• @dianalefaz
    Son tantas las veces que no estamos aquí, donde pisamos
  • @Anadimeana
    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
  • @Xhuvia922:22
    Los sauces llorones mojan lo que resta de tu sombra
  • @LaPetit10
    El miedo es la distancia más larga
  • @cochambrossa
    Un corazón donde la nostalgia acomode su ingravidez
  • @Genrus
    Nada como el asedio de lo irreparable para mantener el corazón encendido y las velas desplegadas
  • @largabreve
    Todo el amor es una breve esperanza, una contención indebida, enajenadora
  • @SimoneBella7
    No tardes que el silencio arrecia, hoy solo basta con que insinúes un suspiro para volverme agua
  • @ReneValdesM
    La poesía saca lo mejor que no tenemos
  • @_Annai_
    Un don es una sombra liberada
  • @___Sputnik___
    Nadie verá el estante vacío
  • @entiyparati
    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

Celebración del Paraguay

ELVIO ROMERO

La Patria

Calientes clavos le clavaron.
Siguen clavándole esos clavos en los ojos
ardientes, aunque sigue mirando
morena, mutilada, revoltosoa y sangrante
velando por los hijos (esas sombras anónimas
que la siguen llevando); por los hijos,
a quienes por llevarla les clavaron,
con esos mismos clavos
calientes con que fueron a clavarle los ojos
revoltosos y ardientes con que sigue mirando.


Nuestro país

Nuestro país (el mío,
el que puedo ofrecerte), aquella
dulce tierra violenta, con la frente
segada y abolida por un aire quemado,
donde ochocientos ríos le dan curso a sus ojos
y cordilleras verdes le apoyan la andadura,
desgajo de protesta vegetal y verano,
mi país que se instruye sobre un nivel
de lluvias,
oh mi país hermoso,
despiadado y profundo,
fiel a sí mismo, puro, solitario, implacable,
nos reserva un asiento
de hierbas y azahares, desenvuelve
-mi amor- sus recelosos,
sus imperiosos meses, su silencio,
por esto, por nosotros,
por asir esa luna de carbón desdichado
que se nos sube a veces por la noche a los ojos...

Estad atentos siempre

EXILADOS:

Escuchad, paraguayos:
escuchadme vosotros que lleváis las guitarras
errantes en las manos,
cuyas medallas tienen todavía color acometido
de cántaros granates y profundos,
simples varones verdes con el alma en incendio:
grabad en la retina todos los laminados
paisajes de la patria,
pensad que solamente
fijando en la memoria su desazón y escombros,
seréis mañana el claro fulgor de su conciencia.

Nadie más que vosotros
sois la medida entera de sus lágrimas:
pensad que tenéis rostros de llanuras y bosques,
que sois el repartido surco de las labranzas,
los redentores barros pisoteados;
pensad que sois los hijos exilados de un árbol,
ya que la patria tiene cuerpo de ramas secas
cuyas hojas batieron los desastres.

Todo está decidido
con la disposición de la fuerza y la lucha;
no hay camino que borre vuestras rojas pisadas,
no hay caballos que olviden vuestra destreza antigua
de jinetes,
labios que no pronuncien el saludo caliente del regreso;
todo depende ahora del rapto agricultor de vuestras
manos,
del avizor sentido que tienen las simientes
y la honradez de vuestros pasos.

Estad siempre de bruces
para esperar mejor a las semillas,
restañando la herida mortal de los arados;
vale la pena atrincherarse un tiempo en las labores
y arrancarle a la patria ese sudario
y levantar los brazos como flores dichosas
que pasan de un entierro a la alegría.

Escuchadme vosotros que lleváis las guitarras
errantes en las manos,
hombres de una cosecha avasallada.

(De "Sus mejores poemas", de Elvio Romero, Biblioteca Paraguaya El Lector, Editorial El Lector, Asunción, 1997. Elvio Romero nació en Yegros, en 1926. Su creación y actividad literaria comenzó cuando era muy joven, así como su participación en los asuntos del país, como activista social. Con 21 años debió salir al exilio, tras la guerra civil de 1947. Entre otras actividades, tras el derrocamiento del dictador Alfredo Stroessner, fue diplomático de su país en Argentina. "Días roturados", "Resoles áridos", Despiertan las fogatas", El sol bajo las raíces", "De cara al corazón", "Esta guitarra dura", "Un relámpago herido", "Los innombrables", "Destierro y atardecer", "El viejo fuego", "Los valles imaginarios", "Flechas en un arco tendido", "El poeta y sus encrucijadas", son algunas de sus obras. Murió en Buenos Aires, en mayo de 2004).

 

 

 

AUGUSTO ROA BASTOS

Nocturno paraguayo
II

Cómo asir esta espina de fuego
incrustada en el alma.

Cómo decir, contar o responder
a preguntas vacías
entre el exasperado desorden
y el inaudible grito que aún nos hiela
la sangre,
que hubo una vez entre palmares y siglos
y jazmines
un país de rocío, una isla de tierra
rodeada de tierra,
el corazón purpúreo de América
del Sur.

La fiebre de los meses manando
por los poros
mancha con un sudor sangriento los pañuelos
que uno lleva a los ojos.

