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Olga Orozco

Un pueblo en las cornisas

Es un pueblo disperso por áridas distancias,
por épocas que dejan una mortal sentencia entre las piedras,
aquel que se levanta, tan obstinadamente,
como si en esos gestos repetidos a lo largo de sueños y desvelos,
guardáramos, también, la esperanzada imagen de todos nuestros gestos,
su lejano destino.

Envueltos desde siempre en el canto nostálgico del tiempo
como en una mortaja que interminablemente los irá oscureciendo,
esos pálidos seres,
apenas sostenidos por angustioso afán de la memoria,
detienen con desiertas señales aquel día que antaño los condujo
a esa gran soledad
o a esa larga velada en que de pronto se consumió la vida.

Solamente la lluvia y los transidos huéspedes del viento
-remolinos de briznas, pájaros agobiados por un ala invencible,
o errantes humaredas que abandonan una trémula aureola-
rodean, vanamente,
una triste cabeza cuyo cuerpo cubrieron las paredes,
unas manos hundidas en la inmóvil corriente de largas cabelleras,
un semblante asomado a algunas flores,
a una página hueca,
a otro rostro sumido en lo imposible.

Mientras pasan y tornan nuestras cambiantes sombras,
y nuestra misma imagen se pierde en los espejos bajo aquellos
que fuimos,
cada vez más incierta,
como labrada en inasible bruma,
ellos,
testigos de ese coro de ahogadas resonancias, de confusos olores,
con el que cada casa penetra con su aliento a través de las otras,
custodian, impasibles, nuestra eterna esperanza,
con igual lejanía que la de un corazón demasiado colmado.

Porque son ese pueblo cuyo ademán paciente convocamos
como a un resto de amor,
como a un secreto que se ampara en el polvo,
como a un recuerdo único que en la sangre perdura para cumplir
la antigua, sagrada profecía:
"Tan sólo el verdadero de todos cuantos fuiste contemplará caer
la sombra de los siglos".


"1889"
(Una casa que fue)

Implacables cayeron,
como golpes de tempestad sobre ávidos desiertos,
aquellos duros vientos, aquellas graves lluvias,
que ascendieron pacientes las paredes,
dejando esos ramajes de quejumbrosas grietas,
esas lágrimas días y días detenidas y continuadas siempre,
esos hijos del tiempo.

Ahora está sumida en un nivel más hondo que el del sueño.

Sólo quedan en pie las mudas escaleras que ascienden y
descienden prolongando el corredor desierto,
los pálidos vestigios de los recintos desaparecidos
cuyas lápidas yacen al amparo piadoso de otros muros.

(Así cargan los hombres, sin saberlo,
con el peso ignorado de otra vida que se apoya en la suya.)

No hay castigo posible.
Ya nada teme al sol ni a las miradas,
aunque un destino humano esté labrado allí como en tablas de
ley
y todo exista aún por fuerza poderosa de la ausencia.

Aún sabemos el sitio donde la infancia puso guirnaldas de
fugaces mariposas,
más duraderas que los yertos nombres,
el preciso lugar donde el amor repitió una vez más,
entre murientes flores, sus mágicas endechas,
y el rincón angustioso donde una misma mano dibujó en largas
sombras
toda la soledad,
el cansado letargo de la sangre.

Aún contemplan su mundo, no más antes que ahora,
esos antepasados de presentidos seres que se fueron;
y aún reinan transparentes, entre fieles despojos,
desde las claras huellas que dejaron sus lánguidos retratos,
y que son, en nosotros, como aquellos recuerdos demasiado
constantes
que lentos, al vivir, empalidecen una región del alma.

Pronto habrá de caer hasta la fecha que aguardó tenazmente
el ropaje de polvo que recubre a la casa agonizante;
pues ese año del cual quedaron prisioneros tantos y tantos años,
no fue ni desafío ni memoria de un tiempo,
fue lejana advertencia de que toda constancia es derribada
por mandato de tierra,
por razón inviolable de la muerte.


A solas con la tierra

Para desvanecer este pesado sitio
donde mi sangre encuentra a cada hora una misma extensión,
un idéntico tiempo ensombrecido por lágrimas y duelos,
me basta sólo un paso en esa gran distancia que separa la sombra
de los cuerpos,
las cosas de una imagen en la que sólo habita el pensamiento.

Oh, duro es traspasar esos dominios de fatigosas hiedras
que se han ido enlanzando a la profunda ramazón de los huesos,
resucitar del polvo el resplandor primero
de todo cuanto fueran recubriendo las distancias mortales,
y encontrarse, de pronto,
en medio de una antigua soledad que prolonga un desvelado
mundo en los sentidos.

Como tierra abismada bajo la pesadumbre de indolentes mareas,
así me voy sumiendo, corazón hacia adentro,
en lentas invasiones de colores que ondean como telas flotantes
entre los grandes vientos,
de voces, ¡tantas voces!, descubriendo, con sus largos oleajes,
países sepultados en el sopor más hondo del olvido,
de perfumes que tienden un halo transparente
alrededor del pálido y secreto respirar de los días,
de estaciones que pasan por mi piel lo mismo que a través de
tenues ventanales
donde vagas visiones se inclinan en la brisa como en una dichosa
melodía.

