• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

De poeta a poeta

 

GONZALO ROJAS

Por Vallejo

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: -Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso. Ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
No en París
donde lloré por su alma, no en la nube violenta
que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: -Todavía.


Urgente a Octavio Paz

77 es el número de la germinación de la otra
Palabra, en lo efímero
de la vuelta
mortal
con tanto Octavio todavía
por aprender del aire, con tanta ceiba
libre que uno pudiera ser, si uno pudiera
ser ceiba en la tormenta con exilio
y todo en la germinación del número

de esta América de sangre con ventisquero
y trópico y grandes ríos
de diamante, sin más tinta
que esta respiración para escribir tu nombre más allá de las nubes
de México ciego hasta cómo decirlo
el otro México que somos todos cuando la aorta
del amanecer abre ritual el ritmo de las violetas
carnales de la Poesía, las muchachas de bronce que marchaban
(airosas al sacrificio
desnudas al matadero por nosotros antes de parirnos
altas en su doncellez hacia lo alto de los cóndores

desde donde jugamos mientras caemos página
tras página en este juego de adivinos
del siempre y el nunca de las estrellas y tú te llamas por ejemplo
77 ángeles como Blake y yo mismo me llamo
77 especies de leopardos voladores porque es justo que el aire
vuelva al aire del pensamiento y no muramos
de muerte y esto sea el principio Octavio
del otro principio y otro, y además no vinimos
aquí a esto.


Julio Cortázar

Ha el corazón tramado un hilo duro contra
lo arbitrario del aire, ha hilado la Espera
que ya está ahí, a un metro, ha
del rey pacientemente urdido la túnica, la
desaparición.

Lo ha en su latido palpitado todo: el catre
último, altas
las bellísimas nubes, éste
pero no otro amanecer. Lo aullado
aullado está. Nubes,
interminablemente nubes.

Es que no se entiende. Es que este juego no
se entiende. Ha el Perseguidor
después de todo echádose largo en lo más óseo de
su instrumento a nadar
Montparnasse abajo, a tocar otra música. Ha fumado
su humo, solo
contras las estrellas, ha reído.

A Marcelo Coddou

(El poema "Por Vallejo" fue tomado de "Contra la muerte", con prólogo y notas de cronología de Jaime Quezada, Colección Premios Nacionales de Literatura de la Editorial Universitaria, cuarta edición, Santiago de Chile, 2002. Los dos restantes fueron tomados de "Antología de Aire", con selección de textos de Hilda R. May, Tierra Firme, Poetas Chilenos, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, Santiago de Chile, 2004. Gonzalo Rojas nació en Lebu el 20 de diciembre de 1916 y murió en Santiago el 25 de abril de 2011. Obtuvo el premio Cervantes en 2003 y el Nacional de Literatura de Chile en 1992).

JUAN CALZADILLA

Escrito en el álbum de Emily

¿En dónde reside la grandeza de Emily?
En su jardín. En el asombro menudo de las hojas,
en los charcos con sapitos y légamos,
en la azucena y en la alondra,
en la abeja dactilógrafa
y hasta en una mosca espiando
por el vidrio de su ventana.
De la palabra mármol no le hablen. La empleó
contadas veces como cuando
a Amherst llegaron tropas del Norte
y ella para manifestar su agradecimiento
se imaginó cual doncella de Orléans
simulando en el mármol
tallados con su fe
unos labios para siempre sonrientes.


Pessoa

Es un hombre melancólico pero puede escribir.
En Lisboa pocos le conocen pero puede escribir.
Se gana la vida de 10 a 4 en un almacén,
pero puede escribir.
Es alcohólico e insomne pero puede escribir.
No tiene un gran amor en su vida pero puede escribir.
El factor común es que puede escribir.
Todo lo demás qué importa.

("Escrito en el álbum de Emily" fue tomado de "Ecólogo de día feriado", antología personal, con prólogo de Miguel Márquez, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericana. Caracas, 2005. Este poema aparece titulado como "Amherst, 1878" en "Diario sin sujeto", Taller Editorial El Pez Soluble, Caracas, 1999, de donde a su vez fue tomado el poema "Pessoa". Juan Calzadilla nació en Altagracia de Orituco, en 1931. En 1953 le fue adjudicado el primer premio de poesía del Festival Mundial de la Paz. Es también pintor, y en 1997 consiguió el Premio Nacional de Artes Plásticas de Venezuela).

 

 

RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

Memoria de Alejandra

No la mataron en ningún lugar histórico
de nuestro siglo despiadado.
No la mataron en Treblinka ni en My Lai
ni en Camirí ni en Texas,
pero igualmente la mataron
en el lugar inexorable
donde está cada uno,
donde a todos nos puede de pronto suceder
que se nos viene encima esa tiniebla
que odia y aplasta todo cuanto vive.

Sólo fantasmas mudos, ah, en su cuarto.
Y allí, entre los fantasmas,
ella de pronto hablaba como los volcanes,
como los condenados, como los horizontes:
a fuego puro y hondo.

