• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
    Quiero que solo me apuñales a mi
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @divagandoletras
    Cerrar las ventanas con nosotros fuera. Y quedarnos en el otoño
  • @Claudia_DelSur
    La imaginación nos envuelve en abrazos reales
  • @MeMalcriaste
    También hay errores platónicos
  • @Juansistemico
    Tocará beber de su sonrisa en una foto
  • @Pluriversos
    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
  • @nancyeldarjani
    La hora es un compás seguro

Buscando hebras de luz

EDGAR BAYLEY

Ni razón ni palabra

cada noche los sueños inmolan tu pena y tu culpa

de frente al olvido

a la pregunta y la canción inexcusable

es necesario empaparse herirse hundirse

buscar el estallido hasta decir: perdón no soy el mismo

pero el fuego desgrana tus razones de tierra

debes perder la luz plena

los motivos de la victoria

agrio pesado cruel

la ciudad te vuelca te vacía

corazón vacío

miseria burbujeante

no es preciso razón ni palabra

para este airado hogar

que nadie después sume su nieve o su festejo

despierto queda allí en su momento

en cambio y permanencia

en nube recia

en la libre mano

y el cabalgar del sueño

Un lugar entre los hombres

Para poder hablar

solamente para eso

para que tu palabra

mereciera tu propia confianza

te has abierto a todo

has extendido tus propiedades

Para que ninguna línea

escrita por tu mano

ninguna palabra dicha

en baja o alta voz a los vecinos

mereciera la sospecha

de un amaño

o de trabajada impostación

para poder nombrar

de torpe modo

la torpe vida

o la brillante y altanera

has mezclado tu acento

en el tumulto

y has perdido o ganado

tu silencio

un lugar entre los hombres

Un sol

No hay una naranja perfectamente redonda

No hay un día perfecto

Hay un sol para los que han peleado

contra las sombras

sin rendirse jamás

de noche

de día

a orillas del lago

bajo el sicomoro y el sauce

entre las rocas y las anémonas

Para ellos hay –habrá- un sol

porque han peleado contra las sombras

contra su propia oscuridad

su turbia lámpara

su ignorante desgano

Para ellos

habrá un sol

pero no hay

no habrá nunca un día perfecto

una naranja perfectamente redonda

(De “Obras”, presentación de Francisco Madariaga y prólogo de Rodolfo Alonso, con edición de Julia Saltzmann y revisión y estudio preliminar de Daniel Freidemberg, Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999. Edgar Bayley nació en Buenos Aires, en 1919, y murió en esa misma ciudad, en 1990. Sus publicaciones de poesía comenzaron con “En común”, en 1949, una época en que compartió junto con su compatriota Raúl Gustavo Aguirre la edición de la revista “Poesía Buenos Aires”. Fue también ensayista y dramaturgo, y trabajó como periodista).

JUAN SÁNCHEZ PELÁEZ

IV

Por salir con el silbo de la serpiente y las

aves del paraíso

Al paso de las tardes

El trapecio milagroso de tu deseo es la vida

Y el diamante en mi amante

Y a través de la púrpura roja (en el sueño) las

blancas ventanas en mi vigilia

Y cuando me aman olvido mi propia presencia

Cuando me escuchan olvido mi propia audiencia

Cuando me llaman hombre soy un caballo negro por

la nostalgia

Y si me salvo no será por piedad

Si muero no será por suicidio

Si renazco no será en la resurrección de la carne

Salgo a escena inerme ante vocales y vocablos con

vaivenes rápidos circulares de fulgor paralelo

con el pez vivo en la red y la interrogación sin

sentido.

IX

Menos torpe

Pero

Sin nostalgia,

Sin recuerdos,

Sin un latido,

Sin mi respiración, mi grito

La astilla de mi ausencia,

Debo desollarme

En el quicio de las ventanas,

Equivocarme de espectro, y olvidarlo.

Pasar el agua

Que se esparce como en una fuente

A manos de la muda.

Con toda vanidad y amor,

Balbuceo, descalzo en el pórtico.

Negándome el fin del ser

La nada

La bahía azul

La blancura del precipicio.

XX

Por paradójico que así sea… (decía mi maestra)

Luego cabalgaría sin darse cuenta

A través de pupilas enigmáticas,

Uniendo las cifras del ábaco,

Las breves islas

Ilusorias de nuestro mundo.

Hoy puedo subir

Hacia la alta colina verde

Donde la cascada resplandece.

Sin embargo, no me considero feliz.

No regresaré nunca hasta mi ábaco de madera.

Ya no tengo la inocencia de mis primeros años.

Una lámpara se tambalea en el tiempo.

El vagabundo también grita de un bosque a otro

Y conoce

Más a fondo

El olvido.

VI

El tiempo ceñudo y frío y no otro. El tiempo en carroza

fúnebre y sin ver mis girasoles.

Pongo la mano en el grito del árbol. Entrego al hambre

de crecer una herida abierta o una estrella.

El peso único de esa noche cae del fruto. Mientras con

señas fijas una vez ausentes, la piel del fósforo que hay

en mis nudillos discurre en las bahías.

X

Yo voy por mi laúd, descalzo

El poeta se ausenta en el árbol de mi mudez.

