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Juan L. Ortiz

 

   Cantemos, cantemos

 

Sobre el vapor de sangre,

sutil, sutilísimo,

cantemos.

Cantemos y esperemos.

 

Sobre el azoramiento pálido,

casi fúnebre,

de las orillas de los arroyos,

que se han quedado sin montes,

cantemos.

 

Sobre la muerte que han embebido

estas colinas,

estas llanuras,

estos montes,

cantemos.

 

Sobre la tristeza humilde,

profunda,

de estos campos,

a pesar de su gracia,

cantemos.

Con todas las criaturas

y las cosas;

con las criaturas

ligeramente aún agobiadas

-¿por qué sueño de sangre?-

cantemos.

Cantemos con los animales

-ay, los pájaros sin rama

cuando el aire es de pájaros,

celestemente ebrio!-

Cantemos con los animales

y las cosas;

con los animales misteriosos y claros

y las cosas misteriosas y claras;

y las aguas visibles y secretas,

que también esperan,

cantemos.

Cantemos la vida nueva

que espera

a estos hombres

y a estas mujeres silenciosas.

El día armonioso, armonioso,

surgido de húmedas

honduras maceradas

-¿de penas largas

o de humus desconocidos?-

bajo el cielo más ligero.

El día nuevo, palpitando

como un ala en las manos…

 

 

   Alma, inclínate…

 

Alma, inclínate

sobre los cariños idos…

 

Sí, ya sé:

la esperanza en el aire, pero no la veo sonreír, perdón,

con los hálitos queridos…

 

La tierra, ahora, la tierra, con los llamados hundidos…

 

Me prestaréis, oh cabellos al viento, vuestras sedas,

para asir piadosamente a los llamados?

 

Siento que allá en el hondo, perdón, perdón de nuevo,

una soledad ciega alza raíces hacia ti, alma,

en busca, alma, de qué flores separadas?

 

Oh, los hilos que se adivinan

y que sangran, cortados, en la sombra…

 

Me prestaréis, oh cabellos al viento, vuestro viento,

para ir hacia abajo de la noche por los hilos desunidos?

 

Alma, inclínate

sobre los cariños idos…

mientras los cabellos al viento, alma,

os dan la ráfaga del descenso…

 

Pero vendrán, alma, los cabellos al viento,

cuando la esperanza en el aire está seca de almas,

y la tierra toda es de almas solas,

ay, solas,

muriéndose de nuevo por los perfumes perdidos?

 

Vendrán, vendrán

las dulces llamas del viento o las dulces fes del viento

desde su vuelo de divisas

hacia el gran sueño sin muerte…?

vendrán,

antes de que la sed,

la sed, la sed profunda que va más allá de la ceniza

dé cuenta también

de las heridas mismas de la ausencia,

todavía llorando, sin ojos, bajo nuestros silencios y las hierbas?

 

Mas no, alma, de pie,

delicadamente de pie en la línea de los grillos,

abierta como un oído imposible de esas azucenas de la sombra

-dulces sobrevivientes de la luna-

a las agonías que no pueden bajar, aún,

pero que ahogan el rocío…

 

Una es la noche, alma, desgarrada…

Una la del aire ilimitado y la de los tejidos profundos….

 

Y uno es el olvido de la muerte o el olvido de la vida…

Mas qué sabes tú de la memoria que te excede

en el héroe desconocido que ama desde siempre

y que amará siempre perdiéndose

con la fe de la semilla, en el pasaje sin fin,

para las respuestas sucesivas a todas las ramas del horror

aun a aquéllas de tu sangre

que tú crees tendidas, alma, desde el nunca del mar…?

 

La gran piedad, alma, es la del héroe,

pues que ella toca toda, toda, la cadena del tiempo…

Y esos cabellos al viento, con la edad del porvenir,

son, a pesar de su alegría, sí,

los del héroe visible…

 

 

   Para qué el vino, amigos míos…

 

¿Para qué el vino, amigos míos,

si allí la luna, en las aguas, ebria, se despliega?

