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Jaime Sabines, el peatón

 

   Jaime Sabines es recordado a fines de marzo en México, en ocasión del aniversario de su nacimiento (25 de marzo de 1926). Un homenaje se organizó el 29 de ese mes en la sala Manuel Ponce del Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. A propósito de esta fecha, sus hijos hablaron de escritos y documentos dejados por Sabines, entre ellos poemas inéditos (http://www.lapoesiaalcanza.com.ar/index.php/noticias).

 

 

   Del corazón del hombre

 

He mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra

y sólo me ha dolido el corazón del hombre.

Sueña y no descansa.

No tiene casa sobre el mundo.

Es solo.

Se apoya en Dios o cae sobre la muerte

pero no descansa.

 

El corazón del hombre sueña

y anda solo en la tierra

a lo largo de los días, perpetuamente.

 

Es una mala jugada.

 

 

   De la esperanza

 

Entreteneos aquí con la esperanza.

El júbilo del día que vendrá

os germina en los ojos como una luz reciente.

Pero ese día que vendrá no ha de venir: es éste.

 

 

   Del dolor

 

Había sido escrito en el primer testamento del

hombre: no lo desprecies porque ha de enseñarte

muchas cosas.

Hospédalo en tu corazón esta noche.

Al amanecer ha de irse. Pero no olvidarás lo que te

   dijo desde la dura sombra.

 

 

   De la noche

 

En la amorosa noche me aflijo.

Le pido su secreto, mi secreto,

la interrogo en mi sangre largamente.

Ella no me responde

y hace como mi madre, que me cierra los ojos sin

   oírme.

 

 

   De la ilusión

 

Escribiste en la tabla de mi corazón:

desea.

Y yo anduve días y días

loco y aromado y triste.

 

 

   De la muerte

 

Enterradla.

Hay muchos hombres quietos, bajo tierra,

que han de cuidarla.

No la dejéis aquí.

Enterradla.

 

 

   Del adiós

 

No se dice.

Acude a nuestros ojos,

a nuestras manos, tiembla, se resiste.

Dices que esperas –te esperas- desde entonces,

Y sabes que el adiós es inútil y triste.

 

--

 

DIGO QUE NO PUEDE DECIRSE EL AMOR.

El amor se come como un pan,

se muerte como un labio,

se bebe como un manantial.

El amor se llora como a un muerto,

se goza como un disfraz.

El amor duele como un callo,

aturde como un panal,

y es sabroso como la uva de cera

y como la vida es mortal.

 

El amor no se dice con nada,

ni con palabras ni con callar.

Trata de decirlo el aire

y lo está ensayando el mar.

Pero el amante lo tiene prendido,

untado en la sangre lunar,

y el amor es igual que una brasa

y una espiga de sal.

 

La mano de un manco lo puede tocar,

la lengua de un mudo, los ojos de un ciego,

decir y mirar.

El amor no tiene remedio

y sólo quiere jugar.

 

(De “Antología poética”, con prólogo y selección de Guadalupe Flores Liera, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2005. Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México, en 1999. Estudió filosofía y letras. Recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Nacional de Literatura y el Xavier Villaurrutia de Poesía, entre otros reconocimientos. Algunas de sus obras: "Heral" -la primera, publicada a la edad de 23 años-; "La señal", "Adán y Eva", "Tarumba", "Poemas sueltos", "Yuria", "Tlatelolco", "Maltiempo", "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", "Otros poemas sueltos", "Los amorosos: cartas a Chepita". El director Claudio Isaac realizó un documental sobre su vida y obra, titulado “Algo sobre Jaime Sabines”. El poema “Los amorosos”, ya publicado en www.lapoesiaalcanza.com.ar, fue la base para una serie de televisión que llevó ese mismo nombre. El mismo poema fue llevado a la música por Alejandro Filio y Pedro Aznar). 

 

 

TU CUERPO ESTÁ A MI LADO

fácil, dulce, callado.

Tu cabeza en mi pecho se arrepiente

con los ojos cerrados

y yo te miro y fumo

y acaricio tu pelo, enamorado.

Esta mortal ternura con que callo

te está abrazando a ti mientras yo tengo

inmóviles mis brazos.

Miro mi cuero, el muslo

en que descansa tu cansancio,

tu blando seno oculto y apretado

y el bajo y suave respirar de tu vientre

sin mis labios.

Te digo a media voz

cosas que invento a cada rato

y me pongo de veras triste y solo

y te beso como si fueras tu retrato.

Tú sin hablar, me miras

y te aprietas a mí y haces tu llanto

sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.

Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas

se ponen a escuchar lo que no hablamos.

 

 

   Canciones del pozo sin agua

 

   1

 

Tumba en el son tu risa,

túmbala, corazón,

tírala al sol, no hay prisa,

corazón.

Tumba tu muerte,

tu llanto,

corazón con suerte,

espanto del espanto.

En este son con ron

-alegría de la agonía-

bébete, corazón,

y túmbate al día.

Hace calor

(¿quién lo hace?),

hazte a ti mismo, tambor,

boca de abismo sonoro,

corazón, grano de oro,

hazte calor.

Tumba tu sangre caliente

sobre mi frente.

Corazón, no digas nada

por no espantar la espantada

esperanza malquerida,

túmbate, corazón, sobre mi vida.

Y baila conmigo el son,

y cántalo que lo canto,

ven conmigo, corazón,

mientras tanto.

 

 

   El peatón

 

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.

   Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡Qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!

   Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?

   ¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.

   ¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.

   Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.

 

 

   La luna

 

La luna se puede tomar a cucharadas

o como una cápsula cada dos horas.

Es buena como hipnótico y sedante

y también alivia

a los que se han intoxicado de filosofía.

Un pedazo de luna en el bolsillo

es mejor amuleto que la pata de conejo:

sirve para encontrar a quien se ama,

para ser rico sin que lo sepa nadie

y para dejar a los médicos y las clínicas.

Se puede dar de postre a los niños

cuando no se han dormido,

y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos

ayudan a bien morir.

 

Por una hoja tierna de la luna

debajo de tu almohada

y mirarás lo que quieras ver.

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna

para cuando te ahogues,

y dale la llave de la luna

a los presos y a los desencantados.

Para los condenados a muerte

y para los condenados a vida

no hay mejor estimulante que la luna

en dosis precisas y controladas.

 

 

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