Mi tiempo no es ahora un recuerdo de gestos marchitos, desasidos,
ni un árido llamado que asciende ásperamente las raídas cortezas
sin encontrar más sitio que su propio destierro entre los ecos,
ni un sueño detenido por pesados sudarios a la orilla de un pecho
irrevocable;
es un clamor perdido debajo del quejoso brotar de las raíces,
una edad que podría reconquistar paciente sus edades
por las nudosas vetas que crecen en los árboles remotos,
al correr de los años.

Ya nada me rodea.
No. Que nadie se acerque.
Ya nadie me recobra con un nombre que tuve
-una extraña palabra tan invariable y vana-
ahora, cuando a solas con la tierra, en idéntico anhelo,
la luz nos va envolviendo como a yertos amantes cuyos labios
no consigue borrar ni la insaciable tiniebla de la muerte.

(De "Poesía completa", con edición y cronología de Ana Becciú y prólogo de Tamara Kamenszain. Colección la lengua / poesía. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2012. Olga Orozco en 1920 en Toay, provincia de La Pampa, Argentina. Murió en 1999 en Buenos Aires. Entre los premios que recibió, figuran el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes -1980-, el Primer Premio Nacional de Poesía -1988- y el Premio Gabriela Mistral otorgado por la Organización de Estados Americanos, OEA -1998-. Los tres poemas precedentes corresponden a "Desde Lejos", obra de 1946. Los que siguen corresponden a "Con esta boca, en este mundo", de 1994).

 

Con esta boca, en este mundo

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura
nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo, con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la
oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la
muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo
con esta sola boca?


Con la misma piel

Fue muy largo esta vez el año de las víboras,
duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil.
Sus nudos me ciñeron al vacío,
a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno
y que me balancea a punto de arrojarme,
a punto de ceder.
Fue cruel la temporada de las víboras
-la más cruel del bestiario-,
su látigo enredado a mis tobillos sometiendo el lugar
y su turbio veneno destilando la furia y el reclamo por mi
maldita boca,
contra todo perdón.
¿Y hasta dónde tapizarán con piedras tramposas mi camino?
¿Y hasta cuándo cancelarán la entrada de los más
deslucidos paraísos?
Donde había un jardín crecieron como locas las gramillas.
No hubo vino feliz ni el sol volvió a salir desde mi puerta.
Mi mesa está rajada; mi silla no está en pie.
En mi cama hizo nido el alacrán y las sábanas son sudarios
congelados.
He perdido pedazos de mi cuerpo, trozos irrecobrables.
Mi alma fue estrujada como un mísero trapo,
molida en el abrazo constrictor de las víboras que se muerden la
cola alrededor de mi destino.
Porque no habrá relevo.
No habrá más rotación de sabandijas. Ningún cambio de piel.
Y desde cada cara vendrá Job a predicar su ejemplo,
erróneo, insuficiente, lamentable,
porque nunca, jamás, ninguna recompensa desandará la pérdida.


Mujer en su ventana

Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable
desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales
procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si
nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas
alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure como un sello todos los paraísos
prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su
ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.


Pequeños visitantes

Sé que hay algún avaro lugar donde se guardan pedazos
del paisaje,
escenas incompletas como cualquier escena de este mundo,
poblaciones y gentes aferradas a un solo atardecer,
a una sola tormenta.
Se dirían imágenes arrebatadas al pasar por un golpe de viento,
retazos del pasado recogidos como por un rastrillo para
el último día,
quizás como testigos, quizás como una prueba destinada
a la hoguera final.
Ese sitio imantado deja escapar a veces sus mezquinos tesoros,
quién sabe por qué grieta, por qué secreto acierto del azar,
y vienen hacia mí, que apenas reconozco esas apariciones
en las que ya no soy y los otros si están han perdido la
sombra y el color.
Pero igual me persiguen con sus lerdos oleajes,
se obstinan, se desvelan, como si en mí estuviera la
clave de su exilio,
la llamarada madre.
¿No busco así también la imagen escondida de la que
intento ser la semejanza?
Y aunque a mí no me alcance la forma ni el fulgor para modelo,
debo enfrentarme aún una vez más con palabras roídas,
con gestos recortados,
con espejos infieles de episodios casi desvanecidos
como quien se contempla en los retratos de algún álbum
leproso, miserable.
¡Ah, porque no se trata de momentos guardados para la
gran memoria!
¿Y a quién interrogar por esta ciega ronda de ratones?
¿Son tan sólo humaredas,
vanas emanaciones desprendidas de un gran fuego central?
¿o alguna proyección con que poblé, ignorante, los pálidos
desiertos de la soledad?
¿Y si fueran, opacos, andrajosos, con su gris aterido,
los fieles anticipos de mi verdadera vida, más allá?

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