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Poesía paraguaya


ELVIO ROMERO

Estampa

De duras manos toscas
y torso duro, primero fue yuntero,
creciendo entre clavados morichales
-hijo de labradores macilentos-,
con la pobreza que dejó en su rostro
visibles hondonadas con el tiempo.

Después, cuando los años
fueron trazando pliegues en su cuerpo,
como la lluvia que se da a la tierra,
fue dejando su ardor por los esteros,
con un grito moreno que saltaba
como madera sólida del pecho.

Va atravesando roncas intemperies
con olor a sudor, a viejos cueros,
haciéndose profundo como el ámbito
de la extensión desierta y del desierto.
Harapiento y lacónico, no tiene
más que el ardor del viento carretero.
La amenaza nocturna, el filo que golpea,
la venganza resuelta en el acecho,
la mañana ambarrada en los pantanos,
la enredadera, el sobresalto, el miedo,
lo encuentran sumergido
dentro del musgo que labró el silencio.

Todos lo divisamos, aquí mismo,
erguido entre cañados indefensos,
con los ojos despiertos y febriles
por un vivo desprecio,
denso como su sangre, maduro y torrencial,
desbordado y tremendo.

Él es como nosotros:
sobresaltado, claro, verdadero;
ama y odia, profundo
como una hoguera que batalla ardiendo.

Y mirando las ruinas y las ruinas
y el camino deshecho,
herido, con el brazo ensangrentado
y ensangrentado el cuerpo,
trajina esta vorágine.

Lo llamamos Juan Pueblo.


El sombrador caído

(Alberto Candia, una Luz asesinada
por orden de la Sombra).

I

Desde un límite fúnebre nos mira,
desde la niebla inquebrantable y húmeda,
desde un sitio de rotas rosas negras
donde el rosal devora escalofríos,
desde el silencio, desde el fondo
de una casa desierta, sin nada, sólo con sombra y
polvo,
sin nada, sólo con la humedad que le muerde los
huesos.

La tierra lo recibe;
mas no como una gota exterminada, como hojarasca
que a solas cae sin recuerdo alguno, sono como un
mayúsculo
símbolo de la patria violentada;
que lo han metido allí, que lo han clavado
en un cajón a nuestro suelo amargo,
a Alberto, al Hombre,
que andaba con su inmenso amor a cuestas
y a la sombra del pueblo caminaba.

Creció sobre una tierra verdadera.
Su acento era el acento de los ríos, hondura
de un remanso profundo y majestuoso;
su palabra era el pan de los humildes,
y todo él, raíz entre raíces,
piedra de los caminos, gleba y pueblo.

Rumor del pueblo, suma de su hombría.
Pulso de su grandeza y su silencio.


Estad atentos siempre

EXILADOS:

Escuchad, paraguayos:
escuchadme vosotros que lleváis las guitarras
errantes en las manos,
cuyas medallas tienen todavía color acometido
de cántaros granates y profundos,
simples varones verdes con el alma en incendio:
grabad en la retina todos los laminados
paisajes de la patria,
pensad que solamente
fijando en la memoria su desazón y escombros,
serés mañana el claro fulgor de su conciencia.

Nadie más que vosotros
sois la medida entera de sus lágrimas;
pensad que tenéis rostros de llanuras y bosques,
que sois el repartido surco de las labranzas,
los redentores barros pisoteados;
pensad que sois los hijos exilados de un árbol,
ya que la patria tiene cuerpo de ramas secas
cuyas hojas batieron los desastres.

Todo está decidido
con la disposición de la fuerza y la lucha;
no hay camino que borre vuestras rojas pisadas,
no hay caballos que olviden vuestra destreza antigua
de jinetes,
labios que no pronuncien el saludo caliente del regreso;
todo depende ahora del rapto agricultor de vuestras
manos,
del avizor sentido que tienen las simientes
y la honradez de vuestros pasos.

Estad siempre de bruces
para esperar mejor a las semillas,
restañando la herida mortal de los arados;
vale la pena atrincherarse un tiempo en las labores
y arrancarle a la patria ese sudario
y levantar los brazos como flores dichosas
que pasan de un entierro a la alegría.

Escuchadme vosotros que lleváis las guitarras
errantes en las manos,
hombres de una cosecha avasallada.

(De "Elvio Romero, sus mejores poemas", con prólogo de Josefina Plá y un poema de Nicolás Guillén, Biblioteca Paraguaya El Lector, Asunción, 1997).

 

AUGUST0 ROA BASTOS

III

Canta el urutaú,
conozco bien su queja solitaria
que hace entre las maderas su aposento,
en el tímpano denso de la noche,
detrás del tiempo, de espaldas
a la luz.

Pero desde el nocturno campanario
del monte,
no dobla por los muertos
sino por los ausentes en lejanos países,
por los vivos que mueren poco a poco
bajo el madero negro de la ausencia.

Porque en la zona roja del tanino,
o en las comarcas del yerbal profundo,
o entre los cocoteros sepulcrales,
suena el sonido puro
de la guerra.

Desde el silencio atado a tantos huesos
que errabundas centellas
agitan por la casa dormida de la noche,
crece el fragor, el vasto son de fuego,
su redoble triunfal.

Más fuerte que el penacho de humo,
más alta que el recuerdo y las palabras,
la fogata natal centellea a lo lejos
y en la noche sagrada dibuja
su reino melodioso.

