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Romina Cazón

 

   La señal más justa del alba

 

   I

 

Despertar misteriosamente con las pestañas bondadosas y la pereza en las manos sobre un  punto de la piel. Escuchar un  susurro en la ventana  cuando se acerca un mendigo y el tic tac del reloj egoísta en las orejas.

Despertar con una  mariposa  en la cortina, con el grito que viene de la otra ciudad y con el peso de la carne. Mirarte sin mayor problema,  con la señal más justa del alba, en el recorrido de los segundos, en el abrazo de los cuerpos.

 

   II

 

El alba  ofrece  un paisaje solemne:

                                                  un rito en la membrana

                                                  mientras yo miro  los despojos 

                                                  de la noche.

 

   III

 

6:30 am

El sentido de la luz manipula en  la cabeza.  Lavarse los dientes no basta para  olvidar  el bordado de las sábanas.

 

7:00 am

Un  grito en el espejo disipa la memoria en la atmósfera.   Verse a una misma es  hacer agujeros para guardar el llanto

 

7:30 am

El  café  adorna el centro de la mesa. Es el turno de escuchar a la sombra y soportar   la rutina en las uñas.

 

 

   IV

 

Te dije: no vengas con  la luz  hacia  mi boca. No traigas el alba a mi lengua.  Tampoco  mires  el libro  que dejé en  abandono. Lo cerré porque me aterra  el lenguaje  de las aves y yo soy de un lugar que no tiene nombre como esas oraciones  que no puedo decirte  cuando  reposas en mis entrañas.

No vengas con la luz hacia mi boca. Afuera no hay nada que no pueda haber aquí.

 

 

   V

 

¿Qué has hecho? Pensaste que  las manecillas del reloj se parecen  a los dedos  cuando se clavan en la sábana.

¡Ah! ya sé, pensaste que las aves ponen en riesgo nuestra soledad. ¿Para qué tanta soledad? El vecino  vivió solo, murió solo y ni un pájaro lo acompañó.  Yo quiero  que me pongas adelfas cuando me hunda y que  tapes mi boca para no inventar palabras. Y si te hundes quiero cavar el foso con mis lágrimas. Después seremos dos pedazos de carne oliendo a osamenta. Nos  iremos sin bendiciones ni saludos. Tendrás un hoyo en tu cara, otro en el brazo, en la pierna, en todas partes y yo  también los tendré,  pero no diré nada: lo que tiene nombre no se dice para que no duela en la  memoria. Será mejor agarrarnos  del espíritu,  si es que  eso nos queda.

 

 

   VI

 

Venir  de las sombras y de la tierra. Tú vienes también.   Fijas la mirada en mi ombligo y abres la boca.

¿Esperas que el aire te dé vida? Todo vendrá  de la cama. Ese es el comienzo de la historia para todos. Nadie se escapa de lo que está escrito: venimos desde  lejos para olvidar el origen. Aquí no somos más que inmigrantes: traemos la piel y nada más.

 

 

   VII

 

Mi piel es de lluvia, bébela. 

Quedarás exhausto,

pero yo te esperaré  dilatada sobre un lienzo.

 

(Del libro “Del fondo de ningún vientre”, Ediciones El humo, México, 2012.Romina Cazón nació en Jujuy, Argentina, en 1981. Reside actualmente en Querétaro, México. Textos suyos fueron publicados en antologías, así como también en revistas impresas y digitales de Latinoamérica y Europa. Es autora de “Con mis uñas de gata”, poesía japonesa, 2008; “Patria Ajena”, poesía, 2010; y “De sus piernas en mi cuello”, cuentos, 2013. Autora de  “Artefatuo”, poesía visual, 2014, y “Material On/Off”, poesía visual, 2014. Además de escritora y artista audiovisual, es promotora cultural. Compiló “Panorama de la poesía mexicana”, con textos de 69 autores, Ediciones El humo, 2009. Dirige la revista de arte y cultura “El humo”, www.revistaelhumo.com, y “ZONA NO VERBAL” , www.zonanoverbal.blogspot.mx. Es responsable de Ediciones El humo, colección poética Ojo Cautivo).

