• @dianalefaz
    Son tantas las veces que no estamos aquí, donde pisamos
  • @Anadimeana
    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
  • @Xhuvia922:22
    Los sauces llorones mojan lo que resta de tu sombra
  • @LaPetit10
    El miedo es la distancia más larga
  • @cochambrossa
    Un corazón donde la nostalgia acomode su ingravidez
  • @Genrus
    Nada como el asedio de lo irreparable para mantener el corazón encendido y las velas desplegadas
  • @largabreve
    Todo el amor es una breve esperanza, una contención indebida, enajenadora
  • @SimoneBella7
    No tardes que el silencio arrecia, hoy solo basta con que insinúes un suspiro para volverme agua
  • @ReneValdesM
    La poesía saca lo mejor que no tenemos
  • @_Annai_
    Un don es una sombra liberada
  • @___Sputnik___
    Nadie verá el estante vacío
  • @entiyparati
    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

Ciudades II


ENRIQUE MOLINA

Aire en México

He despertado bajo las patas de un pájaro, bajo una manta
indígena,
se oían campanas remotas y relinchos.
¿Es el último hotel? me he dicho, perdido entre cactus,
la gente es muy antigua, con máscaras de tierra roja,
jinetes cubiertos de alamares, mujeres
siempre en las playas ardientes de la muerte.
Honro a los dioses con tequila y ají,
aquella canción del mar sopla aquí entre calaveras de azúcar,
y de pronto tanta algarabía en mi corazón,
el sabor de la idolatría, el gusto por semejantes estrellas,
blusas bordadas, caballerías,
y la orquesta de esqueletos haciendo sonar sus huesos
cubiertos de papel picado,
despidiéndome, despidiéndome una vez más.
Despidiéndome de estas materias solares
donde despierto de pronto perdido en mi memoria.

El viejo fuerte portugués perdura
en la espuma de Cabo Frío

A Fernando Ferreira de Loanda

Desde el siglo XVII el esplendor del sol en la bahía hizo
brillar este fuerte en la belleza de la espuma
para que desde siempre el mar del Brasil deje unas valvas de
moluscos en las hendiduras de sus murallas.
Tiempo y perduración y el montículo en el ronco vaivén de la
marea,
la tropa de hacinados fantasmas portugueses,
cañones de hierro espectral y el horizonte acechado desde la
tronera
mientras el demonio volador
danza sobre la torrecilla orgullosa de su blandura
incomparable.

¿Y el aguijón de la abeja de sal que estremece los meses
oceánicos
en la vieja fortaleza que alzó el navegante
y abasteció rudamente con sacos de harina y barricas de vino,
se hundió en qué arenales de médanos, en qué antiguos
naufragios...?
Ahora desnudos pies de turistas pisan las losas donde antaño
salpicó la sangre
y opulentos cuerpos femeninos salidos del agua, viscosos y
nupciales lo visitan,
con pulseras en los tobillos cuyo tintineo retumba en los
caracoles,
circulan entre las murallas asaltadas por el sol,
gentes extravagantes que parlotean ajenas al graznido de las
aves marinas que atrapan los peces con sus largos picos,
pero ninguna maldición ni el furioso jadeo de las olas
derrumbará este fuerte
donde vigila la gaviota.


Cielo de Lima

¡La atmósfera siempre unida a tu alma como dos espejos que
se enfrentan!
Cielo de invierno en Lima, húmedo y gris como una perla
inmensa en la que estábamos cautivos,
mujer de altos pómulos por quien tantas faces desconocidas
de la realidad me fueron reveladas.
Después de meses el cielo se limpia, el nácar de la niebla
desaparece en el calor,
y las casas, que jamás conocieron la lluvia, se abren
para que pase el Señor de los Milagros de labios violeta,
seguido por sus sensuales devotas de grandes cinturas
sudorosas.
Los gallinazos, vigilantes y ávidos en su miseria reasumían su
fealdad,
las habitaciones se poblaban con oraciones obscenas poco
comprensibles, rojos ajíes,
la que yace en la caverna perfumada con hirsutos secretos
despierta con el fuego y sigue a la procesión.
La nube de gaviotas posada en la playa levantaba vuelo
cuando la peruana se acercaba,
sólo un instante como la dicha, sólo un instante
giraban sobre su cabeza como un patio de alas,
sólo un instante en las dunas solitarias sobre su cabellera
revuelta.
¡Gaviotas! ¡Gaviotas!

