• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
  • @xhuvia922
    Las esponjas del mar borran el horizonte
  • @nancyeldarjani
    El tiempo es un olor cuando llueve
  • @DeNegraTinta
    También te quiero a deshoras
  • @DLobosyQuimeras
    Barcos de papel en dique seco
  • @LaPetit10
    Yo ya no quiero sueños intocables
  • @BlueDement_
    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Vinicius

No comeré lechuga en verdes pétalos...

No comeré lechuga en verdes pétalos
Ni zanahoria en hostias deslavadas
Pienso dejarle el pasto a las manadas
Y al mundo de los sanos y dietéticos.

Voy a chupar cajú, mango y guayaba
Tal vez poco elegantes en un poeta
Ya peras y manzanas, que el esteta
Las coma a su placer, con su ensalada.

Rumiante no nací como las vacas
Roedor menos que menos; yo nací
Omnívoro: a mí denme mucho guiso

Y bife, y queso fuerte, y paratí
Y he de morir de infarto, entusiasmado
De haber vivido sin comer en vano.


Niño muerto en las laderas de Ouro Preto

Hoy la pátina del tiempo cubre también el cielo de otoño
Para tu entierro de angelito, niño muerto
Niño Muerto en las laderas de Ouro Preto.
Te acunan el sueño esas viejas piedras por donde se esfuerza
Tu cajoncito trémulo, desplegado en blanco y rosa.
No hay rosas para tu sueño, niño muerto
Niño muerto en las laderas de Ouro Preto.
No rosas para colorear tu rostro de cera
Tus manitos en oración, tu melena rubia cortita...
Abre bien tus ojos opacos, niño muerto
Niño muerto en las laderas de Ouro Preto.
Ahí arriba el cielo es antiguo, no te comprende.
Pero pronto tendrás, en el cementerio de las Merces de Cima
Caracoles y cienpiés para jugar como te gustaba
En los baldíos del viejo arroyo, niño muerto
Niño muerto en las laderas de Ouro Preto.
Ah, cadáver pequeñito que miras el tiempo
Qué dulzura la tuya; cómo saliste de mi pecho
A esta negra tarde en que llueven cenizas...
Qué miseria la tuya, niño muerto
Qué pobrecitos los chicos que te acompañan
Llevando flores del monte por las laderas de Ouro Preto...
Qué vacío se quedó el mundo con tu ausencia...
Qué silenciosas las casas... con qué desesperación la tarde
Deshoja los primeros pétalos de oscuridad...


Soneto de Montevideo

No te rías de mí, que en lágrimas
Doy agua a las flores que plantaste
En mi ser infeliz, y que eso baste
Para quererte siempre más y más.

No te olvides de mí, que revelaste
La calma en mi mirar falto de paz
No te ausentes de mí cuando se gaste
El cariño en que te esfumas y te vas.

No me ocultes jamás tu rostro; dale
Siempre ese manso adiós de quien aguarda
Un nuevo manso adiós que nunca tarda

A este amante tan dulce que se vale
De tu imagen, oh, ángel de la guarda
Que no das tiempo a que el dolor se instale.


El verbo al infinito

Ser creado, engendrarse, transmutar
Amor en carne y carne en amor, nacer
Respirar y llorar, amanecer
Y nutrirse para poder llorar

Para poder nutrirse, y despertar
A plena luz del mundo, y ver y oír
Y comenzar a amar y sonreír
Y sonreír también para llorar

Y crecer y saber, ser y adquirir
Y perder y sufrir, sentir horror
De existir y de amar, creerse maldito

Y olvidar cuando llega un nuevo amor
Y vivir ese amor hasta partir
A conjugar el verbo al infinito.


Soneto de la hora final

Será así, amiga: un cierto día
Mientras los dos miramos el poniente
Llegará como un beso, de repente
El roce leve de una brisa fría.

Querrás mirarme silenciosamente
Querré mirarte con melancolía
Y partiremos, tontos de poesía
Hacia la oscuridad que se abre enfrente.

Al borde del Secreto, en sus fronteras
Con calma te diré: "Mi amor, no temas".
Y tú, tranquila, me dirás: "Sé fuerte".

Y como dos que siempre se han amado
Nocturnamente tristes y enlazados
Por un jardín iremos a la muerte.

