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Denisse Vega Farfán

 

   Justificación del poema

 

Vigía de lo que imprecisamente se transcribe

en la llameante palma del mundo.

Rumor de granito. Antigua boca. Escúchame.

Son para ti estas palabras que, no obstante,

tu fantasmal esquife gobierna.

¿Quién eres?, ¿qué tiempo es el tuyo?,

¿fuiste abandonado?, y rendido en otras tierras

¿viniste a cuidar del poema?

Inspiración te llaman los más plácidos,

olvidando que tienes el rostro sin biselar

y que, a veces, el hacernos caer cuando corremos

con la ardiente mañana en los brazos

es tu mayor gozo.

En la mesa de todos estás

invitándonos a tocar tu organillo de viento

con renunciado silabario,

a ordenar la duda en aplicados sonidos

que satisfagan tu ebrio anclaje.

Nos iremos sin verte y tú seguirás solfeando,

licenciosamente,

aunque los campos sean de herrumbre.

En un altar solar, en una celda como la de Maiakoski.

Revoloteando en la nuca del penúltimo hombre

con tus navajas de fieltro.

Nadie sabrá nunca cómo nombrarte

y, sin embargo, serás lo que siempre justifique el poema.

 

 

   Enclave

 

El poema está listo.

Eleva casas, puentes, barcas hundidas,

aves de diversa estación migratoria, vidas

que hacia todos lados se desplazan.

Hace realidad lo que no se toca

y simple fábula lo palpado todos los días.

El poema está listo. Yo estoy en otra parte.

El que estuvo escribiéndolo al pie del aserradero,

ha desaparecido.

Desde el vidrio del poema

veo su último retrato, enjambre en vilo.

El poema está aquí, tiene forma humana, animal,

de mesa, calle, estrella. Ocupa mi espacio

que ya no es propio. Respira por mí, habla por mí,

es una olvidada lengua por nuestro cansancio.

El poema está listo. Le es entendible

el trémolo final de la tierra.

Roer no es necesario.

 

 

   Noche en Lisboa

   (Pessoa)

 

Cuando el día se cierra

navaja de afeitar

él sale de sus trajes

como de los siglos

es el primer hombre que pisa con inocencia el mundo

desnudo va entre las calles

traslúcido animal devuelto del intestino

de un paralelo curso

escritura huida de todos los andamios

en las esquinas solitarias

en los hospicios durmientes de gente civilizada

se reconoce

él que ya no es él

silueta bordada por inobservados astros

aire de los vasos vacíos

ningún hombre por el cual llamarlo a la distancia

confundido ya con el sereno bullicio de una ola

que no anuncia ni amenaza

sacudiendo el liquen de una enorme piedra

el relente de inmortalidad

la farsa de los días

es suyo entonces el lenguaje anterior

al nombramiento de las cosas

sobre el que apenas han logrado alzarse los hombres

con sus pequeñas ansias

el lenguaje que a la mañana seguirá oculto de ellos

consumiéndoles el corazón

 

 

   Tortuga en Cabo Blanco

 

Entre mareas de jade y cobalto

vadeas ágil como el sueño de un colibrí

sobre la flor más leguminosa del verano.

Son tus carnes coriáceas la lectura de las nubes

y tu caparazón una tempestad sin memoria

que no envidia la levedad de tijeretas y gaviotas

disputándose las últimas reservas de los pescadores.

En la superficie eras apenas una mancha oscura

confundiéndote sabiamente

ante la ansiedad de los depredadores

que acodados te observamos desde el muelle.

Solo, a veces, cuando el milagro de tus lentos pulmones

se agota, asomas lo suficiente la cabeza para no olvidar

cómo huele el peligro allá afuera

donde ninguna sed ha sido saciada

aún antes de tus primeros antecesores.

