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Camila Charry Noriega

  

   Lo desaparecido

 

Ahora que ha bajado la marea

nombramos estos huesos

pulidos por la lengua de la sal.

Son vértebras que el oleaje no sorteó

y brillan sobre la arena calcinada.

 

Lejos, en el litoral,

la carne flota

resplandece también,

pero su claridad

es la de una flor crepuscular

que aprecia del fondo

la certeza de lo desaparecido.

 

  

   Fuego de los días

 

            De espera en espera consumimos nuestra vida.

                                                                       Epicuro

 

Por acá todo es casi fuego a diario,

el perro olfatea en la cocina

las cenizas de la luz;

eso es la desaparición

la ausencia de la lengua sobre el pan,

los ojos que desean lo que se hunde

en el misterio del mundo.

 

Yo no sé si es bueno nombrar,

yo no sé,

pero a veces

cuando amenaza el fuego lo más elemental,

uno se pregunta si de esa manera debe ser todo.

 

En la cocina

la tetera canta exasperada

y el olor a hierro quemado es el único vestigio

de un agua seca y reseca,

inexistente

entre el fondo negro de la olla.

 

Otro día es un cigarro que se encuentra entre silbidos

el blanco corazón de la colilla que se ahoga,

allí el fuego es pasado,

certeza limpia.

 

Así también pasa con el cuerpo

y uno sigue preguntándose

qué lo quemará:

una enfermedad en los pulmones,

un carcinoma,

un balazo, una traición.

 

Quién sabe qué extraño fuego

acabe esta espera.

 

 

   Intemperie

 

Afuera

mi padre a la intemperie

no cabe en su cuerpo,

es tiempo y recuerdo.

 

Afuera, solo,

sabe que su marcha

a sus casi ya 70 años

es la del río al revés.

 

 

   Variable

 

La claridad de una palabra

surge del hambre.

No se puede escribir con el estómago lleno,

dice Henry Miller.

Se escribe con la entraña lacerada

en medio de la sed y a la intemperie.

 

Yo escribo en mi casa

que flota entre el humo

y pensando en el hambre que no tengo hoy.

Escribo desde la sed y a la intemperie

aunque no parezca esta geografía

de muebles y de libros un desierto.

 

Un amigo dice que la punzada

es siempre la misma en el estómago

y que la abundancia proviene a veces

de una extraña fiebre

que hace colapsar;

de la impotencia de presentir en las palabras

un más allá que no se alcanza.

 

La exuberancia, no la aridez

y su esquiva sustancia,

también sostiene el poema;

las palabras son a veces simplemente

la imagen de un pozo, una nube

o un símbolo que los años mudarán.

 

(De “Arde Babel”, con selección y cuidado de Juan Manuel Roca, colección Un libro por centavos, Universidad Externado de Colombia, 2017. Camila Charry Noriega nació en Bogotá, en 1979. Publicó “Detrás de la bruma”, “El día de hoy”, “Otros ojos”, y “El sol y la carne”. Obtuvo el segundo lugar en el concurso internacional de poesía Ciro Mendía, en 2012; el premio Tomás Vargas Osorio, en 2016; y el Nacional de Poesía Casa de Poesía Silva, el mismo año. Poemas suyos fueron traducidos al francés, inglés, italiano, polaco, portugués y rumano).

 

 

 

   Cuerpo adentro

 

El agua mece la casa.

La oscuridad

tren silencioso,

cruza y tantea los huesos.

 

Los habitantes observan desde los rincones

acostumbrados ya,

al vértigo que les produce

ser la estación de lo que fluye.

 

Las paredes son de piedra

también los objetos más elementales:

las sillas

la mesa

las camas

los cuchillos afilados por si vuelven las fieras,

también las lámparas que cuelgan de los techos,

manos abiertas,

se encienden cuando la luz las nombra.

 

Todo lo demás es de carne.

 

El agua llena todas las habitaciones,

se abre paso a través del cuerpo

y nadie teme,

han aprendido que cuando roce sus cuellos

flotarán

y chocarán los muslos, las cabezas, los pies inertes

     (pequeños pájaros que convulsionan en un pozo)

y siempre habrá carne que se afila

contra el borde de las piedras.

 

El agua mece la casa hasta el amanecer;

    luego vuelven las tareas cotidianas:

despertar a los ahogados

servir en los platos minúsculas algas

limpiar con las escobas la oscuridad de los rincones

        desprender de los ojos la humedad

las visiones:

carne sobre carne el aliento humano

carne lamida,

despeñada.

 

 

   La belleza

 

De lo bello nos conmueve

su feroz manera de palpar

la herida que es el hombre.

 

Esa es la belleza;

a la intemperie aceptar de ojos abiertos

la vastedad de lo que llega.

Voluntad ciega que nos eleva fuera de los signos,

que nos iguala al parto de las cosas

llamadas a durar apenas el instante

en que se duelen pero cantan.

 

 

   Padre a la distancia

 

Mi carne es tu carne padre

desde ella imagino tus ojos jóvenes enamorados de mi madre

en ella laten mis palabras que no aciertan a rasgar el tiempo

mi temor a la oscuridad, hace tanto

deslizándose por la madera de la casa.

Ahora mi carne envejece

y mi corazón se tuerce de esperar;

entre sus vetas arden viejos amores

reptan los deseos que jamás pronuncié,

entre ella oigo tu voz áspera y lejana

que me parte en dos

 

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