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Luis Franco

El misterio de cristal

El misterio con tapa de cristal,
la pura libertad en desaliño
y un renaciente gozo manantial.
El genio humano, puro, está en el niño.

Creación, más que la otra, matinal.
Todo el turbión vital bajo su armiño.
Un futuro dios, cierto, está en el niño.
Como ignora la muerte es inmortal.


Los mercaderes de la sangre
(fragmento)

En un mundo creado por los mercaderes
y regido por ellos,
la órbita de las ideas de los filósofos y los moralistas
cabía siempre en la órbita del vientre de los mercaderes.
Los sermones de los curas confeccionábanse sobre medida
para ellos.
Los obreros, los inventores, las prostitutas, los eruditos
sudaban para ellos.
La política, los barcos, las rotativas, los cables, la filantropía,
se movían por ellos y para ellos,
y para ellos el viento labraba las olas y el sol labraba la tierra.
Pero los mercaderes habían llenado de armas el mundo,
porque las armas habían devenido la mejor mercancía.

He aquí que las máquinas de guerra
precisaban bautizarse en la guerra.
Y sus amos precisaban defender a muerte sus alcancías,
sus dividendos futuros, su moral bifronte,
su lote de jubilación celestial.
Y así el casi arrumbado genio de los caníbales,
el que dio a las demiúrgicas manos del hombre
un destino más lúgubre que el de la fiebre de los pantanos,
se puso, más experto que nunca, a las órdenes de los mercaderes.

Él vino a arreglar las cosas
cuando el entredicho entre los compadres de la víspera
no tuvo armisticio ni en la lengua bífida de los diplomáticos.
Entonces toda la erudición humana
se enroló dócilmente para el servicio auxiliar de la guerra.
Las inmemoriales ciencias del fuego y del fierro
perfeccionadas con tan ínfinito amor
que el cielo con su rayo y el infierno con sus altos hornos
quedaron en ridículo junto a ellas.
Y la geografía y la oceanografía,
y la reciente colonización de los altiplanos vírgenes del aire,
y los aportes últimos de la psicología colectiva.
Hasta que todo el hombre fue trocado en súbdito
de las dictatoriales máquinas de guerra.
¿El tecleo de máquina de calcular de las ametralladoras,
enumerando una a una, sin falla posible,
todas las unidades de la masacre?
¿Los submarinos cosechando más naufragios
que todas las tormentas pasadas del mar?
El mismo cielo, alquilado por la muerte,
se abatió, ronco de aviones, sobre el valle de las lágrimas.
Y he aquí que ni el genio de la dinamita, ni el de la gelinita,
ni el de la iperita,
resultaron ya suficientes.
Entonces se descendió a meter cuña entre los átomos,
a desatar las fuerzas cariátides del cosmos,
para lanzarlas en presencia de todos los cielos
contra la desnuda, desnuda vida humana.

 

(De "Constelación", antología de Editorial Sarquís, Catamarca, República Argentina, 2006. Luis Franco nació en Belén, provincia de Catamarca, Argentina, en 1898, y murió en 1988 en Buenos Aires, Argentina. Recibió varios premios por una obra muy cuantiosa. A fines de agosto de 2011, sus restos fueron retirados de un cementerio de la capital argentina y llevados a Belén, su pequeña ciudad natal, a raíz de un pedido expreso de sus habitantes, que fue respondido positivamente por las autoridades provinciales, con acuerdo de los familiares del escritor. Franco regresó así a su ciudad y a su provincia, a cuyas autoridades había cuestionado fuertemente en períodos dictadoriales, identificado siempre con los hombres del trabajo, en especial los del campo. Fue repudiado y hostigado por la Iglesia Católica, por sus posturas y por su ateísmo).

 

Bendición

Y tomando un puñado de trigo, con la unción
de los antiguos días, dije en mi corazón:
Bendito sea el gusto previo del pan seguro,
en el contento agrario como una hostia puro;
bendito sea el sol, que es servidor y rey;
bendita la criada que es gran reina, la tierra;
también la mansedumbre de los ojos del buey,
y el trabajo escondido de la lombriz de tierra;
y a más la golondrina, que amadrina la lluvia.
Bendita en cada grano, vuestra cosecha rubia,
sembradores, y vuestro vivir de hondura y calma
como un arar. Bendita la fatiga divina
que endurece las manos y que mejora el alma.


La calandria

Silencio de diamante. En el campo ni un eco.
De pronto la calandria que halla en la luz su alpiste
desciende melodiosa sobre un gajito seco
como buena noticia sobre un corazón triste.


Padre árbol

Leguas brutas del campo en tu sombra se entienden.
Ablución de frescura que nos inspira el pecho,
testimonias el dios clandestino que eres.

Amo de hondura y cima: de prietas sombras, árbol,
te yergues con la altura total del mediodía,
sabiendo que tu cuarta dimensión es el pájaro.

En ti alza el campo el signo de dulzura y fuerza.
Cierras la intimidad redonda del hogar,
abres la envergadura sin fin de las banderas.

La soledad te abraza ceñida e infinita
como a mí: tu alma fresca, la mía en fiebre, en lo hondo
se sumergen buscando la dispersa armonía.

Tu equilibrio gobierna geometría oculta:
la solidez se viste con gracia de lo aéreo.
Arte nuestro: el destino final está en la música.

Trabajas más aparte que la araña hilandera.
Si el viento te vocea noticias y distancias,
tú escuchas el pausado corazón de la tierra.

Profundidad de carne es tu vida, y de alma.
Con tu ademán injertas nuestra vida en lo unánime,
presidiendo el desfile de alas y mañanas.

Comprendes el callar y latir de la noche,
tú, alzado con la pura elevación del alba;
¡y cómo nos afinas el corazón discorde!

Breve cauce del Tiempo, somos, y nada más.
Lo sabes y te quedas tranquilo. Mas no ignoras,
de veras, que lo fúnebre aborta en lo nupcial.

Y que la rosa es dogma indiscutible, sabes,
y al mundo dinastías de hermosura lo pueblan.
Tú levantas tu copa por lo total, oh padre.

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