• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
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    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
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  • @JanoTwoFaces
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  • @sammasathi
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  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
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  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Asuntos de familia (II)

GONZALO ROJAS

Carbón

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir

mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,

lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,

cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento

cuando una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor

a caballo mojado. Es Juan Antonio

Rojas sobre un caballo atravesando un río.

No hay novedad. La noche torrencial se derrumba

como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,

dame esa luz, yo quiero recibirlo

antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino

para que se reponga, y me estreche en un beso,

y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene

embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso

contra la explotación, muerto de hambre, allí viene

debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa

de roble, que tú mismo construiste. Adelante:

te he venido a esperar, yo soy el séptimo

de tus hijos. No importa

que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,

que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,

porque tú y ella estáis multiplicados. No

importa que la noche nos haya sido negra

por igual a los dos.

-Pasa, no estés ahí

mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.

Celia

1

Y nada de lágrimas: esta mujer que cierran hoy

en su transparencia, ésta que guardan

en la litera ciega del muro

de cemento, como loca encadenada

al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin

barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta

es

únicamente la

Única

que nos tuvo a todos en el cielo

de su preñez.

Alabado

sea su vientre.

2

Y nada, nada más; que me parió y me hizo

hombre, al séptimo parto

de su figura de marfil

y de fuego,

en el rigor

de la pobreza y la tristeza,

y supo

oír en el silencio de mi niñez el signo,

el Signo

sigiloso

sin decirme

nunca

nada.

Alabado

sea su parto.

3

Que otros vayan por mí ahora

que no puedo, a ponerte

ahí los claveles

colorados de los Rojas míos, tuyos,

hoy

trece doloroso de tu martirio,

los

de mi casta que nacen al alba

y renacen; que vayan a ese muro por nosotros, por Rodrigo

Tomás, por Gonzalo hijo, por Alonso; que vayan

o no, si prefieren,

o que oscura te dejen

sola,

sola con la ceniza

de tu belleza

que es tu resurrección, Celia

Pizarro,

Hija, nieta de Pizarros

y Pizarros muertos, Madre;

y vengas tú

al exilio con nosotros, a morar como antes en la gracia

de la fascinación recíproca.

Alabado

sea tu nombre para siempre.

(El poema “Carbón” fue tomado de “Contra la muerte”, con prólogo, notas y cronología de Jaime Quezada, Colección Premios Nacionales de Literatura, Editorial Universitaria. Santiago de Chile, 2002. El poema “Celia”, I, II y III fue tomado de "Antología de aire", colección Poetas Chilenos, Tierra Firme, Fondo de Cultura Económica, Santiago, 2004. Gonzalo Rojas nació el 20 de diciembre de 1917 en Lebu, y murió el 25 de abril de 2011 en Santiago. Su primer libro data de 1948, “La Miseria del hombre”. Dieciseis años después publicó “Contra la muerte”. En 1992 ganó el Premio Nacional de Literatura de Chile y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En 1998, obtuvo el Octavio Paz de México y el José Hernández, de Argentina, y en 2003 el Cervantes).

ROBERTO THEMIS SPERONI

Aquel hombre de arena y piel llameante

que fuma junto al río y que a momentos

a la muerte le escupe en las encías,

es un viejo y antiguo caminante,

y es mi padre, además, y es como un hijo

de la tierra invencible y del guijarro.

Está quieto en su sitio. No conversa.

Sus palabras se hicieron golondrina,

peces, piedras, antorchas, campanarios,

y solamente el pan habla en su boca,

el pan y algún anillo incandescente

y, ciertas veces, el silbar del viento.

No hay que buscarlo nunca. Como el aire

se lo puede encontrar, ya por sorpresa

o después de andar solo entre las malvas

en las horas fugaces del asombro.

Sí, es mi padre. Le dieron muerte un día

por levantar del suelo una cigarra.

--

Inmemorial, su sombra parecida

un árbol ciego en actitud prudente.

Toda la luz erraba por su frente

y hacia las manos le llegaba el día.

Sus ojos eran tantos… Se movía

en el pasado igual que en el presente.

La libertad, altiva y permanente

Marchaba de sus gestos y volvía.

Un niño estaba en él, eterno y puro.

Un solo niño, nada más, y el canto

que el hombre guarda en su actitud posible.

Quiso morir de soledad, maduro,

y sólo consiguió después de tanto,

nacer de nuevo, límpido y terrible.

(De “Speroni, poesía completa”, ensayo y antología por Ana Emilia Lahitte, edición de homenaje primer centenario de la ciudad de La Plata, Argentina, a cargo de la Municipalidad y Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982. Roberto Themis Speroni nació en La Plata, en 1922, y murió en 1967 en la localidad cercana de City Bell. Comenzó a publicar en 1945, con “Habitante único”. Fue también narrador y se desempeñó como periodista).

MARÍA ROSA MO

No es posible fingir

Las madres cantan

canciones del ayer

cuando se tienen

cuando no

se despide dolor

y se trasmuta

a otra pesadilla.

--

La madre acuna al niño

envuelto con espumas

tan suave

tan pequeño

y lo unta con hiel

de sus entrañas

mujer desarrapada

que clava el puñal

en la ranura niño

y lo dispone

para la batalla.

--

Desasosiego siente

en los pies

en las manos

no puede la caricia

el silencio el llanto

apremian

no hay canto de cuna

en la memoria

gastada

por las culpas de otras

es lo que no quiso

y empuña un niño

como única arma.