 

Id a la orilla, y sed de ella, dulcemente enajenada

en su propio vals antiguo

de velos de silencio que se igualan al fin, tenues, a la arena…

 

Sed de ella que ya el eucaliptus está en ella, más pálido.

Y acaso, acaso, un momento perdidos, amigos míos,

os encontraréis de la mano, luego, en el centro de la danza profunda,

figuras intercambiables e increíblemente ligeras, al cabo, de la danza…

 

¿Para qué el vino, entonces, si así seríais más ligeros?

 

(De “Anotología”, con prólogo de Daniel Freidemberg, Editorial Losada, Buenos Aires, 2002. Juan Laurentino Ortiz, llamado comúnmente Juan L. Ortiz y Juanele, nació en Puerto Ruiz, Entre Ríos, en 1896, y murió en Paraná, capital de la provincia argentina, en 1978. El paisaje fluvial es una marca fundante de su escritura poética, pero no para un ejercicio de contemplación, sino para asentar en él su búsqueda existencial incesante. Llevó una vida silenciosa, como le gustaba estar para captar en las personas, en la naturaleza y en las cosas sus latidos secretos, invisibles. Su primer libro está datado cuando tenía 37 años, “El agua y la noche”. Siguió con libros de tirada escasa, hasta que en 1970 una editorial los reunió en “En el aura del sauce”. La dictadura cívico-militar que asaltó el poder 1976 ordenó los ejemplares que quedaban de esa colección. Su poesía y también su figura son objeto de estudios que se renuevan incesantemente. En julio de 2016 se publicó “Una poesía del futuro”, edición a cargo de Osvaldo Aguirre, que reúne conversaciones que otros autores mantuvieron con Juanele).

 

 

   Día gris

 

¿Qué nos pregunta el vago

horizonte que se viene

a nuestra melancolía

lleno de gestos mojados

-tendido fantasma que

absorbe las arboledas

y nos invierte el lirio

húmedo y solo del alma?

 

 

   Para que los hombres…

 

Para que los hombres no tengan vergüenza de la belleza de las flores,

para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles o profundas

de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo

por penetrar el mundo,

con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,

o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,

para que podamos mirar y tocar sin pudor

las flores, sí, todas las flores,

y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,

para que las cosas no sean mercancías,

y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:

iremos todos hasta nuestro extremo límite,

nos perderemos en lahora del don con la sonrisa

anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.

 

 

   No te detengas alma sobre el borde…

 

No te detengas alma sobre el borde

de esta armonía

que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.

¿De qué música?

 

¿Temes alma que sólo la mirada

haga temblar los hilos tan delgados

que la sostienen sobre el tiempo

ahora, en este minuto, en que la luz

de la prima tarde

ha olvidado sus alas

en el amor del momento

o en el amor de sus propias dormidas criaturas:

las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?

¿O es que temes, alma, su silencio,

o caso tu silencio?

Serénate, alma mía, y entra como la luz

olvidada, hasta cuándo?

en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.

 

 

   Las flores de las márgenes del camino…

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Solas ante la noche como espumas ligeras,

con su dulce secreto para el aire plateado.

 

El aire andaba sobre ellas como un pálido velo

y recogía su sueño, apenas sueño, y vacilaba

ante el signo iluminado del gran río lejano

y la ceniza extática y perlada del “bajo”.

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Criaturas desconocidas y acaso efímeras de la noche agreste.

La noche, sin embargo, respiraba con ellas,

y una sonrisa erró un momento sobre los labios distraídos de los

    viajeros retardados.

 

Respiraba por ellas algo ensimismada la noche campesina,

y el humilde destino de las flores fue del hálito tardío

que, espíritu argentado, tocó de repente las colinas…

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Entreabieron, siquiera un instante, unos labios agradecidos.

Fueron, siquiera un instante, otra flor fugitiva

de otro paisaje íntimo súbitamente azul.

 

Y otro anhelo, un minuto, se unió al suyo en la noche,

fue uno con el suyo en un minuto de la noche.

 

Y no estuvieron solas, un minuto siquiera, con la noche

y con el aire pálido, indeciso ante humos y señales de nácares,

ni se perdieron solas en el soplo aún más pálido, más pálido, del

   ángel de la madrugada…

 

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