Recoge a la zaga, en confines, mis fetiches vacíos.

La ciega de amor en su cima no ve mis girasoles.

Miseria en mis viajes por tan exiguo equipaje.

El ímpetu, la evidencia abrupta de mi ausencia.

Por el náufrago ruega mi bella de brazos cruzados.

(De “Antología poética”, con prólogo de Alberto Márquez y cronología de Enrique Hernández-D’Jesús, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericanos, Caracas, 2004. Juan Sánchez Peláez nació en Altagracia de Orituco, estado Guárico, en 1922. Murió en Caracas, en 2003. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1951, con “Elena y los elementos”. Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1976. Vivió un tiempo en Chile y fue diplomático. Colaboró con publicaciones literarias).

SALVATORE QUASIMODO

Y enseguida atardece

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra,

traspasado por un rayo de sol:

y enseguida atardece.

A la antigua luz de las mareas

Ciudad de isla

sumergida en mi corazón,

aquí desciendo a la antigua luz

de las mareas, junto a sepulcros

a orillas de aguas

que sueltan un regocijo

de árboles soñados.

Me llamo: se refleja

un sonido en amoroso eco,

y es dulce su secreto, estremecerse

en amplios derrumbes de aire.

Un cansancio se abandona

en mí de precoces renacimientos,

la acostumbrada pena de ser mío

en una hora allende el tiempo.

Curva menor

Piérdeme, Señor, que no escuche

los sumergidos años tácitos despojarme,

y así se cambie el dolor en franco impulso:

curva menor

del vivir me avanza.

Y hazme viento que feliz navega,

o semilla de cebada o lepra

que se exprese en pleno devenir.

Y sea fácil amarte

en la hierba que se asoma a la luz,

en la llaga que horada la carne.

Yo prueba una vida:

cada uno se descalza y duda

buscando.

Me dejas aún: estoy solo

en la sombra que en tarde se expande,

ni un paso se abre al dulce

desembocar de la sangre.

Vida oculta

Se filtran hora y espacio

y no hay de luz presagio

en el abandono de la hierba;

y el viento, el fresco viento no vierte

telares de sonido y repentinos clarores,

y cuando calla aún el cielo está solo.

Dame una vida oculta,

y si no sabes ocúltame también,

noche aéreo mar.

Naufrago: y en cada sílaba me entiendes

que de la tierra excava su ranura

y en la sombra se ensancha,

y se convierte en árbol, piedra o sangre,

en ansiosa forma de alma

que en sí muere;

yo mismo pasto del padecer

que me serena, profundidad de amor.

(De “Todos los poemas”, versión y notas de Leopoldo Di Leo, Ediciones de Librerías Fausto, Buenos Aires, 1976. Salvatore Quasimodo nació en Sicilia en 1901. Murió en Amalfi, en 1968. Su primera publicación de poesía data de 1930, con “Aguas y tierras”. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1959. Fue también periodista).

GIUSEPPE UNGARETTI

San Martín del Carso

De estas casas

no ha quedado

más que algún

fragmento de muro

De tantos

que me amaban

no ha quedado

ni eso siquiera

Pero en el corazón

ninguna cruz ya falta

Mi corazón

es el país más desgarrado

Vagabundo

En ninguna

parte

de la tierra

me puedo

arraigar

A cada

nuevo

clima

que encuentro

descubro

desfalleciente

que

una vez

ya le estuve

habituado

Y me separo siempre

extranjero

Naciendo

tornado de épocas demasiado

vividas

Gozar un solo

minuto de vida

inicial

Busco un país

inocente

(De “Poetas italianos del siglo XX”, selección prólogo, traducción y notas de Horacio Armani. Ediciones de Librerías Fausto, Buenos Aires, 1973. Giuseppe Ungaretti nació en Alejandría, Egipto, en 1888, y murió en Milán, en 1970. Su padre italiano trabajaba en el Canal de Suez y por ello nació en Alejandría. Su primer libro de poemas, “El puerto sepultado”, fue publicado en 1916. Reflejó en él sus experiencias en la Primera Guerra Mundial. “La vida de un hombre”, ya en 1977, reflejó la totalidad de su obra).

ARTURO ONOFRI

He aquí el ritmo…

He aquí el ritmo exaltado de la sangre,

cuando truenan largamente los azules,

cuando todo color se vuelve llama

en el aullido de las sienes.

He aquí mi alma en la ebriedad salvaje

de liberar en seres las formas

desencantadas en un vórtice de danza.

He aquí los rostros vueltos fábulas de oro

y leves órganos alados.

He aquí los árboles en locas lenguas

retorcerse, saltar entre estallidos

de verdes llamas en la tierra aullante.

Y entre otros delirios del mediodía,

heme aquí, congelado en fija estrella,

irritando el antiguo aire de llagas

metálicas, sobre la hierba de coral.

(Late el flanco del mar sobre el granito

como un trote infinito de caballo.)

(Idem libro anterior. Arturo Onofri nació en Roma en 1885 y murió en esa misma ciudad en 1928. Publicó poesía por primera vez en 1904, en la revista “Vida literaria”. Su primer libro fue “Líricas”, en 1907. Fue también ensayista).

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.