Pero es cuando te toca ir a tierra

para cumplir un pacto milenario

que tus huesos abandonan el océano

con el viaje de todos sus ahogados

y todo en ti el peso muerto de la vida nos recuerda:

tus aletas ya anclas de un sumergido trasatlántico,

las carnes vueltas grises y pedregosas,

el caparazón de los siglos agolpando el festín de tus órganos

en una sentencia desconocida, insalvable.

 

(De “El primer asombro”, Paracaídas Ediciones, Lima, Perú, 2014. Denisse Vega Farfán nació en Trujillo, Perú, en 1986. Publicó “Una morada tras los reinos”, obra que obtuvo el Premio de Poesía Joven del Perú, 2008, y la plaqueta “Hippocampus”, en Uruguay. Poemas suyos fueron traducidos al alemán, chino, francés, inglés e italiano. Fue incluida en varias antologías, en su país, Colombia, China y México).

 

 

   Cigarras en Beijing

 

Es la temporada en la que el sol se defiende

de las gélidas masas de nuestros corazones

y madura un tallo de vapor

en el inviolable coto de su rareza.

 

Confundidas entre los sauces llorones ellas cantan,

libando el durmiente juicio de las hojas,

mientras el tiempo es de alcanfor fuera de los árboles.

 

Similares años a los de mi primera infancia

han permanecido bajo tierra,

preparando el impasible oficio de su canto,

oyendo a nuestros muertos,

anticipando la contienda de los vivos,

celebrando la ceguera de nuestra habitación última,

endureciendo de savia el instrumento que ahora consuela

la fatiga de los viajantes por el demorado vuelo de retorno

al remo duro del Atlántico.

 

Deben ser ya cuarenta grados,

por cuanto el cuerpo es un estorbo

como un poema corregido por años

sin la retribución del reconocimiento.

En cambio, sus tórax son más propicios

para el clamor del cortejo,

los élitros cortan el aire monótono

con el furor del cortaplumas

sobre la nuca del invisible enemigo.

 

Ha de haber un centenar en ése árbol.

Podrían batir hasta calcinarse.

 

Hacen un sonajero del mundo.

 

Terminada la estación

no serán más que cáscara

conteniendo nuestro vicio abandonado.

 

 

   Poema de Lidia para Ricardo Reis

 

Así sin tocarnos

la piel no quedó lastimada

con el balsámico hedor de la muerte

ni las palabras hicieron daño

fueron solo palabras

marciales y soledosas

como las que habitan los diccionarios

y llenan de espuma la boca de los durmientes

a la espera de que algún poema las justifique

y dejen entonces de ser solo palabras

llameantes ofrendas

escoltas de los cielos.

Así sin juntar las manos

el paisaje se mantuvo inalterable –advertiste-

con el mismo sonido de hojas leves

olor a eucaliptos

la visita puntual del jilguero

los repetidos anuncios de la mañana.

Las flores dormidas en el regazo de una muchacha

fueron reemplazadas por otras flores recién cortadas

en el tibio y anónimo regazo de una nueva muchacha.

Así desde hace milenios

copulados por un río silente que transcurre

no hacia el mar sino al horizonte que se pliega

en una caliginosa marcha

nada atravesó el deseo

y los espejos repiten hasta ahora

la misma pendiente de los ojos negados al asombro.

Nada me llevé de ti.

No arranqué macizos

no mojé mis pies en el río

nada sé de la llamada del barquero

de la lectura del último color que ardió sobre la tierra.

Nada de nuestros torsos como arándonos bajo la misa del sol

el crepitar roñoso de los dioses

atribuyéndose el verdor de los jacintos.

No tengo nombre.

Si alguna vez me llamaron Lidia

fue solo un nombre

y un nombre tiene el peso del espacio

que separa el suelo de los pies del ahorcado.

Así sin nada que guardar para la fría memoria

no envejezco

un altar sumergido es mi rostro

un río que murmura:

“lo que no transcurre no tiene tiempo

ánima de bronce es siempre en las orillas”

 

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