Olvido García Valdés / Somos sólo cautivos

cazuela a fuego lento, lo que el temor
cocina se transforma o trasmuta y puede
convertirse en bondad, ver desde fuera, un tú
sin proyecciones, ay, si guardara calor aquella
lumbre prado verde, racheado, casi
sin luz, con flores de aligustres y cimas
de ciprés, había dos niñas, había entonces
más cipreses, dejar que todo vaya, ir
viéndolo pasar y que no haya
nadie y no haya nada

Girasol, negro párpado, multiplicada…

Girasol, negro párpado, multiplicada
curva para el deslumbramiento. Somos
sólo cautivos,
presencias dentro de otros
que nos llevan. Allá, muy lejos,
el taxista le dijo: discúlpeme,
la ciudad es muy grande, sólo
manejo por las orillas.

voy por el mundo como en un sueño, los valles
frutales encajados en el relieve áspero, las personas
disímiles e iguales fluyendo rápidas, una pareja
en un cerro junto a una de esas esculturas
simbólicas contempla la ciudad, barrios de bloques
repetidos, viaje en tren, velocidad alta y destino
seguro, sin metáfora, voy y miro y todo es
como si no fuera yo quien lo mirara

la luna casi llena en un cielo que clarea

la buena luz –viva, brillante–
en el azul que anuncia que la noche
ya acaba
se desprende de sí y exenta
es aplicable a quien mira, un estar
en el aire, regida sin embargo por las fuerzas
del mundo, en el aire y en marcha
aunque quieta, los ciclos de la luna
sin fin, salvo cuando no haya
ciclos y sea también ya luna, noche
que clarea un sábado de enero, alba
y brillante como lo sin peso, la luz
que está y la luz que llega, sin peso

¿quién vive en ese árbol? ¿qué dios o ninfa le habría
dado su presencia? acacia es y así diría
el poema si antiguo fuese, de verde intenso y frondas
densas y redondas, no pesa y todo en él
es luz, diría, un suspendido estar de la presencia, si
fuera antiguo ese decir y un dios o ninfa le hubiera
dado aliento
acacia es saliendo de
la A4 a la altura de Jaén, un abril que
ya acaba y llega mayo alargando
para la estrella tardes y mañanas

Entre lo literal de lo que ve
y escucha, y otro lugar no evidente
abre su ojo la inquietud. Al lado,
mano pálida de quien convive
con la muerte, cráneo hirsuto. Atendemos
a la oquedad, máscaras que una boca
elabora; distanciada y carnal,
mueve el discurso, lo expande
y desordena, lo concentra, lo apacienta
o dispersa como el lobo a sus corderos.
El sonido de un gong. Es literal
la muerte y las palabras, las bromas
luego de hombres solos, broma y risa
literal. Todo sentido visible, todo
lo visible produce y niega su sentido.
Si respiras en la madrugada, si ves
cómo vuelven imágenes, contémplalas
venir, apaciéntalas, deja que estalle
la inquietud como corderos.

Nació en Pravia, Asturias, en 1950. Comenzó a publicar poesía en 1986, con “El tercer jardín”. Siguieron “Exposición”, “ella, los pájaros”, “caza nocturna”, “Del ojo al hueso”, “Y todos estábamos vivos”, “Lo solo del animal” y “Confía en la gracia”. Está incluida en varias antologías. También publicó ensayos, entre ellos “Teresa de Jesús”, “Los poetas de la República”, que escribió con Miguel Casado, y “En torno a Velázquez”. Es también traductora. A comienzos de julio de 2021 le fue adjudicado el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. En mayo de 2022 obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

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