• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
  • @LunaPara2
    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
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  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Para dilucidar la soledad

JOSÉ MARÍA CASTIÑEIRA DE DIOS

Oda a la soledad

Otros dieron tu alabanza, fueron

huéspedes y doctores de tu patria escondida;

otros, los mendicantes de la noche,

encendieron sus fuegos a tus pies;

otros tornaron de tus cangrejales

con mieles y con flores;

pero yo te repudio, oh señora invisible:

veo aún tus miradas como el cuero del páramo

bajo el viento del sur,

y escucho el implacable castigo de tu idioma.

De niño

mis ojos, mis oídos, mi sangre y mi silencio

temblaban ante ti como un ciervo azorado

y eras todo el terror de la pampa nocturna.

Más tarde

caminaste a mi lado por las calles en sombra

y fuiste el vago aliento de un silbido miedoso.

Después sentí el Amor, su amistad impetuosa,

y te odié porque alzabas paredones de tiempo,

inmensos continentes de distancia,

entre las cuatro manos necesarias,

entre los cuatro ojos necesarios

para saber la dimensión del mundo.

Y una vez me rodearon grandes islas de pena;

yo estaba acorralado por las hienas del odio

y ni un perro lamía mis heridas del alma,

y yo andaba jadeante, con el rostro perdido,

en un ancho desierto de flores calcinadas,

y era mi corazón una mano quebrada

pidiendo compasión.

Entonces tú, entre nadie,

te allegaste a mi vera,

embebiste la esponja con vinagre, me diste

la bebida que nunca podrá apagar mi sed,

y acercaste a mi cuerpo tu presencia invisible

sin calor animal,

sin esa fiebre humana de la piel del hermano

y la sangre de Abel, o de Caín,

que el hombre necesita para saber que vive.

Y ahora, cuando miro

mi corazón multiplicado

-la esposa en que se cumple mi unidad

verdadera,

la juventud rampante de mi niño, la alegre

exaltación sin leyes de mi niña-

temo que abras la puerta y exijas hospedaje,

mientras duerme al sereno

el Ángel de la Guarda.

(De “Antología de la Poesía Argentina”, con selección e introducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1979. José María Castiñeira de Dios nació en Ushuaia, extremo sur argentino, en 1920. Apenas comenzó sus publicaciones obtuvo, con “Del ímpetu dichoso”, en 1942, el Primer Premio de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Es también narrador, recibió numerosas distinciones y se desempeñó como funcionario en el área cultural).

GUSTAVO GARCÍA SARAVÍ

Domingo

Los padres separados

y las joviales divorciadas

pasean los domingos con sus hijos.

(Y algunas fiestas de guardar).

Van a Palermo, a parques

de diversiones poco divertidos,

a cines suburbanos donde exhiben películas

obscenas para niños o al Zoológico,

en el que mueren diariamente

las últimas jirafas y osos panda del mundo.

A veces llevan a sus cocker

(que podrían, llegado el caso, reemplazar

económicamente al muy dudoso

amor filial), novelas, máquinas fotográficas

y barriletes.

Sin embargo,

no parecen felices, como si el día fuera

más largo que los otros, o estuviesen nerviosos

esperando su whisky nocturno o los horribles

chiquillos engendrados

por un horrible cónyuge anterior

en un horrible matrimonio

de su actual mujercita o maridito.

También las criaturas apuran el regreso

para ver un programa especial de T.V.

y a una especie de hermano, hijo de la madrastra

y su penúltimo

esposo o un hermanastro que trajo la cigüeña,

hijo del padre

y una excelente amiga de mamá.

Todos se aburren a montones,

sufren porque la vida es cruel con ellos,

se arrepienten un poco

por lo que hicieron

y por lo que no hicieron,

meditan en los autos chocadoras

y piensan que los lunes son profundos, iguales

a verdaderas madres

o abuelos comprensivos y pacíficos.

(Idem libro anterior. Gustavo García Saraví nació en La Plata, Argentina, en 1920 y murió en Buenos Aires en 1994. Comenzó a publicar poesía en 1955, con “Tres poemas para la libertad”. Recibió numerosos reconocimientos y premios).

EDUARDO ROMANO

Requiem para la Francisca

Yo no sé para qué volvés a esa pieza desinflada

en el último piso antes del cielo

si el sol ya no se enreda en las cortinas

y en las estampas recortadas del mar, ese mar

que paseaba nervioso por su jaula

ya no charlan los viejos pescadores

acerca de mareas y mujeres

(mareas que vendrán, mujeres que perdieron).

Yo no sé para qué tantos deseos

de tocar la pavita, el mate, los frascos de colores

y escuchar ese tango que se arrastra,

como una cucaracha solitaria,

si la portera te dijo que no hay correspondencia

con su malicia de batón y zapatillas.

Yo no sé para qué te desnudás tan lentamente

si el Francisco no está,

si hace un mes que no viene al paraíso,

si dicen que lo vieron bailando con una de otro barrio.

Yo no sé para qué tanto pensar tantas pastillas

si el cielo está sereno y el agua por hervir.

(Idem libro anterior. Eduardo Romano nació en la provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1938. Comenzó a publicar poesía en 1961, con “18 Poemas”. Es también ensayista y académico).

ROSARIO CASTELLANOS

Jornada de la soltera

I

Da vergüenza estar sola. El día entero

arde un rubor terrible en su mejilla.

(Pero la otra mejilla está eclipsada.)

