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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Estela Zanlungo

 

En la ola del sueño alguien  me está buscando:

un desesperado abrir de puertas

todas a la

nada.

 

El aliento contenido,

la presa,

sobre la nuca un animal enfermo guidado por su olfato.

 

Flamea suave el ruedo de mi vestido

clavada a la pared de la

cornisa.

 

--

 

La decisión de zambullirnos

destella sobre el agua;

 

los dos de pie en la orilla:

una cuerda

de la que nunca terminamos de tirar

 

como cuando en un punto ligero de la danza

la mano hace resina

sobre el hombro desnudo.

 

Silenciada la idea de nombrarlo

me abandono a  la noche y su virtud

de poner negro sobre blanco.

 

No hay mordaza

para el don de esta lengua

en el idioma dormir.

 

--

 

Visto de adentro

el mediodía es extranjero

 

la sombra en la vereda

traza un límite

a los ensayos de arriesgar.

 

Replegada en un punto

me empeño en que sucedan cosas

 

hoy no ha venido nadie.

 

--

 

La mano empuña el destino

del cuchillo,

un olor ácido

de hebras recién arrancadas a la madre

impregna la madera de picar.

 

Engaña ese perfil de hierba enflaquecida

esa docilidad de poca flor.

 

Luzco mis esmeraldas

de noche

para que su boca se haga agua.

 

--

 

En la casa del sueño ya no hay nadie:

luz rasante de las siete

que le alisa los patios recién baldeados.

 

Un olor

a piel transpirada de los abuelos

me devuelve a la hora de la siesta.

 

Cuando digo no hay nadie

estoy diciendo

que no me abren.

 

--

 

Yo iba en el sueño

ínfima

apoyada en sus pies

                 y él me llevaba.

 

Yo lo dejaba hacer

sin resistirme

ni objetar.

 

Caminaba él por mí

y yo como de seda

minúscula.

 

En el regazo del verdugo.

 

--

 

Un hombre dice de sí mismo que no puede;

 

a lo largo del tiempo lo ha sostenido

y hoy ratifica esa escasez

a los ojos del hijo.

 

Yo caminé sobre sus pies

como en los de un gigante

en sueños

extraviada.

 

Esta versión de la verdad

cosecha mi siembra.

 

--

 

La ausencia de ese hombre

me somete a pensarlo;

 

delibera conmigo

alrededor de la palabra

                        desconocido

sin perfil ni olor;

 

paréntesis para no decir

mientras se induce tácito

el pacto de algo frondoso que me obliga

 

como el azar,

el juego vela y llama.

 

(De “Soñar con agua”, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014. Esta obra recibió el primer premio del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional y Estímulo a la Industria Editorial, Fondo Nacional de las Artes, 2012, que tuvo como jurados a Arturo Carrera, Tamara Kamenzszain y Damián Ríos. Estela Zanlungo nació en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1958. Participó en la Clínica de Escritura Poética de la Biblioteca Nacional de su país. Poemas suyos fueron incluidos en las antologías 2008/2009 y 2010/2011, con selección y prólogo de Liliana Lukin y publicadas por Ediciones La Biblioteca. El jurado sostuvo que “hacen al libro versos delicadamente escandidos, la respiración como tema y como procedimiento, figuras retóricas precisas, imágenes claras y el rumor de fondo que acompaña siempre la mejor poesía. El poema discute y mima poéticas recientes, busca concientemente una tradición en la que quiere ser leído y está felizmente cimentado, como reflejo de imágenes misteriosas, líricas; tías que tejen tras los vidrios o puntos en la noche para soñar con agua”).

 

 

En un extremo

que no retorna nunca

un hombre sorbe infusión de mí:

trama hace,

escribe y huye.

 

Jala de la razón,

el hombre,

mientras yo me desnudo

para torcer  la soga

en el centro de sus ojos.

 

Con la primera luz

él siempre da la espalda

mi nombre sabiendo en su boca

a lengua muerta.

 

--

 

Nada de él para ablandarme

que se palpe

como encerrada en una caja

que otros tocan

 

ni una señal que sirva de evidencia

permanezca

sepa a cuerpo reciente

 

sólo un  chasquido de ardor

que abandona la nuca

se conmueve

y se extingue en la curva de la espalda.

 

--

 

Como si otras delicias

no hubiesen precedido este momento

acaricio las marcas

de la ficción que construimos.

 

Algo dirán por mí

al escuchar esta voz

cuando lo nombra.

 

--

 

A este silencio nuestro

me cuido de dirigirle la palabra,

deleite de los dos

que se hace fuerte

en lo discreto de sus dotes.

 

Yo lo rehuyo en el papel

le esquivo la mirada.

 

Siempre es por hoy

que sostengo la tentación del atenuante.

 

--

 

Ella toma distancia

y ve cómo se aquieta el barrio.

 

Por el resquicio que hace

entre pulgar e índice

se lo guarda en el ojo

se lo lleva a la boca.

 

Su palidez la cuelga

rama de ceibo

hundida en la humedad del terraplén.

 

Abandona las vías

de madrugada

para que el primer tren no la lastime.

 

--

 

Entre dos exiliados

esta tregua

otra clase de dicción

una dosis que no reemplaza

pero alivia.

 

Yo consumo la inercia

de una sustancia sorda,

 

mis pies salpican agua

entre sus dedos

y lamen como una lengua al no decir.

 

Disimulada

voy dejando semillas

que como en el cuento

hablen por mí.

 

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