Y era una niña triste que creía en la magia,
que conjuraba a los demonios,
que soñaba con pálidos vampiros
y barbazules quejumbrosos
y rubias baronesas más crueles de palabra
que en realidad de obra.

¡Oh la palabra y todo lo que inventa!
¡Amores, glorias, universos!
Pero la pobre, la infinita
palabra no la pudo defender
de esa tiniebla que odia
y aplasta todo cuanto vive.

Alejandra murió.
La pequeña, la triste, la que armaba
zapatos con cabellos y aureolas de ángel,
dalias en cuyo centro fulguraba el amor.
La que estaba fundada en poesía
y no lo supo en el momento necesario,
los literatos no se lo dijeron,
yo no le dije, nadie se lo dijo,
y ella se descuidó, se alejó de su lámpara,
se perdió en la tiniebla
que odia y aplasta todo cuanto vive.

¿Dónde estará con sus tristezas,
con sus endriagos y sus larvas?
¿Se quedará con ellos para siempre?
¿O la espera Endimión tras el espejo?
Su amado tan amado.

Me dijo amigo, me miró,
me dijo amigo hasta la vuelta,
pero no regresó.

Se me quedó su voz temblando en un poema.

(De "La estrella fugaz", con prólogo de Rodolfo Alonso, colección de poesía Todos Bailan, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1984. Raúl Gustavo Aguirre nació en la ciudad de Buenos Aires, en 1927, y murió en la provincia de Buenos Aires, en 1983. Además de su propia obra poética, fue un gran traductor y antólogo. Se debe a su trabajo una de las más notables antologías de la poesía argentina).

JOAQUÍN GIANNUZZI

Memoria de Raúl Gustavo Aguirre

Hay últimos poemas recorriendo mi oído
leídos por teléfono en la noche
de un año irracional y tú
simplemente feliz como una afirmación.
Porque entonces eran poemas posibles
y dejabas al tiempo de los otros su adecuada solución
la distancia no te consume
y desmiente la teoría de una oscuridad personal.
¿Pero en qué clase de verdad
están sumeridas tu cantidad, tu jornada tangible,
la confusión del yo en la desgracia cardíaca,
ahora que la realidad gira desamparada
abandonada por tu imaginación?
Una y otra vez tu poesía responderá por esto,
un acto de presencia modulando el secreto
de todas las certezas
que te daban razón contra la brusca asfixia.
Aquí, sin pruebas acerca de lo velado
junto al teléfono inútil o en tristes fragmentos
de habitaciones y calles carnales
mi oído insiste en alojar musicalmente
todo lo que tú nos inventabas: un lenguaje
para una sucesión de figuras ordenadas,
principios de expresión
que dilatan nuestros nervios principales,
progresiones de larga duración en este dudoso planeta.
Qué especia de triunfo hay en una caída superior,
no lo sabemos. Pero hasta que podamos
regresar del error y la amenaza de la materia
esta destrucción reclamará un significado.

(De "Violín obligado", colección de poesía Todos Bailan, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1984. Joaquín Giannuzzi nació en Buenos Aires en 1924 y murió en Salta, norte de Argentina, en 2004. Ganó los premios Municipal y el Nacional de Poesía).

RAFAEL ALBERTI

A Federico García Lorca

Sal, tú, bebiendo campos y ciudades,
en largo ciervo de agua convertido,
hacia el mar de las albas claridades,
del martín-pescador mecido nido;
que yo saldré a esperarte, amortecido,
hecho junco, a las altas soledades,
herido por el aire y requerido
por tu voz, sola entre las tempestades.
Deja escriba, débil junco frío,
mi nombre en esas aguas corredoras,
que el viento llama, solitario, río.
Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,
vuélvete a tus montañas trepadoras,
ciervo de espuma, rey del monterío.


Elegía a un poeta que no tuvo
su muerte

(FEDERICO GARCÍA LORCA)

No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba.
Malamente, a sabiendas, equivocó el camino.
¿Adónde vas? Gritando, por más que aligeraba,
no paré tu destino.
¡Que mi muerte madruga! ¡Levanta! Por las calles,
los terrados y torres tiembla un presentimiento.
A toda costa el río llama a los arrabales,
advierte a toda costa la oscuridad al viento.
Yo, por las islas, preso, sin saber que tu muerte
te olvidaba, dejando mano libre a la mía.
¡Dolor de haberte visto, dolor, dolor de verte
como yo hubiera estado, si me correspondía!
Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
ese horror en los ojos de último fogonazo
ante la propia sangre que dobló su memoria,
toda flor y clarísimo corazón sin balazo.
Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,
si acaso le esperaba más bella y larga vida,
haré por merecerla, hasta que restituya
a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.

(De "Antología poética", Maestros de la Literatura Contemporánea, Losada, Buenos Aires, 1996. Rafael Alberti nació en Cádiz, en diciembre de 1902, y murió en octubre de 1999 en ese mismo lugar).

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