• @dianalefaz
    Son tantas las veces que no estamos aquí, donde pisamos
  • @Anadimeana
    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
  • @Xhuvia922:22
    Los sauces llorones mojan lo que resta de tu sombra
  • @LaPetit10
    El miedo es la distancia más larga
  • @cochambrossa
    Un corazón donde la nostalgia acomode su ingravidez
  • @Genrus
    Nada como el asedio de lo irreparable para mantener el corazón encendido y las velas desplegadas
  • @largabreve
    Todo el amor es una breve esperanza, una contención indebida, enajenadora
  • @SimoneBella7
    No tardes que el silencio arrecia, hoy solo basta con que insinúes un suspiro para volverme agua
  • @ReneValdesM
    La poesía saca lo mejor que no tenemos
  • @_Annai_
    Un don es una sombra liberada
  • @___Sputnik___
    Nadie verá el estante vacío
  • @entiyparati
    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

Palabras sin blasones, Juan Manuel Roca

 

   Al pobre diablo

 

Al hombre anclado en la esquina del olvido, al hombre escupido por viejos matones de barriada,

 

Al jubilado de sí mismo, al muchacho humillado que se esconde detrás de su acuosa mirada,

 

Al que estorba en la fiesta de los audaces, a los que no han tenido oficio conocido y no podrían balbucir el retrato hablado de su madre,

 

A los que siempre parecen estar en otra parte, al que escapa de las miradas cuando lo buscan en el parque como pasto de burlas,

 

Al confinado al cepo del silencio en la ronda nocturna de los sabios, al que tartamudea como una vela encendida,

 

Al que está a punto de abrir la puerta de emergencia que conduce a un pasadizo de ingreso al otro mundo,

 

A la oveja negra de la familia que picotea fármacos y grajeas para intentar espantar la jauría de sus miedos,

 

Al sumo sacerdote de la religión de las derrotas, a los despreciados por sus espejos, al que prefiere ser prófugo de su cuerpo antes que ser su propio carcelero,

 

A los que ignoran qué responder cuando preguntan “¿quién anda por ahí?”, al que “le daban duro con un palo y duro también con una soga”,

 

Al que cambiaría el becerro de oro por una charla con parias y tenderos, al aturdido, al turulato, al pestífero que pregunta en qué lugar queda la vida,

 

Al incierto cuya sombra cojea más que su cuerpo, a los que han sido más pateados que el balón de una escuela, al sospechoso de todas las aduanas por su morral lleno de vacío,

 

Al que no logra ser jinete de sí mismo, a los que ejercen el papel de niños clandestinos y sólo juegan cuando no los obligan a mendigar,

 

Al hereje hecho a imagen de nadie, a los abucheados por la multitud en un país de dioses abolidos,

 

A los que desafinan en el coro, al que suena como el platillo de una batería que cae en el silencio de un velorio,

 

Al imprudente que no espera a que el flautista de Benarés duerma la cobra para mirarla a los ojos,

 

Al hombre de cristal que atraviesa en medio de una pelea entre dos bandos de picapedreros,

 

A los desobedientes que quisieran confinar en un rincón del museo del olvido, al que nadie espera al regreso de la guerra,

 

A los que desalojan de su casa y luego expulsan para siempre de su cuerpo, al espantapájaros burlado por el cuervo,

 

Al portavoz de sí mismo que odian los feligreses de todos los partidos, al que conducen a la comisaría mientras grita que la civilización es “puta vieja y desdentada”,

 

Al que jugó su corazón y se lo ganó la violencia, al que intenta dormir “en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo”,

 

Al que sólo conoce la lengua del silencio, al que llevan al tribunal por negarse a vestir el uniforme de los muertos,

 

Al perseguido que pretende esconderse en el poema de un gitano y al gitano que pretende esconderse tras las sombra de un violín,

 

Al impulsado a la plaza del escarnio, al asediado por la jauría de Salieris de parroquia que le ladran a su sombra,

 

Al calumniado por los sacristanes de la envidia que lo maldicen en la lengua de los muertos,

 

