• @dianalefaz
    Son tantas las veces que no estamos aquí, donde pisamos
  • @Anadimeana
    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
  • @Xhuvia922:22
    Los sauces llorones mojan lo que resta de tu sombra
  • @LaPetit10
    El miedo es la distancia más larga
  • @cochambrossa
    Un corazón donde la nostalgia acomode su ingravidez
  • @Genrus
    Nada como el asedio de lo irreparable para mantener el corazón encendido y las velas desplegadas
  • @largabreve
    Todo el amor es una breve esperanza, una contención indebida, enajenadora
  • @SimoneBella7
    No tardes que el silencio arrecia, hoy solo basta con que insinúes un suspiro para volverme agua
  • @ReneValdesM
    La poesía saca lo mejor que no tenemos
  • @_Annai_
    Un don es una sombra liberada
  • @___Sputnik___
    Nadie verá el estante vacío
  • @entiyparati
    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

Washington Benavides, trovador

   (Recuperamos esta publicación de poemas del uruguayo Washington Benavides, quien murió el 24 de septiembre de 2017)

 

   El poeta se arma de valor

¿Y la poesía para qué? Sí,
para qué. Para quién. (¡Eh,
de la casa... Eh!)
Está oscura la casa. Oscura y
erizada de ortigas. Flor
de la contrahierba. Flor sin flor.
¿Quién va a escucharla? ¿Quién?
Escribir para los ángeles. No.
Me imagino que no. Pero no sé.
Como el obrero de la iglesia medieval
allá en lo alto (solo) trabajás...
lejos del ojo humano; trabajás...
¿Para quién trabajás? ¿Para quién?
(Si Dios te mira) Si Dios lo ve
y te ve. Tal vez valiera la razón.
Pero un obrero cae también
(y no solamente dentro de una canción).
Y entonces, ¿la poesía para qué?
¿Para quién? (Para mí, para vos).
¡Eh, de la casa...! Eh!
Nadie contesta. Nadie no:
canta un pájaro. Un pájaro responde
modada de rocío su canción.
La noche es ese mirlo. Luna es
el ojo vivo. Campo arisco su voz.
La serranía aquella que miré
-borroneado de llanto mi mirar-
también responde. Y entiendo para quién
rezo malditos versos. Gruño-canto a la par.
Hoy la casa está oscura y crece el ortigal;
mañana no estará. Pero estaré.


   Canción de tu cuerpo

Tu cuerpo no es refugio
del miedo
es una puerta
para salirle al mundo

no es el desván de acecho
y pesadilla
del réprobo de una
generación perdida

tu cuerpo es una puerta
ciego reconociera
sus amadas maderas

no es una escapatoria:
se sale allí o se entra
a la luz o a la fosa.


   Aviso primero

El niño va de asombro en asombro
descubre inventa la manzana
la mosca nombra la liviana
palabra ésta que nombro

palabra o cosa fangtasma objeto
va proveyéndose de todo
no sabe si irá en grupo o recoleto
sabe que va o irá no importa el modo

siente su cuerpo en esa intensa
luz y en la ignorancia
del tiempo ¿la niña? es su fragancia
un niño que usa trenza

un niño que parece su enemigo
y que no le es indispensable
para mañosamente abrirle el postigo
a lo probable

a correr pelotas o gatos
o volarse muros
a hablarle duro a los retratos
serios callados oscuros

a cazar un relámpago verde
a inaugurar la rebatiña
a guardar (cuidadosamente) lo que se pierde
a la piñata o a la piña
y de pronto una voz -más que nombrarlo- muerde:
entonces el niño inventa a la niña

y ya está todo dicho
habrá en su mundo mucha cosa nueva
sensación artefacto nube o bicho
pero todas son máscaras de eva

y el mundo ardor y sueño
crece súbitamente y lo devora
y ya ignorar lo más será su empeño
y perseguirla hasta la aurora

 

   Oficio de ciego

Me tienes compasión
porque escribo biografías de pájaros,
hazañas de crepúsculos y hombres.

No entiendes cómo
en el siglo veinte
puedo vivir sin ser
perito en contabilidad,
argucioso en Tablada,
martín pescador en el Río de la Bolsa,
o al menos político.

Y me la paso con una sonrisa
que suple -en mi silencio- al griterío
de tanto correligionario
de la vida...

