• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
  • @xhuvia922
    Las esponjas del mar borran el horizonte
  • @nancyeldarjani
    El tiempo es un olor cuando llueve
  • @DeNegraTinta
    También te quiero a deshoras
  • @DLobosyQuimeras
    Barcos de papel en dique seco
  • @LaPetit10
    Yo ya no quiero sueños intocables
  • @BlueDement_
    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Albeiro Montoya Guiral

 

   El nombre del fuego

 

La vida es amarga, en consecuencia, besa.

Quémate si el fuego en que amamos es el último.

No temas a mis manos que aprietan tus senos

como si fueran dos azucenas vencidas por la noche,

así como yo no temo a tu delicada forma de abarcar mi cuerpo

de hombre o de sueño o de árbol ─qué sé yo─,

aprendí a olvidar de qué extraña sustancia amanezco

construido cada día.

Amar es lo único que nos queda por hacer.

Vivir en esta instancia de la muerte

es ínfimo comparado al amor.

Desnudarnos fue un acto apenas cotidiano

como soñar con rosas o bailar antes del sueño.

Desnuda sé amarte como si estuvieras hecha

de azucena estremecida

o de lluvia amaestrada para caer en la melancolía.

Sabe amar mi cuerpo desnudo de hombre o de sueño o de árbol.

No prestes atención a las dos palabras estremecedoras de mis ojos.

El nombre del fuego no se pronuncia:

se besa.

 

 

 

   Eres hijo de ti mismo y te muerdes

 

Padre, tu único hijo ha muerto para que mis manos nazcan,

tu único silencio fue invadido

por guaduales y lámparas.

Tristes caballos miran la llovizna

de la infancia caer en la ciudad lejana.

 

Eres padre de ti mismo, infortunio.

Eres hijo de ti mismo y te muerdes.

Padre, tu único hijo ha muerto

y está habitando los zapatos del olvido.

 

 

   Naturaleza muerta

 

La muerte puede ser un sombrero blanco

sobre nuestros mejores libros,

un vestido sin estrenar,

un par de camisas a rayas que huelen a café,

una mujer venteando un fogón para encender la tarde.

 

Pero no,

soy yo

tan solo,

barriendo imágenes

en la oquedad de este instante.

 

 

   El verano

 

La tierra es un perro amarillo

que duerme a la sombra de un guayabo.

Las mujeres le llevan agua robada

en la noche de un secreto yacimiento,

pero él, indiferente, duerme el sueño del sopor.

 

Un pájaro de luto vuela en círculo

mientras lo espera ver morir.

 

Si yo no fuera niño

saldría de esta humedad donde me enterraron

para espantarle las moscas,

para espantarle la muerte al verano.

 

 

 

    Última calle

 

                                A Carlos Héctor Trejos Reyes

 

 

Todas las noches vendrá a ladrarte una lejanía

y vas a soñar que te disparan con piedad.

Todas las mañanas despertarás

empuñando una paloma muerta.

De tus ojos saldrá

un agua de rosas antiguas

pero no podrás morir jamás.

La muerte te va a dejar esperando,

vestido y engalanado

a la altura de la mejor celebración.

 

Quienquiera que seas:

sin remedio tendrás que vivir.

A solas irás por la única calle que le queda a tu ciudad.

La imposibilidad del retorno y de la despedida

como aceite goteando de tus dedos.

Se te hizo muy tarde para morir.

Se te ha hecho tarde.

 

 

   Es invencible el insomnio

 

Una noche lluviosa

no me dejaba dormir con sus ladridos.

Lo llevé afuera,

le introduje el cañón del revólver en el hocico

─estaba amistoso ante mí,

lamiéndome la mano, meneando su cola peluda─.

Lo miré a los ojos y, sin apiadarme, disparé.

 

La noche lo vio perder la cabeza

y escuchó el último latido de su corazón.

 

No sé cómo

a pesar de lo que cuento

va detrás de mí a todas partes,

siguiéndome de lejos por los caminos,

y llegando hasta mi lecho para interrumpir mi sueño

el perro incansable de la poesía.

 

 

   Piromanía

 

Quiero jugar el fuego

incendiarme en tus ojos

donde todo existe

porque nada existe fuera de la noche

 

Quiero jugar el fuego

esta sospecha de que no existo

y apenas soy un traficante de silencios

un vendedor ambulante de la memoria

 

Quiero jugar el fuego

incendiarme en tu boca

donde se accidentó el deseo

por pasar en rojo las palabras prohibidas

 

Quiero jugar el fuego

Besarte

robar las llamas

y ganar la muerte

 

(Los primeros dos poemas fueron tomados de “En tierras del cóndor, muestra de poesía Colombia-Perú”, publicada en 2014, con selección por parte colombiana a cargo del poeta Juan Manuel Roca. Los restantes son inéditos, y fueron enviados por el autor para esta publicación. Albeiro Montoya Guiral nació en Santa Rosa de Cabal, Risaralda, Colombia, en 1986. Es poeta y ensayista. Actualmente se desempeña como profesor universitario. Candidato a Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia en la profundización de Poesía. En 2011 realizó una investigación sobre los poetas Carlos Héctor Trejos Reyes y Orlando Sierra, titulada “Poesía de la muerte y muerte de la poesía” para el Portal Literario del Eje Cafetero. Dirige el portal literariedad.co).

 

 

   Velar las armas

 

Para qué ver en la aurora un símbolo

o el estallido de un alfabeto

cuyas esquirlas rompan los vidrios

de la memoria

si, al fin y al cabo, la poesía,

como el hombre, para nada sirve.

 

Velar las armas, cortar las manos

del titiritero, buen demonio

que para vaciar toda la furia

acendrada durante milenios

contra quien sopló vida en su rostro

nos provoca esta mala pasada

de hallar bello el mundo que nos mata.

 

Huyamos como Rimbaud a la tierra

de los elefantes, o matémonos

con un verso en una tarde de octubre.

 

   Labios de ceniza

 

Café hondo el pueblo a distancia fulgurante

café hondo el silbido del viento

que confunde los árboles con perros

Café hondo la tibieza donde alguien menudo

dejó un beso marcado en nuestro espejo

con labial de ceniza

como advirtiendo que jamás volvería

Ojos morenos

Café hondo que bebo a solas

 

 

   No nos amemos

 

Espérame

no puedo ir a ti sin saber por qué el miedo

a quienes están exentos de la felicidad

les reparte claveles morados

cartas sin firma y sonrisas póstumas

Espérame

tengo que acabar mi vida antes de amarte

Antes que nada tengo que morir

 

 

   Acta de defunción

 

Hago constar que ha muerto en mí

aquel que se pintó en la cara una nariz de poeta

para hacer reír al mundo.

Se entregan, para cumplir su última voluntad,

el ritmo de una canción,

el bullicio desenfrenado de un amor,

la camisa de rayas infinitas de su padre,

las manos musicales de la mujer

que lo puso en la tierra

como quien arrojara una flor en una tumba,

la foto de un perro amarillo

(de fondo unos muchachos sonrientes

antes de que se los tragara la montaña),

el sombrero de un hombre que murió

a la primera luz de un día aletargado toda una vida,

y el discurso ignorado de las horas untadas de vacío.

 

 

   El viento podría equivocarse

 

Si por un error del viento que viene del sur

llegaras a morir,

o si cayeras de pronto en el olvido,

en algún lugar no difícil de encontrar

deja un poema voluntario

que se encargue de distribuir la vida y la palabra

que queden inconclusas.

 

Aunque quisieras irte en silencio

no tendrías otra opción

porque la palabra es postergar la vida,

y la vida postergar la esperanza.

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