la República.

   Cuando corría 1946 la filósofa estaba en La Habana y su hermana le escribió desde Francia avisándole que la madre estaba gravemente enferma. Zambrano pudo regresar después de vencer trabas burocráticas, aunque llegó dos días después del fallecimiento.

   Baujalance escribe que “Araceli le relató entonces toda la verdad que había silenciado en sus cartas para no perturbar aún más a su hermana: tanto ella como su marido, Manuel Muñoz, último director general de Seguridad de la República, habían sido torturados y vejados por los nazis en Francia durante la ocupación. Muñoz corrió además la misma suerte de otros muchos refugiados españoles y, tras su detención, fue extraditado a su país, donde un consejo de guerra decretó su condena a muerte y donde fue fusilado poco después”.

   Así, prosigue el texto, “el desarraigo adquirió entonces la dimensión exacta de la tragedia, lo que tuvo consecuencias decisivas en su pensamiento, preñado ya de razón poética. Se trataba ahora de alcanzar la purificación, la catarsis que la misma tragedia representaba para los antiguos griegos”.

   Entonces encontró en Antígona “el personaje trágico que tanto la había fascinado (y que tanto la había inspirado para escribir ‘La agonía de Europa’, publicada en 1945), la más fidedigna expresión de sí misma, su más eficaz alter ego: la voz alzada contra la barbarie que reclama la paz para los muertos”.

   La obra “La tumba de Antígona”, que se conoció por primera vez en 1967, cuando María Zambrano y su hermana Araceli residían en París, se constituyó en “una exploración filosófica y poética articulada en las distintas voces protagonistas con una visión inequívocamente escénica”, escribe Bujalance.

   Cada nuevo montaje de la obra, prosigue en el Diario de Sevilla, “constituye un acontecimiento, pero cabe celebrar su vigencia aún más cuando es el Festival de Teatro Clásico de Mérida el que incluye el título en su cartel”.

   Zambrano “lleva al personaje al trance, al delirio, por el que, al no haber sido dueña de su existencia, no tiene nada que perder a la hora de enfrentarse al poder criminal; más aún, este enfrentamiento se convierte en una exigencia moral. Antígona ha visto cómo sus dos hermanos, Polinices y Eteocles, se enfrentaban el uno al otro hasta la muerte; y cómo su tío Creonte, nuevo rey de Tebas, se negaba a dar sepultura a Polinices por su condición de traidor, con lo que su cadáver quedaba a merced de los perros y los cuervos”.

   Ante ello, la Antígona de María Zambrano “hace justicia, además, a la hermana de la protagonista, Ismene, silenciada por el mito y en quien la hija de Edipo encuentra tanto el consuelo como la razón para alzarse contra el terror y denunciar a quienes lo promueven”.

   También recuerda definiciones de Nieves Rodríguez, autora del estudio “La tumba de María Zambrano”, cuando sostuvo que para la filósofa “el exilio no es sólo una experiencia personal e histórica, aunque también, sino una dimensión histórica trascendida por una dimensión metafísica y mística en la que el exiliado se revela como arquetipo de la condición humana. Es un sujeto trágico, en crisis, que expresa su padecer”.

   Bujalance recurre por último a la edición de la obra de Alianza Editorial, en cuya introducción sostuvo la escritora Marifé Santiago Bolaños: “Si podemos mostrar un detonante biográfico en el proceso creativo de ‘La tumba de Antígona’, si la circunstancia es terrible en su identificación, María Zambrano es capaz, sin embargo, de trascenderla y concebir un verdadero tratado filosófico sobre la urgencia de un compromiso ético por la paz. Una paz que será verdadera si el perdón requerido para ella no es olvido, sino justicia”.

   La nota completa está disponible en este vínculo: https://www.diariodesevilla.es/delibros/festival-teatro-merida-antigona-maria-zambrano_0_1710429672.html

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