• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Mujer y Poesía (II)

 

   Esta es una segunda selección de poetas que, con motivo del Día Internacional de la Mujer, que se celebra el 8 de marzo, surge de propuestas realizadas por nuestros lectores. Lo hicieron a través de nuestra cuenta en Twitter, @AlcanzaPoesia. La colombiana Luz Helena Cordero Villamizar fue propuesta por @VozDisidente; la española Elena Medel, por @rsolev; y la argentina Olga Orozco, por @jdanielsalica.

 

   LUZ HELENA CORDERO VILLAMIZAR

 

   Proyecto de un libro de poesía

 

Ha de ser vasto como el amor

Debe tener los folios salados

para devorarlo de un bocado

Tiene que ser suave y ofensivo

ancho y lleno de sustancia

Debe venderse por las calles

como los dulces o el agua

para que viaje en maletas escolares

y salga de paseo con los perros

Ha de tener ojos para ciegos

y espinas en las hojas

Debe reciclarse en los muladares

y pescarse en las cloacas

Imagino un libro como cirio en aquelarre

hecho canto o insulto

conejo en la levita de los magos

impertinente y súbito

volando por habitaciones estrechas

riéndose de los libros que yacen

en las estanterías del tedio

Un libro que suplante a Dios

en sus siete días de génesis

Para qué otro delirio pueden servir las palabras.

 

 

   Los Idos

 

Y de repente todos se han ido

como en el poema de Vallejo,

han sabido irse

que es su forma de perdurar.

Tenían reservado su mejor traje,

su tiempo desparramado sobre la cama,

las ganas de partir se les salían por los ojos,

su cuerpo estacionado y ellos tan lejos,

siempre añorando otro lugar y otro y otro,

desesperados de estar, esquivos de ser,

irse de todos modos era la consigna,

huir, su mejor verbo.

Verlos despedirse en los aeropuertos

donde se les rompen las maletas,

un retrato enorme, el olor que se destiñe,

imposible embalar la memoria.

Una nueva vida, como si hubiera nueva,

como si no se siguiera gastando la inocencia,

otro sabor en la boca,

pegados de la punta de sus dedos

al cuerpo del pasado,

lugar de apariciones, su cabeza.

No volverán nunca los partidos, los rotos,

los llorados,

a veces no los recordamos.

 

 

   Los Quedados

 

Cobardía o torpeza

o simplemente desgana de partir,

trabados a las paredes y los muebles,

pesada la marcha hacia el olvido,

solos o estropeados de tanta compañía,

siempre mirando por la ventana

a los que se alejan,

incapaces de encender la cerilla

para desalojar el letargo,

tercos en sus juicios, necesarios,

sin ellos se caen las puertas, las certezas,

listos a recalentar la comida, el rencor,

ofenden el aire con sus oraciones,

incansables en su paciencia categórica,

escribiendo cartas como pañuelos estremecidos,

mortificando con la miel de sus preguntas,

pesados como barcos abollados.

En sus pies aprietan fuerte las raíces.

La noticia de su muerte nos ha de llegar tarde,

ni siquiera eso nos hará regresar.

 

 

   Los Convidados de Piedra

 

Aquí están los convidados de piedra,

oigo sus pechos hincharse de aire, llenarse de tierra,

traen sus zapatos y sus hijos, los mandan callar,

los envuelven en susurros, caminan arqueados o erguidos,

colman las avenidas y las cañerías,

se visten con todos los colores, sin vergüenza,

ni la tienen ni la esconden,

van a los cines y a los supermercados,

zarandean los paquetes, satisfechos,

protegen bien sus puertas de ladrones,

de noticias, de afectos, de compasión.

En los bolsillos camuflan el miedo,

no olvidan el paraguas y siempre tienen prisa,

salen cándidos y peinados, libres de ideas y fervores,

en los ascensores miran para arriba, trabajan,

no son culpables de nada,

excepto de sus manos de piedra que aplauden

la desgracia,

excepto de su alma mineral

y de estas ruinas que atesoran, tan pacientes,

los convidados de piedra.

 

(Poemas tomados de eugeniasancheznieto.blogspot.com. Luz Helena Cordero Villamizar nació en Bucaramanga, Colombia, en 1961. En poesía publicó, entre otras obras, “Postal de la memoria (antología personal), en 2010; “Por arte de palabras”, en 2009; “Cielo ausente”, en 2001; y “El puente está quebrado”, en 1998. Poemas suyos fueron traducidos al alemán, inglés y portugués. Otros fueron integrados a diversas antologías, entre ellas “Antología de la poesía colombiana 1958-2008”. Es también narradora y ensayista).

