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Pamela Bustíos

 

   Vengo de rodillas

 

Vengo con los negros, hombros fuertes, suelas rotas

cargan sus cajones, ellas, faldas recogidas.

Vengo con los huérfanos, manos conmovidas,

abajo nos olvidan, arriba rezan las devotas…

 

Vengo con sudores, plastilina y cemento

baldes vacíos, miradas angustiadas.

Vengo a esconderme bajo la ramada,

aulas vacías, inundadas de lamentos.

 

Vengo con las putas, los payasos, los ladrones

traen sus polillas y sus fiebres de verano.

Vengo con miedo a colgarme del pasamanos,

cierran con cerrojo, sufren los portones.

 

Vengo a asfixiarme, a dormir con los borrachos,

saca tus charoles, negro, vístete de blanco.

Vengo a regalar poemas, no se los arranco,

noche despiadada, desampara hasta a los machos.

 

Vengo tras tu velo, labios grandes, pelos rojos

troncos sobre la espalda, recorridos frondosos.

Vengo con la banda, los taxistas perezosos

somos compatriotas de los mismos despojos.

 

Vengo de rodillas, callos, sangre en las manos

tropas de mujeres, siervas embriagadas.

Vengo a impedir matarnos, vidas despreciadas,

víctimas de embrujos, héroes de antaño.

 

   Aromas

 

…Y de la arena de tus olores

volaron palomas, crecieron las flores.

Y del manto de tus besos

nacieron rojos los cerezos.

 

…Y del matiz amaranto de tu aliento

cantaron medrosos tus lamentos.

Y de la textura candente de tu piel

afloraron las palabras en el papel.

 

Aroma salobre que enamora al viento

tras envolver tus mejillas de cuento.

En silencio anticipan el compás tus pasos

dejando huellas de pólvora y retazos.

 

Afanosas nuestras manos se encontraron

bajo sábanas que los rayos del sol anclaron.

Sedientos nuestros ojos se embriagaron,

en un amanecer de cuerpos compenetrados.

 

…Y del vivo aroma de tu sexo

cayeron estrellas, brotaron los versos.

Y del eco de tu corazón excitado

fuimos cómplices bajo un cielo nacarado.

 

   Callejones

 

Sumergida en los complacientes callejones,

los que guardan cuentos y derraman lágrimas.

Esos que acunan amoríos secretos,

aquellos que emiten cortas palabras.

 

Son las espaldas de las fachadas pintorescas,

los de piernas anchas y torsos recios.

Son los que cargan las pesadillas de los bien vestidos,

los que crean los sueños de los aturdidos.

 

Abandonados callejones, enredados de sensaciones,

incluso angostos de pavimento atormentado.

Sus esmerados ademanes nos despiertan olores.

y cuando cae el sol, se apropian de los infortunados.

 

Grotescos conductos cargados de emociones,

que absorben discursos inconclusos como un desierto.

Insolentes guaridas de perspicaz propuesta,

no ridiculicen nuestras desdichadas proezas.

 

¡Vecindario que los mantiene en ruina,

atended súbitos su salud mezquina!

No nos culpes, nuestra ignorancia es máxima,

Unas plantas, unas flores y unos pocos amores.

 

   La señora de la esquina

 

Gritos de ira, cólera enjaulada.

Pobre desquiciada, dicen algunos.

Palabras de aliento inoportuno,

basta mirarla, una flor abandonada. 

 

Falta de amor, fervor y atención.

¡El diablo ha encendido su candela!

Noche tras noche, la señora se desvela,

sin sueños, ¿quién no pierde la razón?

 

La peculiaridad que tiene su andar,

al despertar, un tono preciso en sus ojos.

Se limpia, se estira, la escoltan sus despojos,

y su energía queda impregnada al pasar.

 

Por la noche salen dominantes los cuervos.

La aterrorizan con su revoloteo marcado.