La soltera se afana en quehacer de ceniza,

en labores sin mérito y sin fruto

y a la hora en que los deudos se congregan

alrededor del fuego, del relato,

se escucha el alarido

de una mujer que grita en un páramo inmenso

en el que cada peña, cada tronco

carcomido de incendios, cada rama

retorcida es un juez

o es un testigo sin misericordia.

De noche la soltera

se tiende sobre el lecho de agonía.

Brota un sudor de angustia a humedecer las sábanas

y el vacío se puebla

de diálogos y de hombres inventados.

Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda.

Y no puede nacer en su hijo, en sus entrañas,

y no puede morir

en su cuerpo remoto, inexplorado,

planeta que el astrónomo calcula,

que existe aunque no ha visto.

Asomada a un cristal opaco, la soltera

-astro extinguido- pinta con un lápiz

en sus labios la sangre que no tiene.

Y sonríe ante un amanecer sin nadie.

II

¿Qué hay más débil que un dios? Gime hambriento y

husmea

la sangre de la víctima

y come sacrificios y busca las entrañas

de lo creado, para hundir en ellas

sus cien rapaces.

(Un dios. O ciertos hombres que tienen un destino.)

Cada día amanece

y el mundo es nuevamente devorado.

III

Los ojos del gran pez nunca se cierran.

No duerme. Siempre mira (¿a quién? ¿a dónde?)

en su universo claro y sin sonido.

Alguna vez su corazón, que late

tan cerca de una espina, dice: quiero.

Y el gran pez, que devora

y pesa y tiñe el agua con su ira

y se mueve con nervios de relámpago,

nada puede, ni aun cerrar los ojos.

Y más allá de los cristales, mira.

(De “Antología Básica Contemporánea de la Poesía Latinoamericana”, con selección y presentación de Daniel Barros, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1973. Rosario Castellanos nació en México en 1925 y murió en Israel en 1974. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1948, con “Trayectoria del polvo”. Fue también cuentista y novelista, y recibió premios numerosos, entre ellos el Sor Juana Inés de la Cruz. Fue promotora cultural y luchó por los derechos de las mujeres. Se desempeñó también como diplomática).

ENRIQUE LIHN

Seis soledades

1

La soledad sin pausa de la que otros beben

a la hora del cocktail

no es mi vaso es mi tumba, me la llevo a los labios,

braceo en ella hasta perderme de vista

entre su oleaje mórbido.

La soledad no es mi canario es mi monstruo

como si cohabitara con un asilo de locos.

2

Virgen, sería falso si no te lo dijera:

un corazón se come o se rechaza,

no es ni un jarrón con flores ni un poema.

Cerca estuviste, cerca de alcanzarme

pero te faltó el cuerpo.

Mi corazón no puede dejarlo en tu cajita

junto con los aretes y las fotografías.

Ya te regalarán uno mejor.

3

En pie de guerra todo, menos yo.

Ama de casa en pie de guerra

contra la rata que la invade,

niños en pie de su futuro, con una guerra por delante,

hombres al pie del pie de guerra con insignias y proclamas.

Menos yo en pie de qué,

en pie de poesía, en pie de nada.

4

Vivir del otro lado de la mujer

me refiero a esta especie de suicidio

borde la locura,

y, por una razón u otra, pasa el tiempo

como diría el poeta, sin ella.

Aquí en esta ciudad, en un panal de vidrio,

en mi celdilla hermética

robo a la angustia horas de mi razón, muriéndome

en el trabajo estéril del poeta,

en su impotencia laboriosa.

Sin mujer, con espanto,

laborioso.

5

Junto a una virgen que me da a beber

de su dulzura hasta el enervamiento,

fruto de cera, tropicales:

el amor casi a imagen

y semejanza de lo que sería,

pero muñeco, en realidad, parlante,

y un peligroso juego

de no inflamarse en frutos verdaderos.

Castigo: la impotencia, los errores sexuales,

la tristeza, el deseo de morir.

6

Las mujeres

imbuidas de todo lo que existe

bueno o malo, no importa.

Grandes esponjas acomodaticias.

Ellas que son mi gran resentimiento

mi secreción de rencorosas glándulas,

mi pan, mi soledad de cada día.

(Idem libro anterior. Enrique Lihn nació en Santiago de Chile en 1929 y murió en esa ciudad en 1988. Comenzó sus publicaciones de poesía en 1949, con “Nada se escurre”. Entre numerosos reconocimientos y premios, recibió el Casa de las Américas, en 1966. Fue también dramaturgo, crítico, novelista y dibujante. Tras su muerte se publicaron varias antologías. Poemas suyos fueron traducidos al francés y al inglés).

JUAN MANUEL ROCA

Días como agujas

Estoy tan solo, amor, que a mi cuarto

sólo sube, peldaño por peldaño,

la vieja escalera que traquea.

(De “Botellas de náufrago”, Antología Poética 1973-2008, con prólogo de Stefania Mosca y selección de Juana Burghardt, Tobías Burghardt, Stefania Mosca y Enrique Hernández-D’Jesús, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2007. Juan Manuel Roca nació en Medellín, Colombia, en 1946. Comenzó a publicar poesía en 1973, con “Memoria del agua”. Dos años después comenzó a cosechar premios, como el Nacional de Poesía otorgado por el Ministerio de Cultura de su país, en 2004, el Casa de las Américas de poesía José Lezama Lima, de Cuba, en 2007, y el Casa de América de Poesía Americana de España, en 2009. Es también narrador, ensayista y periodista).

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