• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
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    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
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    Ya no hacen el pasado como antes
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    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
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    Juego como un niño que no sabe morir
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    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Serie 8 de Marzo: Verónica Zondek

 

Hay brazos sin madre

harapientos.

En mi boca un abismo

de leche

En mi boca un espía.

MI VIENTRE SE ENHEBRA EN LA SOMBRA.

Es el hilo

mi sombra que aguarda.

 

De cera

MI LABIO SE RETRAE.

 

--

 

EL ESPACIO MÍO REVELO EN LA PIEL

                                     DE LA MEMORIA

--

 

Mi carne

la camisa que suspira en el ahogo.

 

--

 

LA INTENCIÓN SE DESMIGA

FUNDO LA PALABRA

HIERVE LA PALABRA

La palabra

La que obstruye el oído

la que se encostra

la que irrumpe

la sin batalla.

 

--

 

OLVIDO TU PRESENCIA

en mi hueso yacente

mi hueso

como si fuera llorona estela de tu porte

en este vaivén

erigido

siempre

en este cuerpo

entero

impotente tú

ante mí que te acuso

ante él

que pudiendo

no es nadie

 

Y SE PROLONGA.

 

--

 

El pétalo de tu boca lame mi cuerpo.

 

Tu boca

sustrae mi soplo.

 

--

 

No recuerdo tu mano.

Tu húmeda de cicatriz

no olvido.

Tu rebalsada de soberbia.

 

La huella que tranquila se baña

tu estela

no olvido.

 

NO OLVIDO.

 

--

 

CAÍDA

 

en la gentileza de tus ojos.

Sin nombre

EN LA CARNE VIVA.

 

--

 

Vuelvo

atrapada en espumas

espumas

espumas de tiempo

rabiosas

apenas envoltorio

ilusión

hilo de siempre

hilo del mar

del mar que no se gasta

 

--

 

SOY EFIGIE DE CUERPO ENTERO.

 

Puedo seguir mi juego

sin las palabras que me enhebran.

 

Impasible

me bordo.

 

--

 

DESNUDA INHALO TU RUGIDO.

 

--

 

Un hueso me habita.

Un silencio

un arrastre en mi carne.

 

--

 

SOY FANÁTICA HACEDORA DE MI

                                    PROPIA SOMBRA.

 

Gusto enhebrar mis comienzos

lejos

muy lejos del jardín inglés

que me llama al orden.

 

--

 

SOMOS

y tú no lo sabes.

Somos pose

artefacto

máscara repetida.

SOMOS EL FRUTO PROHIBIDO

el dado sin cuestión

el olvido de la conciencia.

Somos un solo infinito.

Un tú

un yo

un nosotros

un ellos.

 

--

 

CREO EN EL SUEÑO DESNUDO.

 

Sin testigos

decido la duda del tiempo.

 

(De “El hueso de la memoria”, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, 1988. Verónica Zondek nació en Santiago de Chile en 1953. Antes de esta obra había publicado “Entrecielo y entrelínea”, en 1984; “La sombra tras el muro”, en 1985. Siguieron, luego, “Vagido I”, de 1990; “Vagido II”, de 1991; “Peregrina de mi”, de 1993; “Membranza”, de 1995; “Entre lagartas”, de 1999; “El libro de los valles”, de 2003; “Por gracia de hombre”, de 2008. Es también traductora y licenciada en Historia del Arte. Publicó, junto con Silvia Guerra, “El ojo atravesado”, sobre la correspondencia entre Gabriela Mistral y escritores uruguayos).

 

 

   XX

   (De “Vagido I”)

 

Para partirte niño

parto me doy

partiéndome

ahora

tuya

encuerpado otro

sangrándome mi mí

parto

parto partida

para partir parir descalza

como empezando.

Me engajo entera

Y no me siento        tiento

tentándome al desgajo continuo

que voy dejándome en el camino.

 

 

   Capítulo II

 

Este mito, aúlla?

Grita el barraco?

Abre la boca clausurada

o apuesta al siempre elegido favorito?

Es la verticalidad que perfora lo posible

o la falta de curiosidad?

 

Es

cree

palabra impresa

o manejo añoso y turbio.

Una pócima precipitada en algún cuenco

o la suma informe del ayer que hoy se incrusta

en el hueso que rasga y penetra deleitoso

para desde allí arremeter

mientras fuerte la mirada se fija

y fuerte se agarra a la baranda

y se ata a un cabo

para por la borda no caer

para no morir en ese mar que informe lo traga todo

para no abandonarse al suave traqueteo de la baba

porque gozar el vaivén sólo quiere en un algo

     pequeño

y nadar hasta la encantada orilla la atrae

y escuchar no, el maldito cántico del sireno

que con ojos entrecerrados

la ulula

le devora en deseo

el deseo.

Su ardicia es raíz sólo aérea

ronda

posesión de cierto trozo

y un infinito romper del aliento

contra su testa en túmulo dolor.

 

Tampoco perder el habla quiere.

 

Con el orgullo y la tierra atesorados en su lecho

aprecia al otro en él.

Ve la distancia que los recorre.

Ve como la toca

y deja de importarle la morada iniciática.

 

Una batalla

enceguece áurea las voces de encrucijada.

Punza por ceder su síngulo

y plural

entorpece la raíz que ya no afirma

que delira necesidad de otro aire

para no caer en la arena del espectáculo

en el a veces horror de una entretención

y soberbia su cáscara,

la adoba.

Sólo desea su piel

porque amable se ama al tacto

porque en tibio y lento

se la relame.

Quiere ahora enhebrar su lengua vacía de rastro

y atrapar

encostrar la vivaz en su orilla

por ese cansancio adentro

empotrado

por ese letargo del viaje que se repite

que muy maestro

la erupta.

Briosa

busca el mullido del hogar primero.

 

 

   Palabras de objeto

 

   I

 

Un gris del cielo se refleja en el mar.

Tu mirada se pierde en el cuerpo incesante.

Esta mirada recoge un murmullo de palabras.

Este pecho ruge en desvelo y con hambruna.

Un espacio se abre al infinito.

Un reloj muere de muerte natural.

Las gaviotas hacen el recorrido de sus propias huellas.

La lluvia está lejana y moja el horizonte.

Dos sillas se olvidan de dos cuerpos.

Una mesa se carga de significado.

Un mozo desaparece detrás de un biombo.

La tarde se asemeja a una frazada palpitante.

El mundo adquiere grandes dimensiones.

Hay una cáscara imperceptible que se despliega uniforme.

Una telaraña que acusa el golpe más ínfimo.

Una claridad casi mental.

Todo abunda en este castillo.

Lo necesario para saciar el hambre.

 

(De “Veinticinco años de poesía chilena, 1970-1995”, con Teresa Calderón, Lila Calderón y Tomás Harris como compiladores. Tierra Firme, Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile, 1996).

 

 

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