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Chile, su sagrada sangre

 

   Pablo Neruda

 

   Testamento (I)

 

Dejo a los sindicatos

del cobre, del carbón y del salitre

mi casa junto al mar de Isla Negra.

Quiero que allí reposen los maltratados hijos

de mi patria, saqueada por hachas y traidores,

desbaratada en su sagrada sangre,

consumida en volcánicos harapos.

 

Quiero que al limpio amor que recorriera

mi dominio, descansen los cansados,

se sienten a mi mesa los oscuros,

duerman sobre mi cama los heridos.

 

Hermano, esta es mi casa, entra en el mundo

de flor marina y piedra constelada

que levanté luchando en mi pobreza.

Aquí nació el sonido en mi ventana

como en una creciente caracola

y luego estableció sus latitudes

en mi desordenada geología.

 

   Tú vienes de abrasados corredores,

   de túneles mordidos por el odio,

   por el salto sulfúrico del viento:

   aquí tienes la paz que te destino,

   agua y espacio de mi oceanía.

 

 

   Les quitan la tierra

 

Porque detrás del valle y la sequía,

detrás del río y la delgada hoja,

acechando el terrón y la cosecha,

el ladrón de las tierras.

 

Mira aquel árbol de sonante púrpura,

contempla su estandarte arrebolado,

y detrás de su estirpe matutina,

el ladrón de tierras.

 

Oyes como la sal del arrecife

el viento de cristal en los nogales,

pero sobre el azul de cada día

el ladrón de tierras.

 

Sientes entre las capas germinales

latir el trigo en su flecha dorada,

pero entre el pan y el hombre hay una máscara:

el ladrón de tierras.

 

 

   Arrabales

   (Canción triste)

 

Andando por San Antonio arriba

vi la quietud de la pobreza:

rechinaban los goznes quebrados,

las puertas cansadas querían

ir a sollozar o a dormir.

Debajo de los cristales rotos

en las ventanas, alguna flor,

un geranio amargo y sediento,

sacaba a pasear por la calle

su anaranjado fuego sucio.

 

Los niños del silencio aquel,

desde sus ojos negros me vieron

como mirando desde un pozo,

desde las aguas olvidadas.

 

De pronto entró por la calle el viento

como si buscara su casa.

Se movieron los papeles muertos,

el polvo, perezosamente,

cambió de sitio, se agitó

un trapo en la ventana rota

y todo siguió como estaba:

la calle inmóvil, los ojos

que me miraron desde el pozo,

las casas que no parecían

esperar a nadie, las puertas

ya demolidas y desnudas:

todo era duro y polvoriento:

estaba muerto, estaba vivo,

quería morir y nacer.

 

Se preparaba para el fuego

la madera de la pobreza.

 

 

   El frío

 

Mirad los pedernales de Aconcagua:

brillan millones de ojos en la nieve,

millones de miradas.

 

Está dormido sin embargo

el universo duro:

falta el rápido rayo

el movimiento.

 

Entonces unas manos

abren el pecho amargo

de la altura

y dos piedras se besan,

se enlazan

hasta que una pequeña chispa ciega

todavía

sale sin rumbo y vuela

y otra cae y se une

al movimiento

del humo, allá en las cumbres

de Aconcagua.

 

Frío, padre del fuego!

 

 

   Descubridores de Chile

 

Del Norte trajo Almagro su arrugada centella.

Y sobre el territorio, entre explosión y ocaso,

se inclinó día y noche como sobre una carta.

Sombra de espinas, sombra de cardo y cera,

el español reunido con su seca figura,

mirando las sombrías estrategias del suelo.

Noche, nieve y arena hacen la forma

de mi delgada patria,

todo el silencio está en su larga línea,

toda la espuma sale de su barba marina,

todo el carbón la llena de misteriosos besos.

Como una brasa el oro arde en sus dedos

y la plata ilumina como una luna verde

su endurecida forma de tétrico planeta.

El español sentado junto a la rosa un día,

junto al aceite, junto al vino, junto al antiguo cielo

no imaginó este punto de colérica piedra

nacer bajo el estiércol del águila marina.

 

(El primer poema, de “Canto General II”, Editorial Losada, Buenos Aires, 1982; los tres siguientes, de “Las manos del día”, Editorial Losada, Buenos Aires, 1971; el último de “Poesía Latinoamericana Contemporánea”, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988. Pablo Neruda –Ricardo Eliécer Neftalí Reyes-, nació en Parral, región del Maule, en 1904, y murió en Santiago en 1973. Numerosos críticos y estudiosos, de todos los continentes, lo consideran uno de los más grandes poetas del siglo XX. Recibió el Premio Nobel de Literartura, en 1971. Fue también activista político, senador por el Partido Comunista, candidato presidencial y diplomático).

 

 

    Toqui Caupolicán

 

 

En la cepa secreta del raulí

creció Caupolicán, torso y tormenta,

y cuando hacia las armas invasoras

su pueblo dirigió,

anduvo el árbol,

anduvo el árbol duro de la patria.