 

 

   VIII

 

Llevo a cuestas una manzana  que comí hace años y de vez en cuando goteo  la condena por mis piernas.  Cubro  con un dedo el lugar del encuentro y me postro en la orilla  de tu  cutis para lavar los lamentos.

 

 

   IX

 

Tus manos  de ave   escudriñan  la geometría de mi vientre. Insistes en habitarme  desde que no tenía nombre, pero está todo   en mis labios: las cenizas vendrán a mí para hacer el fuego.

 

 

   X

 

Heredé  de mi madre el sexo, luz de antaño.  He venido desde ahí  para  acribillar   el silencio con mis tres idiomas. Tengo la voz   de una perra a punto de parir  y  camino con el paso acelerado  para no olvidar la dirección  de la noche. Desde la cama miro a la eternidad con un ojo amputado.

Heredé de mi madre el pensamiento, trágico en  días de lamentos y  paciente  en horas de niñez. Tengo  siempre la palabra justa cuando amanece. Digo sólo lo que hace falta. Nunca disimulo la alegría porque me hace daño  y tampoco  escondo las lágrimas en mi cartera.

Heredé de mi madre las entrañas,  raíz desnuda  que viene  desde la arena.  Mis brazos y mis dedos contemplan la aureola. Tengo aquí un músculo jugando en mi cintura con una voz que aún no recuerdo.

 

 

   XI

 

Tú vienes de ningún ombligo.

Vienes de ti como la sangre que fluye desde la hora cero.

 

 

   XII

 

Anoche  te aferraste a mis  nalgas  imperfectas y bebiste de mis senos la lluvia.  Un grito  perenne, la envidia de las aves, fue la cama.

Te miré  cuando inventaste la última sonrisa y yo  te ansié en mis ojos para escribirte una plegaria.

 

 

   XIII

 

Me bañas toda con tu agua. Colmas mi ombligo  de pequeños frutos. Sostengo tu extravío y la sal de tu lengua en mis manos agrietadas.  He fallecido en  mi angosta desnudez con una criatura que se resiste a volver a su casa y me ve con ojos de limosnero, débil en su andanza  y  compasivo.

La habitación acoge  nuestra mudez y desde la ventana un vaho fulgurante nos arrulla  el final más tibio. 

 

 

   XIV

 

Tengo  la vulva  al borde de tus piernas. Estoy recostada para un Dios que nunca he visto  en el espejo.  Soy  siempre la hembra que está sentada a la derecha de alguien, pensando lo que se puede hacer  debajo de la cobija. 

 

 

   XV

 

Voy montada  en ti, serena y armoniosa como una libélula.  Escucho el sonido ambiguo  de la calle para explicar el fondo de mi cuerpo. Tengo a  tu crío flotando en el rincón de mi vientre, en el instante preciso.

 

 

   XVI

 

Te has quedado callado en mi vientre.

¿Acaso te aterra la mirada de esta mujer?

-Yo miro así  desde hace tiempo-

Te  quedaste  callado en mi vientre y este  ruido en la cabeza no  se detiene.

 

 

   XVII

 

Renuncié a mí misma en este camino de orfandades. Me observo en el espejo con pupilas prestadas. Yo hice un tejido de oscuridades a orillas  de una tumba.

Te dije: no  permitas que me vaya ahora que aprendí a mentir en la cama.

 

 

 

   XVIII

 

Yo estoy  en donde no estoy.

Finjo un lugar para mí:

uñas postizas, pintalabios,

cremas y una camisa.

Yo no soy la que era:

tengo alas de plomo

y en  la lengua, un cuaderno.

En el párpado hay una anciana

que se agita en una silla.

Aparento   los años

en un cuerpo muy joven,

aquí donde la lluvia se mete

a fluir con la sangre.

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