(De "Antología sustancial de poemas y canciones", edición bilingüe, cpon selección, traducción y notas de Cristian De Nápoli, colección El otro lado / poesía, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2013. El libro incluye una cronología de la vida de Vinicius y un reportaje que en 1967 le hicieron Otto Lara Resende, Lúcio Rangel, Cravo Albim y Alex Vianny, para el archivo del Museu da Imagem e do Som de Río de Janeiro. Marcus Vinicius da Cruz de Melo Morais, Vinicius de Moraes, nació en Río de Janeiro el 19 de octubre de 1913 y murió en esa ciudad el 9 de julio de 1980. El próximo centenario de su nacimiento está motivando la preparación de infinidad de espectáculos musicales, recitales, proyecciones cinematográficas y puestas teatrales, como se reporta en la sección "Música". Aunque el mundo lo recuerda principalmente vinculado con la música, Vinicius comenzó a publicar poesía en 1933, con la obra "O caminho para a distancia" -Schmidt Editora, Río de Janeiro-. Desde entonces, su labor poética fue inecesante, como lo reflejan numerosas antologías).


La rosa de Hiroshima

Piensen en las criaturas
Mudas telepáticas
Piensen en las niñas
Ciegas inexactas
Piensen en las mujeres
Rotas alteradas
Piensen en las heridas
Como rosas cálidas
Pero oh no se olviden
De la rosa de la rosa
De la rosa de Hiroshima
La rosa hereditaria
La rosa radioactiva
Estúpida e inválida
La rosa con cirrosis
la antirrosa atómica
Sin color sin perfume
Sin rosa sin nada.


La ciudad en progreso

La ciudad cambió. Partió hacia el futuro
Entre tanques semoventes de andar abstracto
Cañones que atraviesas el inmarcesible muro
De la mañana en el ala de los DC-4.

Se comió las colinas, los templos, el mar
Se volvió contratista de palomares
De donde se ve partir y se ve regresar
A las palomas paraestatales.

Ensanchó las caderas en la gravidez urbana
Sintió necesidades profundas
Vio poblarse sus latifundios en Copacabana
Primero de casas, pero después de tumbas.

Y sonrió, pese a la arquitectura teutona
Del bélico Ministerio
Como quien dice: Yo soy el hermenauta
De los códigos del misterio...

Y con una indignación quizás prematura
Hizo elevar del piso
Los timos de la superestructura
De Leao, Niemeyer y Lúcio.

Y extendió al sol sus largas pantorrillas
Entorpecidas de color
Viendo al viento erizar la piel sencilla
De Isla del Gobernador.

¿No creció? ¡Creció mucho! En grandeza y miseria
En gracia y disentería
Le dio franco excepcional a la enfermedad venérea
Y a toda chuchería.

Se volvió grande, sórdida, ¡oh ciudad
De mi mayor amor!

¡Déjame amarte así, en la claridad
Vibrante de calor!


Lopes Quintas
(la calle donde nací)

Mi calle es larga y silenciosa como un camino que huye
Y tiene casas bajas que se quedan espiándome de noche
Cuando mi angustia pasa mirando a lo alto...
Mi calle tiene avenidas oscuras y feas
De donde salen papeles viejos en carreras con miedo al viento
Y gemidos de personas que están eternamente a muerte.
Mi calle tiene gatos que no huyen y perros que no ladran
En la capilla siempre hay una voz que murmura alabanzas
Sin preocuparse por la espalda que la vaga penumbra apuñala.
Mi calle tiene un farol apagado
Frente a la casa donde la hija mató al padre...
Desde la casa apenas brilla una placa gritando cuarenta.
Es la calle de la gata loca que maúlla por sus críos
En las puertas de las casas...

Es una calle como tantas otras
Con el mismo aire feliz de día y el mismo desencuentro de noche
La calle donde nací.


Miedo de amar

El cielo está parado, no cuenta ningún secreto
La calle está parada, no lleva a ningún lugar
La arena del tiempo se escurre por entre mis dedos
Ay, ¡qué miedo de amar!

Elsol pone en relieve todas las cosas que no piensan
Entre ellas y yo, un inmenso abismo secular...
La gente pasa, no oye los gritos de mi silencio
Ay, ¡qué miedo de amar!

Una mujer me mira, en su mirada hay tanto embrujo
Tanta promesa de amor, tanto cariño para dar
Me pongo a llorar por dentro, mi rostro está seco
Ay, ¡qué miedo de amar!

Me regalan una rosa, aspiro hondo su interior
Y parto a cantar canciones, soy un triste juglar
Pero vivir me duele tanto, vacilo, me estremezco...
Ay, ¡qué miedo de amar!

Y así me encuentro: entro en crepúsculo, entardezco
Soy como la última sombra extendiéndose sobre el mar
Ay, amor, mi tormento... ¡cómo por ti padezco!
Ay, ¡qué miedo de amar!

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