A los que no extienden su sombrero para pedir migajas de milagro, a los que están en la mira de los hacedores de villanos en los diarios y en las redes policiales,

 

Al objetor que pone pies en polvorosa cuando lo llaman a cerrar filas en el escuadrón de los operarios de la muerte,

 

Al que devela la miseria que ocultan los himnos, a los hombres acosados que sospechan que todas las ventanas del mundo están a punto de saltar al vacío,

 

A los desplazados y sus muros de aire, al boxeador que cae a la lona sacudido por un gancho de derecha,

 

A los locos del pueblo que cruzan enfundados en una capa de harapos como reyes miserables,

 

Al músico envuelto en un gabán raído al que le indican los empresarios la puerta de servicio del lento salón de baile,

 

Al que se niega a escuchar el canto de los vendedores de humo, al gato escaldado por el carnicero, al caballo espoleado por el miedo,

 

Al sin suerte que practica el tiro al blanco y siempre atina en el centro del error, al niño solitario que espía la vida a través de los cerrojos,

 

Al aguafiestas. Al que llega tarde a su propio velorio. A los poetas enjaulados por todos los tiranos

 

Les dedico estas palabras sin blasones: algo de ellos convive en mi pellejo.

 

 

 

   Confesión del antihéroe

 

Nunca llegué a sitio alguno.

Cuando los altos viajeros

Se deslizaban en un hondo silencio

Y veían la tierra como una aldea perdida,

Yo miraba en la oscuridad de los armarios

Pequeñas lunas de alcanfor.

Muchos impacientes caían en combate

Cuando era humillado en oscuras oficinas.

Los inventores de la máquina de sueños

Cenaban con mujeres más bellas que sí mismas.

Una ración de orfandad me era servida

Bajo techos que dejaban caer migajas de yeso

       en el mantel.

Nunca llegué más allá de la próxima esquina.

No fui el boxeador que sonríe a la penumbra

Cuando en el altar del cuadrilátero

Parece llamar a la oración la última campana.

No tuve agallas para disparar contra el tirano,

No monté en pelo el brioso caballo de la guerra

Ni atravesé campos minados para salvar una aldea.

Me dediqué a masticar el pan sin levadura

       de todas las derrotas.

Algunas noches me pregunto dónde andarán

Los que cambiaron de piel o de país

Mientras oigo una canción que habla de visitar

       la lejanía.

 

(De “Testigo de sombras (Antología personal)”, con prólogo de Jorge Boccanera, colección El viento de los locos, Editora Patria Grande, Buenos Aires, 2015. Esta colección fue puesta en marcha con este libro de Roca, junto con antologías del mexicano Jaime Sabines y del argentino Boccanera. Juan Manuel Roca nació en Medellín, Colombia, en 1946. Es también narrador y ensayista. Su primera publicación de poesía, “Memoria del agua”, data de 1973. Tres años después siguió “Luna de ciegos”, con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Ya en 1983 publicó una antología poética y en 2005 otra, llamada “Cantar de lejanía”. Esta obra tuvo prólogo del poeta chileno Gonzalo Rojas, que dice en un tramo: “Lo que más celebro en Roca es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo”. Roca recibió también el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004, el Casa de las Américas José Lezama Lima, en 2007, por “Cantar de lejanía”, y el Casa de América de Poesía Americana, que se otorga en España, en 2009. También obtuvo reconocimientos por sus cuentos y por su labor periodística. Dirige la publicación cultural “La sangrada escritura”. Asimismo, publicó libros junto a artistas plásticos, entre ellos Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón y Patricia Durán).

 

 

   Las enfermedades del alma

 

Me da luna

Verte cruzar por una esquina

Cuando se enciende el faro de la isla

Y se apagan los barcos del contrabando.

 

Me da río

Ver los muertos en los trenes desbocados

Que viajan hacia el mar de las Antillas.

 

Me da nube

Mirar cómo trepan por el aire

Las calladas catedrales.

 

Me da barca

Cuando cruzas, sonámbula,

Como si empujaras al viento.

 

Me da libro

El tren que parece la cremallera de la noche,

La poderosa maquinaria

Que rebana dos tajos de oscuridad.

