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Leopoldo Castilla

 

   Poemas de “Gong (Canto al Asia)”, trilogía con la cual el poeta argentino obtuvo el premio Víctor Valera Mora 2014, como se anunció a fines de agosto. Los tres libros reunidos son “Baniano”, “Bambú” y “Durián”).

  

   III (de “Baniano, Sudeste”)

 

En la piedra

(como él

dormida para desaparecer)

pudo guarecerse el Buda.

 

Le han grabado en los pies

el envés del universo,

toda la historia en una sola huella:

            sólo de la progresión de un mismo instante

            puede nacer un dios,

            por eso no alcanza a la naturaleza.

 

La piedra todavía es hombre

le amansa la forma

la memoria

            ni cuando sea polvo

            podrá escapar al dios

 

no tienen espacio

            las distancias,

la canción que oran

es el eco del pie

de este ser sin futuro

al que oyen avanzar

volviendo sobre sus propios pasos.

 

No hay extensión

 

            lo infinito cabe en el rayo

           de una imagen que se pierde.

 

 

   VIII (De “Baniano, India”)

 

Cómo habrá entrado a la luz de la luna

dormido sobre el catre

de sus huesos negros,

en esa apalomada inmortalidad

que ni siquiera siente

la velocidad de la acera

bajo las patas de la cama

ni a la ciudad que gira a su alrededor

como si él estancara

el resumidero del día.

 

En el centro de las recovas circulares de Nueva Delhi

como un insecto vivo

caminando

sobre una mente en blanco.

 

Nos ha dejado fuera

mientras su cabeza emerge

                                   sola

                                   en otro océano.

 

¿Qué resurrección de la luz

sostiene

al desasido?

 

¿Y nosotros, expulsados de todo amanecer,

qué haremos con el ojo calcinado

igual que un faro

que mueve su bastón ciego?

 

   XIII (De “Baniano, India”)

 

Este hombre que duerme desnudo en el asfalto

no puede aparecer.

 

Una larguísima soledad se extiende

de esa carne

como un párpado caído en plena calle.

 

De pronto, al verlo, los que íbamos

comenzamos a manar nuestro invisible:

nos abandonan lunas, adormilados animales,

espejos narcóticos, entumecidas memorias,

alguien que nunca había nacido,

y se hunden en el medanal de su cuerpo

y cruzan con él

hasta la planicie

donde a la eternidad

            la alarga

                        una estéril naturaleza.

 

Ahora los que van por la ciudad

temen por ellos,

                        por sus deformidades,

 

el hombre

por el horno de su cremación

-su casa-

donde multiplica por un pozo

los caminos

y teme el pájaro

que creía

que el espacio era su cerebro

y las bestias al saber

que nunca habían sostenido la tierra.

 

   Las casas de Buda (De “Bambú”)

 

                                   A Anthony Edkins

 

   I

 

Buda buscó la total disolución,

y fue representado hasta el infinito,

por los que desean -y no soportan-

la ausencia de dios.

 

Con más clemencia,

unas vetas de lluvia, unas hebras de viento,

intentan borrarlo de la pared de la caverna.

 

Hay otro nirvana y es el olvido.

Todavía camina en una estatua

ondulando el espacio, afeminando el aire. 

 

La hora cero

                        tiembla allí

                                   esperanzada.

 

Contra lo absoluto

Buda

a la delicadeza de la tierra,

encadenado.

 

(De “Gong (Canto al Asia)”, colección Palabra y Actitud, La Letra Impar, Buenos Aires, 2012. Leopoldo Castilla nació en Salta, noroeste de Argentina, en 1947. Sus primeras ediciones de poesía datan de 1968. Se exilió en España, a raíz de la persecución de la dictadura cívico-militar que asoló a su país a partir de 1976. Lleva publicadas alrededor de treinta obras, entre poesía, narrativa y ensayo.  Poemas suyos están traducidos al alemán, chino, francés, inglés, italiano, macedonio, portugués, ruso, sueco y turco. “Antología poética” fue publicada en Venezuela, en 2008. Su cuento “La Redada” fue llevado al cine como largometraje, con dirección de Rolando Pardo. Entre numerosos reconocimientos que preceden al Valera Mora, obtuvo el primer Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires, 1998-1999, y el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, de Argentina, en 2000. La Universidad de Carabobo, de Venezuela, lo condecoró por el conjunto de su obra).

 

 

   Intruso en una aldea de Laos (De “Bambú”)

 

Ya te están midiendo.

Te van a apagar el fulgor y la insolencia.

Bebes de su agua y el agua te desconoce.

Se ataranta el humo de sus chozas

y esa mujer desnuda se moja con una luz de guerra.

Qué haces en la aldea

rompiendo la hora del que miraba,

sus lugarcitos temblando,

                             su viejo nacimiento.

Si no te difuntan es por lástima

a ese pájaro ojoso

que te sostiene, insolado, en un cielo ajeno.

Ni gastan palabras. Así como has entrado,

perderá el oído tu camino.

 

Que los niños te persigan con piedras,

que las piedras te persigan,

que te expulsen,

que te arranquen la sombra, la tentación y el cuchillo.

 

Sólo así,

            desamparado,

                                   se mira el desamparo.                      

 

   Katmandú (De “Bambú”)

 

Se ha volado Katmandú. Sus pueblos

como cofres

demasiado abstractos para la tierra

y sus hombres,

piedras de otra intemperie.

 

Ya pasó todo el tiempo.

El sol y la luna

cuelgan sordomudos;

ya no vuelven las calles

y los cuervos aúllan en los árboles

por el mundo raído.

 

Un mendigo repta:

llega tarde a su desaparición.

 

Mañana,

desde el cielo cerrado,

tal vez lluevan

                        montañas.

 

 

   Contraluz (De “Bambú”)

 

A contraluz del atardecer

hacia el Himalaya

todo el día se hunde en esa mujer

nimbada por la luz de la nieve,

doblada por la tiniebla de sus dioses,

sube hacia otra gravedad,

 

ella,

piedra del rayo,

inhumana el campo de flores amarillas.

 

 

   La anciana y el gallo (De “Durián”)

 

La anciana en cuclillas

tiene la misma altura que el gallo

que tienta un paso, cerca,

sin saber si ella es gente

                                               o leña.

 

Todo se ha derrumbado en la mujer,

menos los ojos clavados

en un antiguo porvenir.

 

Algo ha emboscado al tiempo

que no cesa

ni mueve esa balanza.

Algo espantó la naturaleza

de estas dos criaturas

feroces y exactas.

 

No queda nadie en el mercado de Rantepao.

La noche no oscurece al gallo, su hora alerta.

Ni a su enemiga:

la vieja que está y no está allí

fija

    mirándolo

                        desde el último día.

 

   Tsunami (De “Durián")

 

Todo lo que estaba lejos

quedó espantado,

tiniebla tenía la comida

nervios al aire los jardines

la luz colgaba rota en el viento

los pájaros volaban sin salida

sonidos eran nuestros sueños

y sepelio del agua

            la duermevela.

 

Poco a poco los hombres regresaron a las casas

el camino a la tierra

y el mar a la distancia.

 

El horizonte, no.

El horizonte y nuestros ojos no volvieron nunca.

 

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