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Pueblos, cuerpos

 

   Sabino Esteban, Nación Maya

 

    Un pueblo

 

Un pueblo

es un cuerpo.

 

Venas son sus caminos.

 

Para construir

y recorrer

deben sus habitantes ser

como sangre de un mismo cuerpo.

 

 

   Como el agua

 

Lo reconozco, soy como el agua,

a veces limpio

a veces turbio

a veces remolino

a veces correntada.

 

Me amargan a veces

me endulzan a veces.

 

Y para brotar y ser libre

rompí el pecho del peñasco.

 

Algo de lo que persigo tiene fuente en otro mundo

una gota de son se hace caudal en mi ruta.

 

Las sombras de ciertos días

dejan un cansancio en mi lomo.

 

Siento el mismo nawal del agua

veo encantos que entrañan los collados

sé del awas que las abuelas vigilan.

 

Tengo brazos de río

 

en mis manos veo surgir

el retoño de los niños.

 

Hay días que me dan el perfil

de vapor prófugo de lo triste

con cauce hacia los cielos

para armar la sonrisa del arcoíris.

 

¿En qué delta?

¡Ni lo sé!

¿En qué hondura?

¡Ni lo sé!

 

No sé en qué vado

ni en qué remanso

me sorprenderá mi reposo

sólo presiento que será

en la tinaja de barro

de la Madre Tierra.

 

 

   Luna llena

 

Hay noches

en que la luna alcanza

la redondez

de una tortilla

de maíz amarillo

 

-Olorosa

y calientita-

 

como si estuviera

en un comal de barro.

 

 

   Soñar

 

Es salir a pasear despierto

al otro lado del cuerpo dormido.

 

(De Revista Prometeo, número 106-107, julio de 2017, memoria del 27mo. Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, edición de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo. Sabino Esteban es un poeta de la Nación Maya en Guatemala, nacido en 1981. Publicó los libros de poesía “Sq’aqaw yechel aqanej / Gemido de huellas”, en 2007; “Yetoq’ junjun b’ijan aq’al / Con pedazo de carbón”, en 2011; “Xik’ej K’al Xe’ej / Alas y raíces”, en 2013, y “Sq’och Xajaw / La escalera de la luna”, en 2017.)

 

 

   Pedro Ortiz, Nación Inga

 

Hoy no sonaron las flautas.

Al tambor le creció una flor en la barriga.

El maíz se quedó en la ceniza.

¿Quién hará el mote?

¿Quién hará la chicha?

¿Quién le robó a la niña la sonrisa?

 

Dicen que el campo era una dicha;

hacer estallar las semillas,

ceder el paso a las hormigas,

compartir la comida, la lluvia, la minga.

¿En qué manos la tierra,

y en dónde están los que se enamoraron de ella?

 

¿Estarán, tal vez, meciendo a Dios en sus espaldas?

¿O cambiando sus flechas por alas?

¿O llenando sus pulmones del aliento universal

que sanará al pueblo de su mal?

¿Volverán envueltos en una tormenta?,

como en aquella vieja leyenda.

¿Vendrán pronto a iluminar lo que dejaron?

Como luciérnagas que se anuncian en la noche inmensa.

Llenos de fuerza y pureza,

como una luna nueva.

Como el nacimiento del río Putumayo,

como un cielo claro

herido por el vuelo de un guacamayo.

 

Los instrumentos siguen donde quedaron,

pero la ausencia no ha sido en vano:

las hormigas y los pueblos se han organizado.

Y el sabo camëntsá ha enseñado:

que seguir las estrellas, es nunca olvidarlos

 

 

   Para tu corazón

 

Una carretera que da al Sur

Una cascada perdida en la selva

Un guacamayo que pinta el cielo

Un abuelo sabio que masca el tiempo

Un buen pensamiento

Y mucho viento

 

Una casa en un árbol

Un horizonte sin miedos

La paz firmada en el alma

Un poema para escribir en tu espalda

Canciones no escuchadas

Grillos que despiden el alba

 

Una chagrita de alimento y medicina

El fuego dispuesto en la cocina

Un cuento dos cuentos tres cuentos

Un misterio resuelto

El perdón de mis ancestros

Una flauta a lo lejos

 

Mi Sol para tu universo

Mis besos para tu cuerpo

Mis manos para tus sueños

Mis semillas de sustento

Y Samai como amuleto, oración

Y sortilegio.