A mí también me hablarán de la crueldad del horizonte
y el pozo de sombra en que caigo desde las ciegas olas,
después de su pasaje.


(De "Orden terrestre", obra poética, 1941-1995, Seix Barral, Biblioteca Breve, Buenos Aires, 1995. Enrique Molina nació en Buenos Aires en 1910 y murió en esa misma ciudad en 1997, dos años después de publicar esta antología, que él mismo prologó. Fue también pintor, una obra que según los críticos sintoniza plenamente con sus textos poéticos. Asimismo, publicó una novela, "Una sombra en la que sueña Camila O'Gorman").


PABLO NERUDA

XLVIII

Al puente curvo de la Barra de Maldonado, en Uruguay

Entre agua y aire brilla el Puente Curvo
entre verde y azul las curvaturas
del cemento, dos senos y dos simas,
con la unidad desnuda
de una mujer o de una fortaleza,
sostenida por letras de hormigón
que escriben en las páginas del río.

Entre la humanidad de las riberas
hoy ondula la fuerza de la línea,
la flexibilidad
de la dureza,
la obediencia impecable
del material severo.

Por eso, yo, poeta
de los puentes,
cantor de construcciones,
con orgullo
celebro
el atrio
de Maldonado, abierto
al paso pasajero,
a la unidad errante de la vida.

Lo canto,
porque no una pirámide
de obsidiana sangrienta,
ni una vacía cúpula sin dioses,
ni un monumento inútil de guerreros
se acumuló sobre la luz del río
sino este puente que hace honor al agua
ya que la ondulación de su grandeza
une dos soledades separadas
y no pretende ser sino un camino.

(De "Las manos del día", Biblioteca Clásica y Contemporánea, Editorial Losada, Buenos Aires, 1971, tercera edición. Pablo Neruda nació en Parral en 1904 y murió en Santiago en 1973. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1971).

 

 

JORGE LUIS BORGES

Buenos Aires

Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto
será por eso que la quiero tanto.

(De "Obra poética", Emecé Editores, Buenos Aires, 1998. Borges nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986. Este poema, así como otros de Borges, fue musicalizado por el argentino Pedro Aznar, en la obra "Caja de Música", presentada en agosto de 1999 en el Teatro Colón de Buenos Aires. Esta presentación, que tuvo varios músicos invitados, quedó registrada en un disco).


JAIME SABINES

SOBRE EL ASFALTO se mece el trigo de la madrugada. Pájaros prematuros cantan picando las paredes y los ventanales. El aire fresco se desliza, por fin, libre del campo.
El barrendero silvestre, en punto de las seis, pasa su escoba, anunciando los maleficios del día, las asechanzas del sol sobre la ciudad inerte. Todo ha acabado. La luz, enemiga de la magia, atraviesa los párpados, echa a andar los relojes de la turbulencia.

--

LAS SIRENAS DE LOS BARCOS que zarpan de la ciudad al mar, se escuchan por entre la neblina al amanecer.
Estos días son largos. Junio tiene coraje de la noche. Se despiertan las lluvias, tira su piel el aire, crece tranquilo.
Las paredes sustentan a los árboles.
Camina solitario, sobre calles baldías, el amor.

(De "Antología poética", con prólogo y selección de Guadalupe Flores Liera, Fondo de Cultura Económica, México, 2005. Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México en 1999. Recibió, entre otros, el Premio Nacional de Literatura, en 1983).