Un hálito ancestral anda y recoge labios,
anda y recoge pulsos hundidos en la arena,
cose entre las cortezas meteoros caídos
y sobre el terciopelo de la noche
junta estas joyas,
estos eslabones sagrados
que arman la cegadora certeza del triunfo.

La Cruz del Sur está en su sitio,
sube y decora el cielo
desde su empuñadura de miradas y manos;
la sangre combatiente está en su sitio,
el tiempo está en su sitio
y el espacio que falta a nuestros hombros
se llena ya de nuevas frentes
y claridades.

Porque la patria vive
como una gigantesca mano color de tierra;
porque la tierra vive
como una gigantesca llama color de sangre;
porque la sangre vive
como una gigantesca llama color de aurora.

Y en esta luz un pueblo lázaro
se levanta y camina.


Nocturno paraguayo
II

Cómo asir esta espina de fuego
incrustada en el alma.

Cómo decir, contar o responder
a preguntas vacías
entre el exasperado desorden
y el inaudible grito que aún nos hiela
la sangre,
que hubo una vez entre palmares y siglos
y jazmines
un país de rocío, una isla de tierra
rodeada de tierra,
el corazón purpúreo de América
del Sur.

La fiebre de los meses manando
por los poros
mancha con un sudor sangriento los pañuelos
que uno lleva a los ojos.

Cómo sin que se caigan a pedazos los labios,
explicar por ejemplo,
que hay cabelleras blancas sobre cabezas
núbiles
y pulmones que aúlla en la muerte
y ojos adolescentes ya de rescoldo y tierra
tiritando apagados
en el fangoso tremedal de los esteros
o bajo el párpado de piedra de las cárceles
llenas hasta los bordes
de su agua humana hambrienta y sedienta.

Lo que agoniza y sufre tiene letras terribles,
entrañas como dientes
y follajes de nervios,
páginas que nos queman la mano, el ojo,
el ánima.

Cómo escribir entonces un reflejo sombrío,
dibujar una boca
que hable y diga y cuente desde el fondo
del pecho
lo que está allí enterrado
bajo espesas cordilleras
de blasfemia y suspiro.

Nada más que la luna
sobre los grandes ríos,
sus pómulos cobrizos, sus profundas ojeras
de pantano y de fiebre;
un pueblo entero entre los bosques
y el silencio
su argamasa espectral empañando
los árboles.

Y esta resina fresca de los muertos
que aprenden a beber a sorbos largos
su lenta eternidad de raíces calladas
chupando en nuestras llagas
su vid de vida, su hiel infiel,
nutriendo en nuestros ojos
su mirar necesario
y final.

(De "Poesías Reunidas", edición, introducción, bibliografía y hemerografía de Miguel Ángel Fernández, Editorial El Lector, Asunción, 2003).


JOSÉ-LUIS APPLEYARD

Lapacho

Copa de vino añejo que desborda
la sutil embriaguez de sus colores,
encaje, cromo y luz en el que bordan
los pájaros la gloria de sus flores.

Mano morena que enguantada en lila
acaricia el azul de las mañanas,
badajo florecido de la esquila
triunfal del firmamento que se inflama.

Mancha de luz al borde de un camino,
jalón del campo y corazón del viento,
árbol que tiene para sí el destino
de ser la primavera en todo tiempo.

Y ya solo en la tarde pura y bella,
embriagado de luces y colores,
es el árbol que enciende las estrellas
con la llama morada de sus flores.


La casa

Una casa es un hombro derrotado,
es una mano abierta sin simiente,
una argamasa inútil, un doliente
conjunto de ladrillos apagado,

un pensamiento absorto en el pasado
que agrieta con sus voces el presente,
es un oscuro trozo de poniente,
es un juguete antiguo y olvidado.

Una casa es un llanto, un dolorido
balcón sin mariposas anhelantes,
una casa es mudez y es alarido,

es un amor que ha muerto sin amantes.
Una casa, Señor, es una infancia
huyente y malherida de distancia.


Hay un sitio

Hay un sitio en el mundo donde vivo
pequeño y singular,
un sitio mío,
un pedazo de tierra con olor a madera,
con gentes como yo,
de diminuto, sangrante y triste
corazón cautivo.

Un pedazo de tierra, pocos hombres,
y un alfange de acero como río.
Yo estoy en él, soy parte de esa parte
minúscula del mundo. Tengo amigos
que comparten el tiempo y lo desangran
con lentitud, sin prisa, desde antiguo.

La vida es muy sencilla,
sólo basta
ser fiel al cumplimiento de los ritos:
matar a la verdad cada mañana
y dejarla morir cada domingo.
Quien conoce la clave, dulcemente
puede vivir tranquilo en este sitio.
Las palabras mantienen la tersura
de su forma redonda y sus resquicios,
pero aquello que encierran por ser verbo
en cada labio da un sabor distinto.

La gramática es tensa, diferente
de toda similar. Sólo el sonido
de sus vocablos tiene semejanza
con un idioma al que llamara mío.

Hay sinónimos claros, transparentes:
ser libre es vegetar sin albedrío,
robar es trabajar, amor es odio,
y vivir es morir desguarnecido.
La soledad se llama compañía
y el traicionar, ser fiel a los amigos.
La novedad, vejez. Todo lo nuevo
tiene una oscura poátina de antiguo.

Hay un sitio en el mundo donde vivo
pequeño y singular.
Un sitio mío,
un pedazo de tierra que se pudre,
con gente como yo,
de diminuto, sangrante y triste
corazón cautivo.

(De "Antología poética", compilación de Fernando Pistilli, Editorial El Lector, Asunción, 1996).

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