• @_marazi
    Sentimos demasiado como para salir ilesos
  • @HilseCaracas
    Se afiebra el corazón cuando la luna se lleva por dentro
  • @LunaFractal
    Escribir, volver a las andanzas
  • @mediamente
    Los tiempos que corren deberían ser detenidos
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    Con dedos de granizo y largas llamaradas, abriendo mi pecho, mil veces traspasado, malherido
  • @silencioenletra
    Soy de las que empiezan a desvestirse quitándose las cicatrices
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    Inmigrantes de intimidades heridas somos todos
  • @PedroLuna73
    Soñar es un acto político

Celebración de Venezuela

RAFAEL ALBERTI

Costas de Venezuela

(Desde el "Colombie")

Se ve que estas montañas son los hombros de América.
Aquí sucede algo, nace o se ha muerto algo.
Estas carnes sangrientas, peladas, agrietadas,
estos huesos veloces, hincándose en las olas,
estos precipitados espinazos a los que el viento asesta un golpe
seco y verde a la cintura.
Puede que aquí suceda el silencioso nacimiento o la agonía
de las nubes,
sombríamente espiadas desde lejos por mil picos furiosos de
pájaros piratas,
cayendo de imnproviso lo mismo que cerrados balazos ya difuntos
sobre el horror velado de los peces que huyen.
Aquí se perdió alguien,
algo que estas costillas,
que estos huesos saben callar o ignoran.
Pero aquí existe un nombre,
una fecha,
un origen.
Se ve que estas montañas son los hombros de América.

(De "Antología poética", Maestros de la literatura contemporánea, Editorial Losada, Buenos Aires, 1942).


RAMÓN PALOMARES

La puerta de nuestros dioses

Ocho brazos tenía cada enemigo
Un dios en cada mano
Y aunque el cielo y la muerte estaban de su parte
Fuimos a combatir

Ay los hijos de la tierra
sus dioses estaban ocupados, jugando

Qué mano hizo esta flecha que no sabe clavarse en un
corazón enemigo
Qué traidora piedra
limó su hueso

Contra el cielo peleamos!

Después que llegamos de toda montaña y costa
y selva y peñasco de hojas
Nos juntamos en la llanura.

(Esperando la llegada del último
se sentaron y fumaron sus hojas)

-Dónde está Guaicaipuro,
Se habrá dormido?
Qué inquietos los elevados de frente
y el enemigo que ya despereza sus tiendas.

De sal y hierro
de caballos y muerte
son los dioses del enemigo!
¡Y nuestros dioses ocupados, jugando,
Ni se fijaban!

Di, Tiuna,
di, Tamanaco,
Dónde está el que dispone,
Por qué no llega?
-No responden Tiuna y Tamanaco,
secos de lengua.

Di, Paramaconi,
di, Toconay,
Dónde está el que dispone,
Por qué no llega?

-No responden Paramaconi y Toconay,
mudos.

O tocamos sus puertas o hacemos por ellos,
los dioses!
Ay tener que tocar la puerta de nuestros dioses!
Ah
Cómo quedarían esterados los recodos del suelo
La yerba y las colinas
cuánto sangraron.

Di, Tiuna,
Di, Tamanaco,
¿Dónde ir?
El enemigo ya se acerca!
-No permita mi vida huirle
que me convierta en oso si no vuelvo la cara al enemigo!

El último día de Tiuna ha llegado, este sol
verá que lo maten!


Infiernos que traen perros y fuego
(Muerte de Guaicaipuro)

Sueño cómplice
no dejes que lo maten,
anúnciale con tu luz -dile
con tu mágica lengua.
Sacúdelo y que huya
Porque ya se aproximan los matadores
-infiernos que traen perros y fuego.

Sacúdelo

"-Vamos Guaicaipuro, vamos
que la noche te guarda muchas heridas,
No te quedes acurrucado
¡Levántate!
Vuela a otra de tus casas".

Qué hacían los guardas de su sueño!
Dónde estaban los que debían ver a su lado!

Subiendo por los espinazos del monte
Qué silenciosos
Qué callados
¡Qué tenebrosos los que hurgan la noche!
Sus caballos traen envueltos los cascos
Sus perros llevan bozal
Y suben -mudos- por la niebla.