 

   ELENA MEDEL

  

   Escribiré quinientas veces el nombre de mi madre...

 

Escribiré quinientas veces el nombre de mi madre.

Con un vestido blanco trazaré cada una de sus letras por las

          paredes de mi dormitorio, por el suelo del patio del

          colegio, por el pasillo de la casa más antigua. Para

          recordar mi origen cada vez que yo viva.

En todos los lugares podré besar sus mejillas limpias de

          cristal, aunque ella duerma lejos:

sus mejillas cercanas que me dolerán allá donde acaricie

          su nombre escrito.

Tantos días, tantas noches habrá de alimentarme

          amorosamente con su parábola descalza;

vendrá mi madre a arroparme, mujer de humo, con los ojos

          tiritando de suerte,

y en cada sueño mis apellidos dolerán como un cartel de

          bienvenida a un hogar diferente.

Sobre mi cabello, rubio como el de mi madre, la corona que

          me ciño como hija primogénita de Dinamarca.

Me llamaré Vacía, en honor a mis muertos; miraré cómo

          retozan de acrílico las palmas de mis manos, sangrará

          mi lengua a disposici6n de mis muertos.

Gritaré quinientas veces el nombre de mi madre para quien

          quiera escucharlo, y escribiré que bendigo este medio

          corazón en huelga mío, pues no olvido:

nací para llorar la muerte de otros.

 

 

   Mi primer bikini

 

Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.

Lo sé porque mis dedos

se transforman en lápices de colores.

Lo sé porque con ellos

dibujo en las paredes de tu casa

mujeres con rostro de epitafio.

Porque, a la caricia de la punta,

comienza el derrame de los cimientos

formando arco iris en la noche.

Porque, al escribir testamentos

en el suelo, se remueven las vísceras

de azúcar, y trepan tus raíces.

 

Grabo versos de colores fríos

en tu piel, de arquitrabe a basa,

y les llueve y los diluye, y compruebo

que la lluvia suena como hacen al caer

las canicas brillantes y naranjas

que cambiaba en el patio del recreo,

poco antes de calzar mi primer bikini.

 

Hoy guardo las canicas, como un apagado

tesoro, en los huecos de otras espaldas.

 

Pinto también en la terraza de enfrente

un jardín de lápidas cálidas y hermosas.

Trazo como una medusa de bronce,

un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo

el valle diminuto que proclama que es frágil

y sin embargo, dirás tú, sobrevive.

 

 

   Aquello en lo que te fijas cuando salimos por las noches

 

Mi madre me enseñó que la mejor forma de pasar por la

          vida era renunciando a la propiedad particular.

Ella me convenció de que podría transformar los balbuceos

          en música de cámara, con mis zapatos.

Tus zapatos son mágicos, me dijo. Pierde uno y ganarás un marido.

          Vende dos y ante ti se revolverán las semillas de tu reino.

Y yo susurraba: mi reino eterno. Junto a él.

Decidí que los compraría de colores para camuflar mi identidad,

          sobrios si aspiro a desvelar mis secretos.

No tacones ni zapatos planos ni aerodinamismo; le quiero

          suciamente. He descubierto que pasos-pequeños

conducen a una-mujer-seria-con-dos-rayas-absortas.

 

Descalza, de puntillas, vuelvo a tener diez años y a morirme

          por dentro de tanta soledad.

 

(Poemas tomados de www.amediavoz.com. Elena Medel nació en Córdoba, España, en 1985. Publicó “Mi primer bikini”, en 2002; “Tara”, en 2006; y “Chatterton”, en 2014, obra con la que obtuvo el premio Fundación Loewe a la Creación Joven. Poemas suyos fueron traducidos al alemán, árabe, armenio, esloveno, euskera, francés, inglés, italiano, polaco, portugués, rumano y sueco, como reporta en www.elenamedel.com. Es también crítica literaria y editora de La Bella Varsovia).

 

 

   OLGA OROZCO

 

   Con esta boca, en este mundo

 

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,

aunque me tiña las encías de color azul,

aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,

aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas

y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,

ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,

y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,

ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura

nieve

donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.

Hemos hablado demasiado del silencio,

lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,

como si en él yaciera el esplendor después de la caída,

el triunfo del vocablo, con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!

He dicho ya lo amado y lo perdido,

trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.