 

Me dan buitres

Las noches góticas

Que se pueblan de cirios y calicios.

 

Me da puerto

Cuando el río sestea al mediodía

Entre bosques de pimienta

O bajo los brazos de un samán.

 

Me da Sur,

Mucho Sur, oír tu silencio

Que acompasa la música

Con su discreta percusión.

 

Me da aguja

La sombra cimbreante

Que vive cosida a tu belleza.

 

Me da bar

Cuando escucho en la madrugada

El taladro de la lluvia.

 

Me da nieve

El llanto de una niña

Que rompe el silencio del vecindario.

 

Me da cafetal

El nombre de mi país

Pronunciado en el exilio.

 

Me da lunes

Pensar en la molienda

De caña o de maíz.

 

Me da arcángel

El viento que llena de hojas secas

Los patios de la aurora.

 

Me da nardo

Tu aliento que florece

En la penumbra del cuarto.

 

Me da noche

La tinta derramada por descuido

En el mantel de la tarde.

 

Me da tigre

El paso lento y seguro

De los días.

 

Me da Goya

El rapto de un niño

En una esquina de la noche.

 

Me da África

El remo abandonado

Cubierto de escamas.

 

Me da mar

La bailarina que suelta en el tablado

El oleaje de sus pasos.

 

Me dan cárcava

Las canciones populares

Que silba el vendedor de almejas.

 

Me da hierro, me da Pound,

El ascensor vacío

Que abre su túnel en la noche.

 

Me da viento

Escuchar de tus labios

La palabra lejanía.

 

Me da Amazonas

Y lianas y chapoteos

La palabra humedad.

 

Me dan tren, me dan delta,

Los cantantes de blues,

Su repertorio de sombras.

 

Me da bruma

El paisaje fabril, la bandera del humo

Que oculta una luna amortajada.

 

Me da jaula

El jardín amaestrado

Por las manos del Rey.

 

Me da grieta

Saber que soy un sueño,

Un ruido de pisadas en la casona del mundo.

 

 

   Monólogo de José Asunción Silva

 

La ciudad que me rodea

Y se duplica en los charcos de la lluvia

Tiene un ropaje de sombras.

El viento que viene del páramo de Cruz Verde

Con su negro levitón nocturno

Rasguña los vitrales de la casa,

Se cuela en los campanarios,

Golpea

Los aldabones de bronce de la Candelaria.

 

          Ese viento, mi alma es ese viento.

 

Entre cercanos silencios

Resuenan las guerras del país

Mientras tintinea el quinqué

Con el que alumbro mis confusos libros

De comercio.

 

          Ese viento, mi alma es ese viento.

 

Los corrillos de seres embozados

Murmuran a mi paso. Figuras fijas al paisaje,

Estatuas de nieve a la entrada de una iglesia,

Maniquíes

Apenas movidos por el frío cuchillo del

Páramo.

 

          Ese viento, mi alma es ese viento.

 

¿Quién dibuja en mi blusa el mapa del corazón?

¿Quién traza un centro a la ruta de mi fiebre?

 

La hermana muerta atraviesa el patio:

Su voy ya pertenece

A las construcciones secretas del vacío.

 

          Ese viento, mi alma es ese viento.

 

La aldea despereza su piel de adormidera,

Filtra una luz en los costados de la plaza

A una hora en que la ciudad parece viva.

Hablo de su lentitud, de su pasmosa fijeza:

Mientras concluye el gesto de un hombre

Que lleva de la mesa a la boca su pocillo,

Cruza la eternidad, el mundo cambia de

Estaciones,

Pasan las guerras, hay futuros en fuga

Y el hombre no termina el ademán

Que funde sus labios a la taza de café.

Todos parecen tocados de embrujo,

Acaso miren en su quietud

El pájaro invisible

Que les señala un oculto retratista.

Y de nuevo, el viento.

 

          Ese viento, mi alma es ese viento.

 

Un disparo más, dirá el vecindario,

Un disparo más en las eternas guerras

Del olvido.

La vida, esa feroz bancarrota.

 

                                                  Para Ricardo Cano Gaviria

 

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