Se embuten en su cerebro ultrajado

y Dios tarda en mandar a sus siervos.

 

Alaridos de pánico, chillidos de confusión.

La escasa lucidez del día ya es oscuridad.

¿Cuándo llegarán sus días de normalidad?

La vida le usurpó cualquier opción.

 

De madrugada soltó un canto, ensimismada.

Las familiares súplicas cambiaron de piel,

su voz quebró el silencio de manera cruel,

melodías lánguidas, serenata destemplada.

 

Ahí continúa la señora en su esquina,

sentada absorta al filo de la vereda;

esperando comprender qué le queda

ignorando su papel en esta vida mezquina.

 

 

   La Banca

 

Ven, siéntate conmigo, cuéntame un cuento,

un verso, una sombra en el pavimento.

Ven, susúrrame al oído cosas sin sentido,

arráncame una sonrisa y demuele mis lamentos.

 

Ven, siéntate conmigo, vamos a descubrirnos,

la luz, el mar, el agua que sella una a una nuestras huellas.

Ven, abre tu pecho conmigo, dejemos de excluirnos,

el tiempo disipado es la miel que derraman las botellas.

 

Ven, siéntete seguro, todo aquí tiene significado,

las líneas de tus manos y las de tu pasado.

Ven, mírame a los ojos y piérdete en ellos,

la oscuridad es infiel pero el sendero iluminado.

 

Ven, sigamos a oscuras, vamos a extraviarnos,

ingresemos por la cueva y escapemos por el campo.

Ven, siente el pasto en los tobillos y dejemos de afrentarnos,

el cosquilleo de la hierba nuestros cuerpos van forrando.

 

Ven, asoma tu cabeza, mira el horizonte conmigo,

ese que nos envuelve en los suspiros de nuestros antepasados.

Ven, siéntate conmigo, indúceme calor y súrteme de abrigo,

en esta banca nuestros sueños están resguardados.

 

(Pamela Bustíos nació en Lima, Perú, en 1975. Desde los 14 años reside en Miami, Florida. Se tituló en Ciencias de la Comunicación. Escribe poesía desde la adolescencia y publica en el espacio http://paraderomercurial.tumblr.com. Hizo varias contribuciones a www.lapoesiaalcanza.com.ar y, a nuestro pedido, envió una serie de poemas de los cuales sale esta selección).

 

 

 

   En la vía de la melancolía

 

Pasa mansamente al sur de la conciencia,

al compás del andar de los caracoles.

Falta de aliento, marcha abatido,

puertas brillantes, oscura ‎presencia.

 

Su vapor aborda sueños desalentados,

derrite glaciares, atraviesa pantanos.

Somos maniquíes bajo su comando

toma mi mano, superemos el quebranto.

 

Incita a abordar, vacío taimado,

atrás dejó su floreo vehemente.

Va en busca de senderos sosegados,

pañuelos húmedos, manos sin aliento.

 

Dudas, piedras, sollozos en silencio:

el tren se ha parado de abatimiento.

Abre y cierra sus puertas con fragilidad;

pasajeros mirándose con desprecio.

 

Pueblos desérticos, focos quebrados,

ha colgado sus músculos en el tiempo.

Su cuerpo reflejado sobre los cerros

y en los rieles sus anhelos postrados.

 

 

   Hombres…

 

Jugadores, buscapleitos, aburridos.

¡Caray, que no hay uno con acierto!

Y eso que no estamos entre muertos

tan sólo contándonos cuentos.

 

¡Que escasez de talento!

¡Que escasez de palabras!

Todos siempre con el mismo lamento

y una esperando que la boca abran…

 

¡Y es que son unos descarados!

Comiéndonos el coco con vergonzoso talante.

Que cuando nos miran evocan poco,

y cuando echan el cuento es a falta de aguante.

 

Y al pelotudo que siempre pide que se vacile,

¡a ensayar la escena y decir algo con acierto!