WILLIAM OSPINA

Roma

A Pilar Muñoz

No he olvidado la noche
en que exploramos juntos las primeras callejas:
una mujer lloraba junto a una hoguera enorme,
se alargaba en las calles la luz de las tabernas
y perros y soldados daban miedo en la sombra.
Desde una esquina sórdida buscamos con angustia
las estrellas doradas por la voz de Virgilio,
quisimos que la luz del poeta aliviara
esas monstruosas calles dejadas de los dioses.

Días después, volviendo del otoño ateniense,
comprendimos que aquel horror había sido un sueño,
tras cada muro odiado y temido en la noche
crecían las colinas sagradas, perduraban
íntimas plazas llenas de esplendor para el hombre,
el sentido severo de un pesado baldío
que el tímido presente no se atreve a invadir.

¿Qué dicen estas calles?
¿Los vagos paseantes que interrogan un texto
escrito con escombros?
Piedras en donde luchan el latín y la hierba,
nichos donde se miran las efigies burlonas,
quien recorre este suelo
entra a un tiempo secreto donde otra estirpe habita,
invisible. Son cónsules, son violentos monarcas,
más allá de sus cuerpos y sus almas, perduran,
la huella de sus manos tiembla en los capiteles,
no han dejado de hablar sus bocas calcinadas.

Esa raza fue el campo
donde Dios batalló contra todos los dioses.
Roma es su mundo. Roma es el mundo. Los cielos
se han trenzado en batallas sobre el moroso río
que fluye sin memoria bajo puentes de arcángeles.
Me pregunto en la noche qué ciudad me circunda,
quién soy cuando sus barrios y sus negras campanas
hablan, con la elocuencia de lo visible, al alma.
Voy vagando por Roma pero Roma me aguarda
más allá. Y estoy solo. ¿Cuál es mi nombre? ¿Cuál
es mi siglo? Tal vez sólo he llegado a Roma
traído por las tristes campanas de mi infancia,
por las blancas palomas de los atardeceres,
por las plegarias fúnebres de una anciana. Contemplo
oigo hablar el idioma de Dante, veo mi rostro
reflejarse en el agua intemporal. No sé
por qué tiemblo sintiendo que esta ciudad es mía,
que si muriera en estas calles desconocidas
no caería mi cuerpo en suelo extraño.

Desde la solitaria ventana del hotel
veo entre aros de coches, frente al campo de ruinas,
desplazarse las grandes sombras del Coliseo.
Y olvido esa legión de irrescatables seres
que el tiempo aquí bendijo o ultrajó; no pregunto
nada a los huecos cráneos que ostentaron coronas,
ni a los pechos que fueron abiertos por las garras.
Me hundo en la certidumbre de esta luz irreal
que aclara las columnas abandonadas. Siento
la vida presurosa, los bellos descendientes que repiten su historia,
y a la luz de un sol último que borra cada grieta
veo avanzar en llamas a los gatos buscando
los nichos imperiales donde la sombra arrecia.

(De "Poesía, 1974-2004", don dibujos de José Antonio Suárez Londoño, Ediciones Arte Dos Gráfico, Revista Número Ediciones, Bogotá, 2004. William Ospina nació en Padua, Tolima, en 1954. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1992 y el Premio Rómulo Gallegos en 2009).


ALICIA SALINAS

No somos puerto

Esta ciudad
no tiene mar
aquí no oímos ruido
de olas
las personas
no colocan sus manos
a modo de visera
No hay botes ni lanchas
nadie se zambulle mar adentro
desde las rocas
Sólo algunos
se lanzan al vacío

(De "Veinticinco años de poesía chilena (1970-1995). Compiladores: Teresa Calderón, Lila Calderón y tomás Harris. Colección Tierra Firme / Poetas Chilenos, Fondo de Cultura Económica, Santiago, 1996).

 

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