“Ojos de la palabra”: antología de Jorge Boccanera en España

“El que nace en un puerto nace con el viaje puesto”, dice el autor sobre la génesis de su poética.

   “Ojos de la palabra” se titula la antología publicada en las Canarias por la editorial Nectarina, en su colección “Rumbo de Colisión”, dirigida por el poeta Pedro Flores.

   En el prólogo de la edición, Jorge Boccanera (Ingeniero White, Bahía Blanca, 1952) describe a la antología como un cruce de sus lecturas de la niñez con afanes del poeta frente al misterio. En la obra se observa el martillar sobre el tema del tiempo y, entre otras cosas, emerge de ella la idea de una poética como el caldero donde la intuición se funde con el pensamiento.

   “A ratos pienso que el poeta no nace ni se hace. Se deshace. Se deshoja al tiempo que acumula borradores de borradores. Ahí, la primera paradoja, y toda paradoja en el arte indica una herida: la pretensión de indagar al misterio, ver de frente al silencio o, en palabras del poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, calcar a la imaginación. Es el punto de partida de un camino de pistas evaporadas y rastros borrados”, escribe Boccanera.

   Cada poética, sostiene después, tiene una génesis específica, y en su caso “está asociada al puerto donde nací. También a una voluntad de asir vidas, personajes, tramas, sucesos cotidianos ínfimos –y extraordinarios para aquel niño del muelle- que suscitaron una larga cadena de preguntas”.

   Así, “como quien lee una revista de historietas y a medida que recorre las páginas se le van esfumando los personajes, viví el transcurrir de ese puerto repleto de gente ‘de paso’… que rumiabaen distintas lenguas, gastaba un rato sus calles y partía hacia rumbos desconocidos”.

   El puerto aledaño a la ciudad de Bahía Blanca, poco más de 600 kilómetros al sur de Buenos Aires, “era una piñata llena de sensaciones, aunque con escasas lecturas: historietas acumuladas en una mesa en la peluquería de mi abuelo Santiago; la antologíaCuentos de hadas japoneses que mi madre pidió prestada a la biblioteca del lugar (aún veo a los emperadores y princesas con sus trajes de seda y pedrería entre dragones voladores), y un relato ilustrado de H. P Lovecraft que me aterró con su atmósfera sepulcral”.  

   “Dentro de ese conjunto de postales tenían cabida los tangos que entonaba Roberto del Mar, mi padre, cantor en una orquesta del lugar”, evoca.

   Y tras afirmar que “el que nace en un puerto nace con el viaje puesto”, Boccanera dice que ya en su camino sintió que “el deambular le daba una respiración a mis poemas, un jadeo del tránsito”, pues “el viaje me sacó del confinamiento del lugar fijo y me instaló en la fascinación por el recorrido, la apertura a nuevos interrogantes, la tensión de los opuestos, el vagabundeo concurrente, el sentido lúdico y azaroso de todo andar, la posibilidad de conectarme con la fábula de los arrabales y los enjambres del bosque por fuera de las costumbres, incorporando lo diferente”.

   “Creo que todos los temas de la poesía se refunden finalmente en uno: ese vértigo que llamamos ‘tiempo’ –prosigue-. Así, como pasajeros de una existencia efímera, estamos echados al viaje en un tránsito con estaciones intermedias en los territorios de la pasión, la extranjería, la esperanza, la solidaridad, la lucha, el goce, en un universo habitado por personajes del imaginario de Fellini, de Chaplin, de Bradbury, que caminan con afán junto a nosotros por los reversos de un mundo demasiado cuadriculado, vulgar, mezquino y autoritario”.

   Luego hace una descripción de la antología que va recostándose en títulos y versos de las obras que atesora. Escribe: “La mochila de Ojos de la palabra guarda mucho del itinerario del viaje; carga el deseo de besarle las piernas a la poesía sabiendo que al final solo morderá el polvo; carga la moneda de oro que se debe entregar a una niña Sordomuda para acceder al arcoíris de su lengua. También acarrea los animales borrosos que el poeta despluma, descama y desuella, con el empeño de ver una lágrima al fondo de la olla. Y el muñón obsesionado de la escritura, los compañeros desaparecidos, el hambre voraz de los espejos, los amantes que ponen sus ojos a cantar, la selva con sus vísceras al aire, la muerte trabajando a la vista de todo el mundo, la harina negra de la extranjería y las marimbas levantando vuelo”.

   Boccanera dice después que comparte un anhelo del poeta Miguel Ángel Bustos, quien nació en Buenos Aires, en 1932, y fue detenido-desaparecido por la dictadura cívico-militar, en 1976, pues proponía “escribir con la velocidad del sueño”.

   Y ese anhelo, continúa, se expresa en una mirada en la que “la imaginación interpela a la realidad y a lo intangible, y lleva implícita una asociación, un vínculo, dentro de un universo trepidante que contiene elementos en ebullición. Temas y formas se refunden en el caldero de lo intuitivo, las ideas, las percepciones. Asociación rauda, entonces, como resultado de una fermentación de experiencias entre los pistones -la conciencia de la imaginación y la imaginación de la conciencia- que accionan la inventiva sin que quede por fuera la circunstancia que nos toca vivir”.

   Al final, el poeta argentino expresa que “toda antología personal encierra un modo de componer, de orquestar franjas del lenguaje, imágenes, conceptos, fulguraciones y oquedades. En ese sentido, Ojos de la palabra  aspira a tocar el fondo de lo humano allí donde, vuelvo a palabras del poeta Bustos, ‘nuestras voces lamen el viento’”.

(16.6.22)

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