Que todos somos parte del desfile,

mas no todos del mismo concierto.

 

Entre risas y aviesas miradas,

esas que nos asfixian y sofocan,

Que alguien levante la mano, ¡Dios santo!

Que estamos deambulando las calles

sin melodía y sin encanto.

 

Mas para algo si sirven, ¡que alivio!

En aquellas noches de pertinaces borracheras,

vienen a darnos placer desmedido

y en despertares de lluvia, sacan sus banderas.

 

 

   Lluvia artificial

 

Golpes duros que desfloran sentimientos,

un cuerpo rígido encubriendo descontrol.

Nuestros intentos de hacerlo todo de nuevo

no hacen más que darle la espalda al sol.

 

Registra la mañana su aroma a geranio

filtrándose los rayos de luz por el ventanal.

Nos invitan a sanar heridas abiertas

depurando penas como abejas en su panal.

 

Pero somos necios, cobardes, nos aturdimos.

Exclamamos palabras, para algunos, sin sentido.

Emitimos sonidos exasperados reclamando refuerzo

contemplando el derrumbe de un sueño construido.

 

¿Cuántas veces más nos someteremos a penitencia?

¿Cuántas veces aspiraremos a vidas de catálogo?

Una utopía desfachatada, no más que agua estancada.

Restablézcase solo entregándonos al diálogo.

 

Muchas palabras quedaron sin pronunciarse,

muchas penas que adormecen nuestro pasado.

Llueven palabras decoradas, subyugadas.

nuestros ojos derraman gotas sin significado.

 

 

   En tránsito

 

 

La vida nos tiene andando, explorando

con las manos agitadas por el viento,

derramando alegrías y quebrantos,

el corazón latiendo en reconocimiento.

 

Y es que estamos aquí para vernos,

para captar nuestros olores carnales.

Estamos danzando al compás de los cerros,

de la melodía de nuestras visiones siderales.

 

Pasa el tranvía llevándose nuestros sueños;

unos asoman sus venas en busca de luz,

los retraídos se cubren y se hacen pequeños

mientras desparecen cargando su cruz.

 

Pasamos días en busca de aventuras,

pasamos años exponiendo razones.

Vivimos en colores fomentando locuras

atendiendo a las vibraciones de los corazones.

 

Travesías, treguas, palabras de mil sabores,

explayando las miradas con un propósito.

Y es que somos cuerpos excitando motores,

sin temor de encontrarnos en tránsito.

 

 

   El canto de la aurora

 

Marchan algodones escarchados,

sus cuerpos pesados

bailando en conjunto

y por separado.

 

Afloran las voces de los niños.

Los gallinazos dominan el cuento.

Uno a uno, se apoderan del cielo,

sus alas libres, abanican el momento.

 

Y más arriba, en el infinito cielo azul

los pájaros de metal dejan su huella.

Alineados, van ascendiendo;

intentan, quizás, tocar una estrella.

 

En un soplo de improvisación

se viste el paisaje de albo plateado.

Irrumpen las gaviotas desenfrenadas,

siguen su curso acompasado.

 

¿Danza la mar en el cielo?

¿Suspira el cielo en la mar?

Delirio de aurora

Texturas al azar. 

 

 

   Agua perdida

 

Pobre agua salina,

se desliza por la piel,

tristemente generada

privada de intención.

 

El origen de su presencia

está saturado de cal,

entumece la danza del aire

entorpece el sol de su ser.

 

Se esconden los aromas

se debilita su crecer

desaparece la certeza del alma

surge la irritación del ser.

 

Pobre humor de la mañana,

desdichada luz creciente.

Están siendo castigados

sin el gozo de su haber.

 

Contenida con rigidez

Confundida, maltratada.

Inducida en un viaje,

cuestiona su existencia.

 

‎Pobre agua estancada

ahora ha sido apartada.

Suelta un llanto lúgubre,

se hace parte de la nada.

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