 

(De Revista Prometeo, número 106-107, julio de 2017, memoria del 27mo. Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, edición de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo. Pedro Ortiz nació en la región del Valle de Sibundoy, Putumayo, Colombia. Es fundador del Festival de Literatura de Putumayo. Participó en varios encuentros de poesía y publicó en 2015 el libro “Samai”.)

 

   Joaquín Pasos

 

   Los indios viejos

 

Los hombres viejos, muy viejos, están sentados

junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.

Los hombres viejos están sentados junto a un río

que siempre va despacio.

Ante ellos el aire detiene su marcha,

el viento pasa, contemplándolos,

los toca con cuidado

para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

 

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,

éste es su único trabajo.

Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,

y en la tarde salen a lazarlos

para dormir con ellos calentándose.

 

(De "Antología Básica Contemporánea de la Poesía Latinoamericana", selección y presentación de Daniel Barros. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, Argentina, 1973. Joaquín Pasos nació en Granada, Nicaragua, en 1914. Escribió poesía desde muy joven y con apenas 16 años se integró al grupo nombrado como “Movimiento de Vanguardia”. Luego de su muerte en Managua, en 1947, fue publicada una antología titulada “Breve suma”. Luego, Ernesto Cardenal realizó otra, más completa, bajo el título “Poemas de un joven”).

 

 

   Viento andino

 

Viento que todo lo sabes

viento que todo lo ves

¿dónde está mi amor?

 

Viento que vas al cielo

viento que te has ido

¿qué hace mi amor?

 

Viento que entras y sales

viento incorpóreo

¿qué canta mi amor?

 

Viento anciano y trotamundo

viento niño joven viento

¿cuándo termina el amor?

 

(Poema de origen aymara, recopilado en las sierras de Perú y Bolivia por José Luis Ayala. Publicado en "Aborígenes americanos: colibríes encendidos", de la colección Poesía Mayor de la Editorial Leviatán, Buenos Aires, Argentina, 1998).

 

   Roberto Sosa

 

    Los indios

 

Los indios

bajan

por continuos laberintos

con su vacío a cuestas.

 

En el pasado

fueron guerreros sobre todas las cosas.

Levantaron columnas al fuego

y a las lluvias de puños negros

que someten los frutos a la tierra.

 

En los teatros de sus ciudades de colores

lucieron vestiduras

y diademas

y máscaras doradas

traídas de lejanos imperios enemigos.

 

Calcularon el tiempo

con precisión numérica.

Dieron de beber oro líquido

a sus conquistadores,

y entendieron el cielo

como una flor pequeña.

 

En nuestros días

aran y siembran el suelo

lo mismo que en edades primitivas.

Sus mujeres modelan las piedras del campo

y el barro, o tejen

mientras el viento

desordena sus duras cabelleras de diosas.

 

Los he visto sin zapatos y casi desnudos,

en grupo,

al cuidado de voces tendidas como látigos,

o borrachos balanceándose con los charcos del ocaso

de regreso a sus cabañas

situadas en el final de los olvidos.

 

Les he hablado en sus refugios

allá en los montes protegidos por ídolos

donde ellos son alegres como ciervos

pero quietos y hondos

como los prisioneros.

 

He sentido sus rostros

golpearme los ojos hasta la última luz,

y he descubierto así

que mi poder no tiene

ni validez ni fuerza.

 

Junto a sus pies

destruidos por todos los caminos,

dejo mi sangre

escrita en un oscuro ramo.

 

(De "Anillo del silencio, Centroamérica en la poesía/Antología", con selección y prólogo de Jorge Boccanera. Ediciones Desde la Gente, del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2009. Roberto Sosa nació en Yoro, Honduras, en 1930. Fue el primer poeta de América Latina en recibir el Premio Adonáis, que le fue adjudicado en 1968. Luego obtuvo el Premio Casa de las Américas, en 1971, por “Un mundo para todos dividido”. Falleció en Tegucigalpa, en 1981).

 

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