Canciones de amor del siglo XIII, de la religiosa Hadewijch

Singulares expresiones espirituales de quien permaneció por fuera de la orden monástica y cuyo lirismo se aproxima al amor profano.

   Ediciones Siruela, de Madrid, publicó “Canciones”, textos que Hadewijch escribió junto a los que surgieron de “visiones”, como las consideraba la religiosa que nació a fines del siglo XII –no se dispone de una fecha precisa- en Amberes, entonces Ducado de Brabante, situado entre los territorios hoy denominados Países Bajos y Bélgica.

   Hadewijch de Amberes, también nombrada en algunos textos como Hadewijch de Brabante, perteneció a una asociación de mujeres laicas católicas llamadas beguinas, dedicadas a la ayuda a desamparados, marginados y enfermos, así como mujeres, niños y ancianos.

   No respondían a una orden y adoptaban reglas propias, como votos de castidad anuales. Hadewijch, la más conocida entre ellas en su región, escribió sobre sus experiencias místicas, las “visiones”, así como las canciones que ahora se publican, y también escritos de tipo epistolar y poemas.

   La religiosa desarrolló esta obra en neerlandés y no en latín, como era costumbre en la época de los escritores considerados “cultos”.

   La traducción para el libro de Siruela fue realizada por Stefan van den Bremt. La edición estuvo a cargo de Veerle Fraeters y Frank Willaert, en tanto Blanca Garí es autora del epílogo.

   Las “Canciones”, dice la editorial, se refieren al amor, “y lo hacen de un modo nuevo” para la época, porque “el amor de Hadewijch es amor a Dios pero expresado según el estilo de los poetas del amor profano”.

   El resultado genera “una profunda sensación de extrañeza que embarga por la belleza de sus versos, en los que dominan potentes imágenes destinadas a visualizar un sentimiento cuya vehemencia está más allá de toda mesura. Es la furia del amor”.

   Brabante, prosigue la editorial en su espacio oficial, representaba “una encrucijada lingüística como se pone de manifiesto en estas Canciones en vulgar, brabantino o neerlandés, en las que aparecen elementos románicos y germánicos”.

   Religiosa por fuera de orden monástica, fue también maestra de beguinas, “según se desprende del tono didáctico de toda su producción, que busca sobre todo ofrecer una orientación espiritual”.

   El conjunto de la obra “deja traslucir una elevada cultura por la presencia tanto de teólogos latinos como Guillermo de Saint Thierry o Ricardo de Saint-Víctor, como de la tradición trovadoresca, lo que permite suponer que su depurada técnica musical y poética debió adquirirla en un castillo donde imperara un refinado ambiente cortesano”.

   En la publicación Culturamas, Ricardo Martínez reproduce en un artículo sobre esta novedad editorial tramos de las canciones, como este:

    “¿Cuál es la carga ligera que impone amor,/ y el yugo suave y tan dulce?/ Es llevar noble e íntimamente/ el amor que acaricia a los amados/ y a él los une con una voluntad/ en un ser único, inmutable”.

   Y también:

   “Ahí está amor,/ allá, no sé dónde,/ libre, sin miedo./ Que yo no llegue a entrever a amor/ me desespera,/ y aún más a quienes llevan hierros/ de amor, que les abruman sobremanera./ Eso no duraría/ si amor, con honradez,/ les concediera su abrazo/ en amor”.

(30/7/22)

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