• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
  • @LunaPara2
    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Antonio Cisneros


Las Salinas

Yo nunca vi la nieve y sin embargo he vivido entre la
nieve toda mi juventud.
En las Salinas, adonde el mar no terminaba nunca y las
olas eran dunas de sal.
En las Salinas, adonde el mar no moja pero pinta.
Nieve de mi juventud prometedora como un árbol de
mango.
Veinte varas de sal para cada familia de cristianos. Y aún
más.
Sal que los arrieros nos cambiaban por el agua de lluvia.
Y aún más
Ni sólidos ni líquidos los blanquísimos bordes de ese
mar.
Bajo el sol de febrero destellaban más que el flanco de
plata del lenguado. (Y quemaban las niñas de los
ojos.)
A veces las mareas -hora del sol, hora de la luna- se
alzaban como lomos de caballo.
Más siempre se volvían.
Hasta que un mal verano y un invierno las aguas
afincaron para tiempos
y ni rezos ni llantos pudieron apartarlas de los campos
de sal.
Y el mar levantó techo.

Ahora que ya enterré a mi padre y a mi hermano mayor
y mis hijos están prontos a enterrarme,
han vuelto las Salinas altas y deslumbrantes bajo el sol.
Hay también unas grúas y unas torres que separan los
ácidos del cloro. (Ya nada es del común.)
Y yo salgo muy poco pero Luis -el hijo de Julián- me
cuenta que los perros no dejan acercarse.
Si parece mentira.
Mala leche tuvieron los hijos de los hijos de la sal.
Puta madre.
Qué de perros habrá para cuidar los blanquísimos
campos donde el mar no termina y la tierra tampoco.
Qué de perros, Señor, qué oscuridad.


Los conquistadores muertos

I

Por el agua aparecieron
los hombres de carne azul,
que arrastraban su barba
y no dormían
para robarse el pellejo.
Negociantes de cruces
y aguardiente,
comenzaron las ciudades
con un templo.


II

Durante este verano de 1526,
derrumbóse la lluvia
sobre sus diarios trajines y cabezas,
cuando ninguno había remendado
las viejas armaduras oxidadas.
Crecieron también, negras higueras
entre bancas y altares.
En los tejados
unos gorriones le cerraban el pico
a las campanas.
Después en el Perú, nadie fue dueño
de mover sus zapatos por la casa
sin pisar a los muertos
ni acostarse junto a las blancas sillas
o pantanos,
sin compartir el lecho con algunos
parientes cancerosos.
Cagados por arañas y alacranes,
pocos sobrevivieron a sus caballos.


Cuestión de tiempo

I

Mal negocio hiciste, Almagro.
Pues a ninguna piedra
de Atacama podías pedir pan,
ni oro a sus arenas.
Y el sol con su abrelatas,
destapó a tus soldados
bajo el hambre
de una nube de buitres.


II

En 1964,
donde tus ojos barbudos
sólo vieron rojas tunas,
cosechan -otros buitres-
unos bosques
tan altos de metales,
que cien armadas de España
por cargarlos
hubieran naufragado bajo el sol.

(De "Postales para Lima", prólogo de Alonso Rabí do Carmo y selección de Jorge Boccanera, colección de poesía Musarisca, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999).

 

 

Dos sobre literatura

2

En verdad
Don Francisco de Quevedo no pudo sospechar
Que cuando su redonda calavera
Cumpliese los 321 años sería publicado
A precios razonables -sin erratas-
Y repartido hasta las tierras que crecían
Más allá del Mar de los Sargazos.
Y en verdad, don Antonio Cisneros vive seguro
De que sus versos no habrán de ser leídos por Quevedo
Aunque lo entierren en la tumba vecina.


Oración

Qué duro es, Padre mío, escribir del lado de los vientos,
tan presto como estoy a maldecir y ronco para el canto.
Cómo hablar del amor, de las colinas blandas de tu
Reino,
si habito como un gato en una estaca rodeado por las
aguas.
Cómo decirle pelo al pelo
diente al diente
rabo al rabo
y no nombrar la rata.


Tres muertos

García Lorca (i. m. agosto 1936)

Tus gitanos siguen en las mismas,
tus limones son apenas
furtos de exportación.
Ni minero ni soldado,
lejos del frente de batalla
te mataron, poeta encantador
(al fin y al cabo).
El crimen fue en Granada
(lo sabemos). Más turbio
que la cueva del hurón,
más claro que un cuchillo.
Inevitable. Así el buen Pasolini
muerto por un rufián entre las sombras
del despreciable coliseo de Ostia
(y a más de cuarenta años
de tu guerra civil).


Heinrich Boll (i. m. 16/07/85)

Qué ganas de joder, morirte justo
cuando eras el ejemplo (y la alegría)
de aquellos que se toman sus traguitos
y fuman cigarrillos
como diablo en la botella verde
y charlan en la puerta de su casa
de sol a sol por la pura maravilla
de ser animalitos del Señor.
Qué ganas de joder, dejar la tierra
cuando ya parecías
una planta muy tierna para siempre.


Ítalo Calvino (i. m. 19/09/85)

Pulmón alucinado como un pez
doblado entre las piedras.
Pupila que la noche sin estrellas
invade en pleno día.
Narices olfateándose en el agua.
Oídos escuchándose en la arena.
Tacto que no se toca.
Gusto que no se gusta.
Toro astuto de amores consumido
que late y se hace añicos
como un vaso barato.

 

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