Los invasores vieron el follaje

moverse en medio de la bruma verde,

las gruesas ramas y la vestidura

de innumerables hojas y amenazas,

el tronco terrenal hacerse pueblo,

las raíces salir del territorio.

Supieron que la hora había acudido

al reloj de la vida y de la muerte.

 

Otros árboles con él vinieron.

 

Toda la raza de ramajes rojos,

todas las trenzas del dolor silvestre,

todo el nudo del odio en la madera.

Caupolicán, su máscara de lianas

levanta frente al invasor perdido:

no es la pintada pluma emperadora,

no es el trono de plantas olorosas,

no es el resplandeciente collar del sacerdote,

no es el guante ni el príncipe dorado:

es un rostro del bosque,

un mascarón de acacias arrasadas,

una figura rota por la lluvia,

una cabeza con enredaderas.

 

De Caupolicán el Toqui es la mirada

hundida, de universo montañoso,

los ojos implacables de la tierra,

y las mejillas del titán son muros

escalados por rayos y raíces.

 

 

   Bío-Bío

 

Pero háblame, Bío-Bío,

son tus palabras en mi boca

las que resbalan, tú me diste

el lenguaje, el canto nocturno

mezclado con lluvia y follaje.

Tú, sin que nadie mirara a un niño,

me contaste el amanecer

de la tierra, la poderosa

paz de tu reino, el hacha enterrada

con un ramo de flechas muertas,

 

lo que las hojas del canelo

en mil años te relataron,

y luego te vi entregarte al mar

dividido en bocas y senos,

ancho y florido, murmurando

una historia color de sangre.

 

 

   Se unen la tierra y el hombre

 

Araucanía, ramo de robles torrenciales,

oh Patria despiadada, amada oscura,

solitaria en tu reino lluvioso:

eras sólo gargantas minerales,

manos de frío, puños

acostumbrados a cortar peñascos,

eras, Patria, la paz de la dureza

y tus hombres eran rumor,

áspera aparición, viento bravío.

 

No tuvieron mis padres araucanos

cimeras de plumaje luminoso,

no descansaron en flores nupciales,

no hilaron oro para el sacerdote:

eran piedra y árbol, raíces

de los breñales sacudidos,

hojas con forma de lanza,

cabezas de metal guerrero.

Padres, apenas levantasteis

el oído al galope, apenas en la cima

de los montes, cruzó el rayo

de Araucanía.

Se hicieron sombra los padres de piedra,

se anudaron al bosque, a las tinieblas

naturales, se hicieron luz de hielo,

asperezas de tierras y de espinas,

y así esperaron en las profundidades

de la soledad indomable:

uno era un árbol rojo que miraba,

otro un fragmento de metal que oía,

otro una ráfaga de viento y taladro,

otro tenía el color del sendero.

Patria, nave de nieve,

follaje endurecido:

allí naciste, cuando el hombre tuyo

pidió a la tierra su estandarte,

y cuando tierra y aire y piedra y lluvia,

hoja, raíz, perfume, aullido,

cubrieron como un manto al hijo,

lo amaron o lo defendieron.

Así nació la patria unánime:

la unidad antes del combate.

 

 

   Amor América (1400)

 

Antes que la peluca y la casaca

fueron los ríos, ríos arteriales:

fueron las cordilleras, en cuya onda raída

el cóndor o la nieve parecían inmóviles:

fue la humedad y la espesura, el trueno

sin nombre todavía, las pampas planetarias.

 

El hombre tierra fue, vasija, párpado

del barro trémulo, forma de la arcilla,

fue cántaro caribe, piedra chibcha,

 

copa imperial o sílice araucana.

Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura

de su arma de cristal humedecido,

las iniciales de la tierra estaban

escritas.

        Nadie pudo

recordarlas después: el viento

las olvidó, el idioma del agua

fue enterrado, las claves se perdieron

o se inundaron de silencio o sangre.

 

No se perdió la vida, hermanos pastorales.

Pero como una rosa salvaje 20

cayó una gota roja en la espesura

y se apagó una lámpara de tierra.

 

Yo estoy aquí para contar la historia.

Desde la paz del búfalo

hasta las azotadas arenas

de la tierra final, en las espumas

acumuladas de la luz antártica,

y por las madrigueras despeñadas

de la sombría paz venezolana,

te busqué, padre mío,

joven guerrero de tiniebla y cobre,

oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,

madre caimán, metálica paloma.

 

Yo, incásico del légamo,

toqué la piedra y dije:

 

Quién

me espera? Y apreté la mano

sobre un puñado de cristal vacío.

Pero anduve entre llores zapotecas

y dulce era la luz como un venado,

y era la sombra como un párpado verde.

 

Tierra mía sin nombre, sin América,

estambre equinoccial, lanza de púrpura,

tu aroma me trepó por las raíces

hasta la copa que bebía, hasta la más delgada

palabra aún no nacida de mi boca.

 

(De “Canto General”, libro ya citado).

 

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