A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,

retumban, se propagan como el trueno

unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la

oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la

muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido,

porque ¿cómo nombrar con esta boca,

cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo

con esta sola boca?

 

 

   Con la misma piel

 

Fue muy largo esta vez el año de las víboras,

duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil.

Sus nudos me ciñeron al vacío,

a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno

y que me balancea a punto de arrojarme,

a punto de ceder.

Fue cruel la temporada de las víboras

-la más cruel del bestiario-,

su látigo enredado a mis tobillos sometiendo el lugar

y su turbio veneno destilando la furia y el reclamo por mi

maldita boca,

contra todo perdón.

¿Y hasta dónde tapizarán con piedras tramposas mi camino?

¿Y hasta cuándo cancelarán la entrada de los más

deslucidos paraísos?

Donde había un jardín crecieron como locas las gramillas.

No hubo vino feliz ni el sol volvió a salir desde mi puerta.

Mi mesa está rajada; mi silla no está en pie.

En mi cama hizo nido el alacrán y las sábanas son sudarios

congelados.

He perdido pedazos de mi cuerpo, trozos irrecobrables.

Mi alma fue estrujada como un mísero trapo,

molida en el abrazo constrictor de las víboras que se muerden la

cola alrededor de mi destino.

Porque no habrá relevo.

No habrá más rotación de sabandijas. Ningún cambio de piel.

Y desde cada cara vendrá Job a predicar su ejemplo,

erróneo, insuficiente, lamentable,

porque nunca, jamás, ninguna recompensa desandará la pérdida.

 

 

   Mujer en su ventana

 

Ella está sumergida en su ventana

contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.

Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable

desde ahora

como el mar en un cuadro,

y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales

procesiones.

Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;

allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si

nada,

y alguien en cualquier parte levantará su casa

sobre el polvo y el humo de otra casa.

Inhóspito este mundo.

Áspero este lugar de nunca más.

Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche

-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,

pero nadie lo ha visto, nadie sabe,

ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas

alas,

los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,

aunque cada pisada clausure como un sello todos los paraísos

prometidos.

Ella oyó en cada paso la condena.

Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su

ventana,

la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,

como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,

hubieran sido el verdadero límite,

el abismo final entre una mujer y un hombre.

 

 

   Pequeños visitantes

 

Sé que hay algún avaro lugar donde se guardan pedazos

del paisaje,

escenas incompletas como cualquier escena de este mundo,

poblaciones y gentes aferradas a un solo atardecer,

a una sola tormenta.

Se dirían imágenes arrebatadas al pasar por un golpe de viento,

retazos del pasado recogidos como por un rastrillo para

el último día,

quizás como testigos, quizás como una prueba destinada

a la hoguera final.

Ese sitio imantado deja escapar a veces sus mezquinos tesoros,

quién sabe por qué grieta, por qué secreto acierto del azar,

y vienen hacia mí, que apenas reconozco esas apariciones

en las que ya no soy y los otros si están han perdido la

sombra y el color.

Pero igual me persiguen con sus lerdos oleajes,

se obstinan, se desvelan, como si en mí estuviera la

clave de su exilio,

la llamarada madre.

¿No busco así también la imagen escondida de la que

intento ser la semejanza?

Y aunque a mí no me alcance la forma ni el fulgor para modelo,

debo enfrentarme aún una vez más con palabras roídas,

con gestos recortados,

con espejos infieles de episodios casi desvanecidos

como quien se contempla en los retratos de algún álbum

leproso, miserable.

¡Ah, porque no se trata de momentos guardados para la

gran memoria!

¿Y a quién interrogar por esta ciega ronda de ratones?

¿Son tan sólo humaredas,

vanas emanaciones desprendidas de un gran fuego central?

¿o alguna proyección con que poblé, ignorante, los pálidos

desiertos de la soledad?

¿Y si fueran, opacos, andrajosos, con su gris aterido,

los fieles anticipos de mi verdadera vida, más allá?

 

(De "Poesía completa", edición y cronología de Ana Becciú, prólogo de Tamara Kamenszain. Colección la lengua / poesía. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2012. Olga Orozco nació en 1920 en Toay, provincia de La Pampa, Argentina. Murió en 1999 en Buenos Aires. Entre los reconocimientos que recibió, figuran el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes -1980-, el Primer Premio Nacional de Poesía -1988- y el Premio Gabriela Mistral otorgado por la Organización de Estados Americanos, OEA -1998-. Los tres poemas precedentes corresponden a "Con esta boca, en este mundo", de 1994).

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