--

/Las madres cosen hijas. Punto por punto. Hay

que desenredar los hilos si hay maraña. Mis ojos

celestes como marcas. Señuelos en la tierra oscura./

--

/Llegó la langosta y corrimos. Nube de patas

verdes. Mi hermana y yo éramos un hilo de

manos a través de la casa. Bajo la cama, un

refugio. Las langostas chocaban ojos, oídos,

el ruido de las risas. Hacían añicos la

frugalidad del juego. Mi vestido nos cubrió

por un buen rato. Paño que nos aislaba

del mundo./

--

/¿Andará mi madre también rondando telas? Entre

gallinas hay poco espacio para eso. Llevará el

maíz entre manos. Beberán de ella. Sus aguas

fluyen. Mi hermana parirá. Tan frágil, Mis ojos

se esfuerzan con la primera luz. Puedo verlas. En

revoloteo constante se rozan. A la distancia escucho

el eco. ¿Me llaman? Esta mañana sopla el viento.

Las trae. Las arrastra. Zurzo lo que descose el

día. Mis dedos a tientas. Estar lejos es como

estar ciego./

(Los primeros tres poemas fueron tomados de “El guerrero”, Alción Editora, Córdoba, Argentina, en 2004. Los dos restantes de “Alba”, Alción Editora, Córdoba, Argentina, en 2005. María Rosa Mo nació en Buenos Aires en 1960. Su primera publicación de poesía es de 1988, “Tristes historias resucitadas”. También escribe literatura infantil, por la que recibió premios internacionales).

JAIME SABINES

Tía Chofi

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,

pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.

Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta

con tus setenta años de virgen definitiva,

tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.

Hiciste bien en morirte, tía Chofi,

porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,

porque desde que murió abuelita, a quien te

consagraste,

ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba

que querías morirte y te aguantabas.

¡Hiciste bien!

Yo no quiero elogiarte como acostumbran los

arrepentidos,

porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,

y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,

pero me he puesto a llorar como una niña porque

te moriste.

¡Te siento tan desamparada,

tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,

sin quien te dé un pan!

Me aflige pensar que estás bajo la tierra

tan fría de Berriozábal,

sola, sola, terriblemente sola,

como para morirse llorando.

Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,

que más vale callar,

¿pero qué quieres que haga

si me conmueves más que el presentimiento de

tu muerte?

Ah, jorobada, tía Chofi,

me gustaría que cantaras

o que contaras el cuento de tus enamorados.

Los campesinos que te enterraron sólo tenían

tragos y cigarros,

y yo no tengo más.

Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,

y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.

Nunca ha sido tan real eso en lo que creíste.

Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida

a todos. Pedías para dar, desvalida.

Y no tenías el gesto agrio de las solteronas

porque tu virginidad fue como una preñez de

muchos hijos.

En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron

tu vida

te repetías incansablemente

y eras la misma cosa siempre.

Fácil, como las flores del campo

con que las vecinas regaron tu ataúd,

nunca has estado tan bien como en ese abandono

de la muerte.

Sofía, virgen, antigua, consagrada,

debieron enterrarte de blanco

en tus nupcias definitivas.

Tú que no conociste caricia de hombre

y que dejaste llegaran a tu rostro arrugas antes que

besos,

tú, casta, limpia, sellada,

debiste llevar azahares tu último día.

Exijo que los ángeles te tomen

y te conduzcan a la morada de los limpios.

Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,

que la muerte recoja tu cabeza blandamente

y que cierre tus ojos con cuidados de madre

mientras entona cantos interminables.

Vas a ser olvidada de todos

como los lirios del campo,

como las estrellas solitarias;

pero en las mañanas, en la respiración del buey,

en el temblor de las plantas,

en la mansedumbre de los arroyos,

en la nostalgia de las ciudades,

serás como la niebla intocable, hálito de Dios que

despierta.

Sofía virgen, desposada en un cementerio de

provincia,

con una cruz pequeña sobre tu tierra,

estás bien allí, bajo los pájaros del monte,

y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar

al mundo.

XIII

Padre mío, señor mío, hermano mío,

amigo de mi alma, tierno y fuerte,

saca tu cuerpo viejo, viejo mío,

saca tu cuerpo de la muerte.

Saca tu corazón igual que un río,

tu frente limpia en que aprendí a quererte,

tu brazo como un árbol en el frío,

saca todo tu cuerpo de la muerte.

Amo tus canas, tu mentón austero,

tu boca firme y tu mirada abierta,

tu pecho vasto y sólido y certero.

Estoy llamando, tirándote la puerta.

Parece que yo soy el que me muero:

¡padre mío, despierta!

(De "Antología poética", Fondo de Cultura Económica, Colección Conmemorativa 70 Aniversario, México, 2005. Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México, en 1999. Estudió filosofía y letras. Fue Premio Nacional de Ciencias y Artes. Recibió muchos otros reconocimientos. Algunas de sus obras: "Heral" -la primera, publicada a la edad de 23 años-; "La señal", "Adán y Eva", "Tarumba", "Poemas sueltos", "Yuria", "Tlatelolco", "Maltiempo", "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", "Otros poemas sueltos", "Los amorosos: cartas a Chepita". Fue diputado federal por Chiapas y diputado en el Congreso de la Unión por el Distrito Federal).

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