• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
  • @xhuvia922
    Las esponjas del mar borran el horizonte
  • @nancyeldarjani
    El tiempo es un olor cuando llueve
  • @DeNegraTinta
    También te quiero a deshoras
  • @DLobosyQuimeras
    Barcos de papel en dique seco
  • @LaPetit10
    Yo ya no quiero sueños intocables
  • @BlueDement_
    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Miguel Gaya, "Cabeza de artista"

 

   Fernando Pessoa se lamenta
   por sus heterónimos

Todo se lo llevaron.
Mis mejores ropas, mis modales, las palabras
del manantial secreto. Esa mañana que no le he ofrecido a nadie
uno de ellos la arrojó al mundo, a las bestias
y los periódicos.
¡Mi secreto de dandy! ¡Mis ridículas poses
ante el espejo!
Mis inexistentes
cartas de amor.

Por donde avanzo, ellos se han adelantado
quemando la hierba, convocando a las gentes
con artificios de circo y de matones.
Llego cuando la estación de trenes está vacía,
los brindis acabaron
y el último camarero me mira a través de la puerta,
descortés y hastiado. Adiós, me señala con la mano,
ya no abrimos hoy.

Cada uno de ellos a cada uno de los cuatro vientos y confines.
Adiós, me dicen también, no te recuerdo.

Entraron a saco en mí, me dejaron
como un espantapájaros. Seco. Viejo.

He vivido la vida que más horror me dio. Me afané
por las calles de Lisboa y no conocí
otras. Cada adoquín fue granito, cada fachada una máscara,
cada máscara,
espejo.

Así he sido, así fui,
y ellos huyeron al galope.

Ahora me siento ante el baúl y voy extrayendo sus rostros.
Me detengo en la engañosa honradez de la frente de uno,
en el gesto sereno de un pedante de provincia,
el ojo estrábico de uno que yo me sé.

Todos existen y yo
desaparezco.

La sombra, al fin, ha sido mi cosecha.

 


   Escuchar a Joan Baez

Ahora mismo tengo
tres veces la edad que tenía
cuando ella cantó para mí.
Y la edad que entonces tenía
no me preparó para escucharla.
Y lo que viví después
tampoco me sirvió para entender lo que oí
o aunque más no sea
para olvidarla.
La escuché tal vez por tres minutos
o a lo sumo cinco,
pero nada de lo que me pasó antes
o de lo que vino después
me ha preparado para vivir
con lo que cantó esa vez
solo para mí.


   Otra lectura

Estoy olvidando algunas cosas.
Cada mañana las cosas que olvido hacen un agujero
y se echan a dormir. No creo que alguna vez acuda
a despertarlas.
En sus agujeros sueñan. De su sueño salen cosas que no olvido.

 

   Varsovia iluminada

A diez mil metros de altura
todas las ciudades se parecen.
Me pregunto si esta de aquí debajo
será Varsovia iluminada,
si acaso estoy
en el cielo de Polonia.
Intento cálculos horarios, derroteros inciertos,
mientras observo la noche por la ventanilla.
Y entonces
quizás por un desfasaje del horario y la percepción
suben y me alcanzan
las luces de Varsovia
iluminada en mayo de 1943
ante explosiones e incendios,
luces de espejos rotos y ojos muertos.
Hay muchos modos de iluminar una ciudad,
me digo, y son todos,
casi,
humanos.


   Bartleby - Melville

Mejor no preguntar. Mejor no responder.
Mejor permanecer
en las orillas del lenguaje.
Como un guijarro
fuera del zapato.
Como un pájaro que abandonó
el vuelo.
Como una flecha sin aire.
Mejor dejarse estar en la intemperie.
Arroparse
en la desesperación
muda.

(De "Cabeza de artista", Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016. Miguel Gaya nació en Ayacucho, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1953. Publicó "La vida secreta de los escarabajos de la playa", en 1982;  Levanta contra el viento la cabeza oscura", en 1983; "Colección Robin Hood", en 1994; "Siluetas en la corriente del río", en 2000; "Los poetas salvajes", en 2003; "Lo efímero y otros poemas inestables", en 2009; "Mediterráneo", en 2010; "El alma y otros lugares", en 2012; y "Cuatro estaciones", en 2013. También fue incluido en varias antologías. Es, asimismo, novelista).

 

 

   Estamos hablando de Ezra Pound

una cara de la moneda
está abierta a los vientos, la otra
es abrasada por el sol. en cualquier caso
esas caras cambian
y la pregunta es
si la moneda cambia o
si las caras de las monedas son
la moneda, erosionada, o
si la moneda existe
sin la corrosión del tiempo.
esto es lo que yo llamo
preguntas pertinentes
sobre la
economía de la política.

cuando a Ezra Pound lo encerraron en una jaula
y lo exhibieron para regocijo y espanto
de las almas buenas
el problema de la corrosión del tiempo en nuestras caras
se puso en evidencia.
¿podía ese anciano caballero expiar sus culpas colgado ahí o
estaba ahí para brindarnos la certeza
de nuestra inocencia?
así, el viejo anatema de expulsar a los poetas
lejos de la ciudad
se ha resuelto
para alegría y piedad de las almas buenas:
dejad que gocen y retocen en los parques porque
a prudente distancia tenemos
nuestras jaulas.

pero
a prudente distancia
nuestras monedas
exhiben
cara al sol
y cara al tiempo
sus rugosidades.


   Las pinturas de Edward Hoopper

Las criaturas que pinta Edward Hopper siempre están
a un punto
de sumergirse en la nada.
Ellas son materiales y solitarias
pero el aire a su alrededor
y sobre todo la luz
las están royendo.
Ilustran el momento justo en que
tememos ser
el que desbarranca.
Y nos asomamos a sus miradas ciegas
solo para comprobar
cuánto se parecen
a lo que solemos ver
de madrugada
cuando estamos solos
o más bien
esos ojos son los ojos que traemos
cuando el mejor sueño
nos abandona.


   Regreso a Ítaca

   1.

Todos sabemos que no volveremos a Ítaca, pero nadie lo dice.
Remamos en silencio, en silencio miramos el viento en las velas
o apenas con una muda melodía entre los dientes metemos
manos en el motor de popa.
Sin ilusiones, con ahínco.
Nadie vuelve a Ítaca, nadie se consuela de eso, y sin embargo
apretamos el paso
cuando regresamos. Y esos pasos también nos alejan de nuestro
destino, si lo tenemos.
Hacemos conferencias, debatimos, hemos escrito libros sobre
Ítaca, pero ella
no puede sernos más esquiva, más desconocida.
Fruncimos el ceño recordándola, tan ingrata, tan extraña
a nosotros, pero nosotros
suspiramos por ella, la que tal vez nos ignore.
Es curioso que reconozcamos las piedras del camino,
cuando lucen nuevas,
o la luz del hogar, cuando lo perdimos.
Más extraño aún que nos reconozcamos al abrir la puerta
y alguien más extraño aún nos reciba
con una sonrisa que llevamos puesta.
Nunca salimos de Ítaca, nos decimos.

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