Qué pájaros del crimen
Qué cuchillos
Y el traidor que los lleva ¡Míralo!
¡Ah velo de negrura sus ojos!

Sube, Caravana de muerte,
Espanto, Sube!

Noche densa
amarga noche de la muerte
Cómo los acompañas!

Tascaron los perros su garganta
y por las peñas
lo arrastraron,
lo que no hicieron sus dientes
lo que dejaron sus mandíbulas
terminó el fuego con sus uñas.

Bajaron de nuevo
y estaba lleno de rocío
-una rama de gloria que la noche
alentó
para cerrar sus ojos.

(De "Antología poética", Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2004).

 

 

 

JUAN CALZADILLA

Hacíamos la revolución

A medida que las palabras gotean
desde la espumante cerveza
con más encendido ardor y con fe más vehemente
el discurso teje de boca a boca
un fuego incendiario que a esta ciudad
más rápido que a Roma volvería cenizas
si lo que estos hombres hablan en el bar,
ay, no fuera tan necio.

La crisis

Dios dispuso de bastante tiempo
para constatar que mi país estaba torcido
y, pese a todo, no pudo enderezarlo
o no se molestó en hacerlo
cuando hubiera podido,
quizás convencido de que era ya tarde
y dejó que siguiera como estaba.
Ahora es difícil hacer algo.
Dios también está torcido
y aquí nadie cree en milagros.

(De "Antología mínima", Colección de Poesía Personae, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1995).

La luz de mis trópicos

Aquí nadie está claro y en primer lugar
yo tampoco.
¿Y por qué tendría que estar claro?
Lo que tiene que estar claro es la luz.
Con una claridad meridiana en alza
como las acciones de la bolsa

puede verse todo claramente.
Si no hay claridad en ti ni en mi
¿por qué preocuparse?
Goza tú de esta luz maravillosa,
de este paisaje cebado en los trópicos.

La confusión ideológica en mi país
es pura inocencia.
La situación política
perdonen si no la entiendo.
¿Acaso soy yo el más llamado a entenderla?
En mi país quien está claro
sencillamente es un tonto.
¡Que se roben ya las arcas
y que lo hagan cuanto antes
pero a mí que me dejen
la luz de los trópicos!

Noticias del alud

Tenemos que agradecerles a los publicistas su interés por
nuestro país. Se espera que con ele apoyo de éstos y de la
Comisión Nacional, de la TV, de la sociedad civil, de la
cinematografía mundial y de nuestros libretistas y escritores,
podamos sacarle a este doloroso suceso el máximo provecho.
Tomado del diario El Nacional, Caracas, 23.02.2000

Una de las cosas que suceden con nuestro modelo
de participación ciudadana es que la gente está
cada vez más convencida de que
mirando los acontecimientos
en la pantalla chica se compromete más
que el que no ha visto nada.
Que se piense de este modo es una perversión que
los dueños de los medios alimentan con el propósito
de que la gente se ocupe más de lo que ocurre
en la pantalla
que de lo que ocurre en la realidad.

Este compromiso virtual le parece obvio a la persona
que sentada confortablemente piensa que basta
apagar el aparato para ponerse a salvo
de la furia de la inundación.

Escenas virtuales

Ninguna imagen de la tragedia luce bastante cruel
cuando al lado, en la mesita junto al televisor,
hay un vaso con whisky y, más allá,
esperando, un sándwich y una taza de té.

Disculpen, pero aunque pueda ser cierto
eso que veo en pantalla es una escena virtual.
Observen allí cómo se dispara en el barranco
la cota de crecimiento de la corriente.
Observen allí cómo bajan los ahogados
sobre la cresta del caudal.

Afortunadamente todo cuanto ocurre afuera,
según la filosofía idealista, acontece sólo en mi mente.
Y tiene razón, pues basta hacer girar
el botón de cambio para borrar el acontecimiento
darlo por visto
y entrar a otro canal
donde también pasan una mala película.
Lo siento.

(De "Ecólogo de día feriado. Antología personal", Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2005).

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