Cómo sin que se caigan a pedazos los labios,
explicar por ejemplo,
que hay cabelleras blancas sobre cabezas
núbiles
y pulmones que aúllan a la muerte
y ojos adolescentes ya de rescoldo y tierra
tiritando apagados
en el fangoso tremedal de los esteros
o bajo el párpado de piedra de las cárceles
llenas hasta los bordes
de su agua humana hambrienta y sedienta.
Lo que agoniza y sufre tiene letras terribles.
entrañas como dientes
y follaje de nervios,
páginas que nos queman la mano, el ojo,
el ánima.

Cómo escribir entonces un reflejo sombrío,
dibujar una boca
que hable y diga y cuente desde el fondo
del pecho
lo que está allí enterrado
bajo espesas cordilleras
de blasfemia y suspiro.

Nada más que la luna
sobre los grandes ríos,
sus pómulos cobrizos, sus profundas ojeras
de pantano y de fiebre;
un pueblo entero entre los bosques
y el silencio
su argamasa espectral empañando
los árboles.

Y esta resina fresca de los muertos
que aprenden a beber a sorbos largos
su lenta eternidad de raíces calladas
chupando en nuestras llagas
su vid de vida, su hiel infiel,
nutriendo en nuestros ojos
su mirar necesario
y final.

III

Canta el urutaú,
conozco bien su queja solitaria
que hace entre las maderas su aposento,
en el tímpano denso de la noche,
detrás del tiempo, de espaldas
a la luz.

Pero desde el nocturno campanario
del monte,
no dobla por los muertos
sino por los ausentes en lejanos países,
por los vivos que mueren poco a poco
bajo el madero negro de la ausencia.

Porque en la zona roja del tanino,
o en las comarcas del yerbal profundo,
o entre los cocoteros sepulcrales,
suena el sonido puro
de la guerra.

Desde el silencio atado a tantos huesos
que errabundas centellas
agitan por la casa dormida de la noche,
crece el fragor, el vasto son de fuego,
su redoble triunfal.

Más fuerte que el penacho de humo,
más alta que el recuerdo y las palabras,
la fogata natal centellea a lo lejos
y en la noche sagrada dibuja
su reino melodioso.

Un hálito ancestral anda y recoge labios,
anda y recoge pulsos hundidos en la arena,
cose entre las cortezas meteoros caídos
y sobre el terciopelo de la noche
junta estas joyas,
estos eslabones sagrados
que arman la cegadora certeza del triunfo.

La Cruz del Sur está en su sitio,
sube y decora el cielo
desde su empuñadura de miradas y manos;
la sangre combatiente está en su sitio,
el tiempo está en su sitio
y el espacio que falta a nuestros hombros
se llena ya de nuevas frentes
y claridades.

Porque la patria vive
como una gigantesca mano color de tierra;
porque la tierra vive
como una gigantesca llama color de sangre;
porque la sangre vive
como una gigantesca llama color de aurora.

Y en esta luz un pueblo lázaro
se levanta y camina.

(De "Poesía", Augusto Roa Bastos, colección de poesía Musarisca, Editorial Colihue, Buenos Aires, 1999. Augusto Roa Bastos nació en Asunción, en 1917. Fue también narrador y periodista. Siendo muy joven participó de la Guerra del Chaco. Tras la guerra civil, debió marchar al exilio en 1947, y se radicó en Argentina, donde desempeñó oficios diversos, como el de guionista cinematográfico. Por la irrupción de la dictadura militar en Argentina, en 1976, debió salir de ese país. Se mantuvo siempre activo en el reclamo de democracia en su país. En 1989 recibió el Premio Cervantes. Murió en abril de 2005 en Asunción).

JOSÉ-LUIS APPLEYARD

Hay un sitio

Hay un sitio en el mundo donde vivo
pequeño y singular,
un sitio mío,
un pedazo de tierra con olor a madera,
con gentes como yo,
de diminuto, sangrante y triste
corazón cautivo.

Un pedazo de tierra, pocos hombres,
y un alfange de acero como río.
Yo estoy en él, soy parte de esa parte
minúscula del mundo. Tengo amigos
que comparten el tiempo y lo desangran
con lentitud, sin prisa, desde antiguo.

La vida es muy sencilla,
sólo basta
ser fiel al cumplimiento de los ritos:
matar a la verdad cada mañana
y dejarla morir cada domingo.
Quien conoce la clave, dulcemente
puede vivir tranquilo en este sitio.
Las palabras mantienen la tersura
de su forma redonda y sin resquicios,
pero aquello que encierran por ser verbo
en cada labio da un sabor distinto.
La gramática es tensa, diferente
de toda similar. Sólo el sonido
de sus vocablos tiene semejanza
con un idioma al que llamara mío.

Hay sinónimos claros, transparentes:
ser libre es vegetar sin albedrío,
robar es trabajar, amor es odio,
y vivir es morir desguarnecido.
La soledad se llama compañía
y el traicionar, ser fiel a los amigos.
La novedad, vejez. Todo lo nuevo
tiene una oscura pátina de antiguo.

Hay un sitio en el mundo donde vivo
pequeño y singular.
Un sitio mío,
un pedazo de tierra que se pudre,
con gente como yo,
de diminuto, sangrante y triste
corazón cautivo.

(De "Antología poética", José-Luis Appleyard, Colección Poesía, Editorial El Lector, Asunción, 1996. José-Luis Appleyard nació en Asunción en 1927. Se graduó como abogado y se dedicó al periodismo. Fue también narrador. Murió en Asunción, en 1998).

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