No es acción lo que pides,
pides impulso,
una dinámica desordenada
de arrimar piedra a piedra
los cimientos
de un edificio alzado a voluntad
-sin plano alguno-.

Ni tú ni nadie sabe qué saldrá
de tanta piedra superpuesta:
un muro para el viento,
un hotel para el sol,
una cárcel de nubes...

Me pides que coopere con mi hombro
para elevar su majestad babélica.

Me pides que le ponga un nombre lindo
o un niño muerto,
que corte flores
para el día de difuntos...

De tanto andar conmigo
alguna vez me entiendo:
mucho le debo al sol
para cerrar los ojos.

Compadéceme, y deja
que escriba de los pájaros.


(De "Un viejo trovador", antología, con epílogo de Rosario Peyrou, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2004. Washington Benavides nació en Tacuarembó, Uruguay, en 1930. En 1955 publicó “Tata Vizcacha”, su primer libro, que deambuló entre el humor y la sátira sobre algunos de los personajes de su ciudad natal. Grupos ultraconservadores locales buscaron todos los ejemplares de la obra disponibles en librerías y los quemaron en plaza pública. Esa obra fue seguida entre otras por "El Poeta", “Poesía 1959-1962”, "Las Milongas", que a partir de 1965 tuvo ocho ediciones, “Poemas de la ciega”, “Murciélagos”, “Finisterre”, "Fotos” y "El molino y el agua", obra con la que recibió en 1990 el primer premio de Poesía Inédita, otorgado por la Intendencia de Montevideo. Profesor de literatura y músico con tres discos editados, poemas suyos tuvieron versiones musicales a cargo de Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa, entre otros artistas).

 

 


   Madrigal difícil

Debo hablar de tus ojos
y el compromiso es arduo,
porque no hablaré claro
de tus ojos claros.

Tu poeta dirá:
el color de tus ojos
es color de ceguera.

Como si Dios en ellos
me fuera a dar respuesta,
casi en un son de música
de desteñida letra.

Y sus cuevas translúcidas
guardaran su existencia
en la hipóstasis sabia
de ser divino y bestia.

En tus ojos heridos
el vacío es un aire de familia
donde esperamos encontrar de todo:
el retrato infantil
la niña madre
el abuelo con su briosa guerrera.

Tus ojos son mi hogar y mi familia
y mi melancólica apariencia.

En su claror de ser querido ausente
mi papel es un mutis por la izquierda.

Ya ves que no hablo claro
de tus ojos claros.
El color de tus ojos
es color de ceguera.


   Noche sola

Vamos con el hermano por la noche
en el mundo empañado de la niebla:
las puertas como párpados de muerto.
Sólo la casa de luz roja, abierta.


   Canción que dice esperanza

Atardeceres de mayo
de una luz fría y redonda
en que sólo el corazón
guarda tibiezas de alcoba

árboles que fueron verdes
se confunden con sus sombras

plumas negras
ramas tristes
con un puñado de hojas

pero en los ranchitos bajos
de tierras negras o rojas
hay un fogón que azulea
y alguien canta una milonga.


   Contradicciones necesarias

Yo voy lleno de música
y de verso.

Quiero decir: lleno de mundo
y de vigilia, mas sin tiempo.
Yo voy -si así se puede
decir- contraviniendo
la temporalidad, los plazos fijos,
con la música, el verso...
Con las más temporales criaturas
"vengo viniendo":
hay puertas bien cerradas a mi paso,
no son todos amigos los que encuentro.

Yo voy lleno de música
y de verso.
Quiero decir: de días alveolados
y de días siniestros.
Con pocas ganas de ser golondrina
con muchas ganas de seguir murciélago.

Cuando sobre la almohada deposito
mi parietal derecho,
viene un acorde
a trastornarme el sueño;
a hacerme japonés por mi piyama,
a volverme a mi piano deletéreo
(hablo así de mi máquina querida,
la que, de veras, me enseñó a hacer versos).
Y, adiós descanso, noche
para tirarse a muerto.

Ya estoy en guardia,
tecleando desperejo.
que las músicas son escurridizas,
niñas de Cabrerita,
cuasi perfectos;
y en cuanto a las palabras,
ésas, bueno...
Y entonces, ¿para qué digo que voy
lleno de pasto seco...?

 

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