“Escrito en Tuxtla”, libro de Óscar Oliva

Esta obra del poeta mexicano fue publicada por la editorial ALDVS, en colaboración con el Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez.

   La edición de “Escrito en Tuxtla” es una forma de celebrar los 85 años del poeta que, junto al desarrollo de la obra propia, es reconocido por su compromiso en la formación de nuevos escritores, que a menudo lo mencionan como referencia.

   Óscar Oliva reúne gran cantidad de reconocimientos en su país, como el Premio Aguascalientes, el Premio Chiapas de Literatura y el internacional Jaime Sabines/Gatien-Lapointe. Gestor cultural en muy variados espacios, su poesía fue llevada a escena por el director teatral Germán Castillo y por la coreógrafa Celia Lugo.

   Acerca de “Escrito en Tuxtla”, expresó José Natarén en Diario de Chiapas: “Al poeta no le es ajeno nada de lo humano, como las migraciones, el rock, los cambios de género, el arte medieval, la física cuántica, las pasiones y virtudes. Tampoco nosotros: es un poeta ocupado en escribir, formar y crear comunidad. Capta el espíritu de este tiempo y observa con asombro los cambios del mundo desde su natal Tuxtla Gutiérrez”.

   Poemas suyos fueron traducidos al zoque, tsotsil, tseltal, chol, mam, francés, inglés, italiano y ruso.

   La obra lleva un texto de presentación institucional del presidente del Ayuntamiento, Carlos Morales Vázquez.

   Entre los libros de Oliva figuran “La voz desbocada” en la publicación colectiva “Espiga Amotinada”, en 1960; “Áspera cicatriz”, en “Ocupación de la palabra”, 1965; “Estado de sitio”, 1971; “Trabajo Ilegal”, 1985; “Lienzos transparentes”, 2003; “Estratos”, 2010; y “Lascas”, 2017.

   Además de su obra, Oliva fue titular de la Comisión Nacional de Intermediación entre el gobierno federal y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

   Natarén envió a La Poesía Alcanza dos textos de la decimotercera sección del libro, que se publican a continuación.

   XIII

Hace mucho tiempo que no bebemos juntos, que no hablamos de la poesía

   del bardo de Teos, cantor del amor y los festines, hace tanto

tiempo que he dejado el alcohol y los festines, pero continúo borracho

de amor y de festines, por eso quiero, antes de continuar, que bebamos

juntos, amigos de toda la vida, pero no los encuentro en ninguna parte,

no sé si regresaron a nuestra ciudad natal, y si allí fueron sepultados,

o si volvieron a subir al balcón del templo que se balancea en lo más alto

del peñasco, entre riscos de numerosas zopiloteras, entre carros de vientos

recios que ayudan a pulsar las cuerdas, a improvisar el canto desde el balcón

             de piedra, alimentado por gansos salvajes que zarandean los cabellos

de cantores sagrados, representaciones en piedra de otros inmortales,

como el griego, y no me dijeron que iban a subir, tocando el guitarrón,

la chirimía, para que al llegar a lo más alto gritaran, “¡Trepa, saraguato!”,

pulsaremos, tensaremos, nos meteremos entre las cuerdas de los bambúes,

    −¡ubérrima juventud inagotable! −, bailaremos para los que cantan

recio, los quebradores de albores, los engallados avechuchos con espuelas,

con los oídos tensos, y beberemos hasta quedar dormidos, con la tez de la

cara lavada con una mezcla de zumo de limones cimarrones y ron blanco,

y, dormidos, continuar escribiendo o recitando epigramas contra el tirano,

o yambos que recuerden a Arquíloco, u odas a Cintia, me dan ganas

de seguir bebiendo, definitivamente cuando bebo contra las corrientes

achocolatadas del río infernal, quiero ser otro guardián, alimentado por

    gansos salvajes, zarandeando los cabellos de cantores sagrados

antes de la holganza, en el templo que se balancea en el puño del risco,

hogar de zopilotes, desde mi sobriedad dionisíaca continúo escribiendo

epigramas contra el tirano, y otras cosas raras que se me ocurren

en la bestialidad de mi sequía, donde veo películas también bestiales,

que se reproducen por sí mismas y se proyectan sin los técnicos de antaño,

perlas fundidas en sus conchas, con manchas y veladuras, donde aparezco

haciendo un cameo de tres segundos, suelto una exhalación de tres segundos,

pero atento espectador silente caigo entre luces y sombras amarillas bajo

detonaciones de cohetes, pendiente de los personajes que he maquillado,

les digo esto porque ya nunca podrán leer lo que estoy escribiendo,

una simple canción de amor en el amanecer de madera exaltada, la pinto

y repinto frenéticamente, antes de mudar de ropa, en la carpintería que heredé,

donde pego estrellas a mi cuerpo, ventosas verdes, y mientras trepo donde

están de vigilantes, voy pensando en otras cosas, tan disímiles, en la exaltación

del canto, para entrar en trance al bailar hasta el agotamiento, en esta y otras

líneas repletas de tantas cosas que me marean, interminables de tantas cosas

que también me ponen en trance, de tan fulgentes, al atropellarse conmigo

y con otros seres fáusticos que quieren entrar a escena, cuando todo es estampida,

todo revuelto en la red de nuestras manos, tan transparentes, vacías, vistas con

rayos

   X

Todo lo que estoy diciendo está hecho de ropa vacía,

nuestros cuerpos, más cuando estallamos en el vacío,

sin cuerpos, con un solo movimiento de danza, juntos

y alejándonos al comprender que Anacreonte también

está hecho de vacío, por eso brindo cuando mi canto

es perlas fundidas, casi leche en esta copa vacía,

no hay ningún risco en ningún desfiladero, ni un templo

flotando en el vacío, tal vez hay el rescoldo del fuego,

hermanos de toda la vida, de la que ya no voy a ver pasar

entre ustedes y yo, cuando nos separamos algo

me dejó vacío, este fuego para entender que ya no podré

nunca beber con ustedes, ahora que ya no tengo a nadie

que platique con mi sombra, cuando estoy bebiendo más

que nunca, encaramado en un risco, entre zopiloteras,

atrás del guitarrón,

atrás de los chinchines,

atrás de la chirimía

que resuena como

el mugido del pavón

al llamar a su pareja.

(27/6/22)

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