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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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Savia y porfía

 

   DIANA BELLESSI

 

    Gracias, no se moleste

 

Se va de madre, Señora,

de verdes y de gamas

como sólo usted lo sabe,

y es tan pronto, locos

 

los pajaritos y yo

también un poco un santo

deleite turbulento

me hace olvidar las horas

 

destinadas, ¿a qué? Ah

no sé. Tanto ovillar

los días y perderlos

para hacer ¿la vida?

 

Solita en usted se hace,

tardía en mi mirada

y temprana para todo

lo que vive, abierto

 

ya el portal de setiembre

Gracias, no se moleste,

si pudiera, algo en rojo

o blanco o fucsia, sólo

 

el lila tenue o ese ámbar

de las rosas, no pido

un amarillo intenso,

no, Señora, algún

 

matiz que le sobre, una

coronita de novia

desplumándose en la brisa,

polen o penachos

 

de la suerte en mi cabeza

para ser otra más,

un yuyo de su hierba

y rogar, que él nos vuelva

 

El ángel del jardín

con sus enormes alas

agostándose, no quiera

mi Señora, llevárselo

 

 

   El álamo plateado

 

Hoy, domingo dos de agosto vi

empezar la primavera. Última

antes del dosmil. En la grácil luz

el gris planteado de las ramas, aire

y seda que alzan sus capullos. Van

primero, con las flores restallantes

 

del invierno, aromo, manzanillo

cobijan en sus ramos al vacío,

la cuna abierta donde todo nace

Lo sentí en mi cuerpo y no hace falta

nada para recibir tan grande

acontecimiento ¿o si?, hay que estar

 

atento, entregarse a la belleza

y al misterio, olvidar al reyezuelo

que sentado al centro del cerebro

dice yo, qué poca cosa qué grande

soy, su ruidosa glosolalia tapa

la melodía prístina del ser

 

Hoy, domingo dos de agosto dale

de comer, el rey está con hambre y

no sabe que sólo si resigna

la corona podrá saciarse gratis

Yo la vi, aunque la piedra pronto

-“Aún falta agosto”. –Si. La primavera

 

 

   Silencio

 

Rosa, turquesa y oro

no sólo al oeste

sino el cielo todo

depara este instante

cerca de las ocho,

lo sé por la lancha

que llega y quiebra

la serena seda

del agua, el trino

coral que despide

el día, estampida

hacia los celajes

que son alas, ángeles

guardando el olor

del guiso, el sonido

amortiguado que

regresa a casa

de los niños, vino

y bolsas de pan

susurra la noche

y Talita Kumi

se recuesta contra

mis costillas, vamos

dice, es hora ya

de hacer la comida

y luego ladridos

de orilla a orilla

acunando el tic

tac de esos grillos,

latidos de luz

señan el camino,

luciérnagas y

vecinos. Silencio

 

(De “Mate cocido”, Nuevohacer, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2002. Diana Bellessi nació en Zavalla, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1946. Su primera publicación de poesía data de 1970, con “Destino y propagaciones”, en Ecuador. “Tributo del mudo”, de 1982; “Eroica”, de 1988; y “Mate cocido”, de 2002, figuran entre sus libros más importantes, además de varias antologías. En 1984 publicó también “Contéstame, baila mi danza”, selección y traducción de diez poetas norteamericanas. En 2007 ganó el premio trayectoria en poesía del Fondo Nacional de las Artes y en 2011 el Premio Nacional de Poesía de su país).

 

 

   JOSÉ LUIS APPLEYARD

 

 

    Lapacho

 

Copa de vino añejo que desborda

la sutil embriaguez de sus colores

encaje, cromo y luz en el que bordan

los pájaros la gloria de sus flores.

 

Mano morena que enguantada en lila

acaricia el azul de las mañanas,

badajo florecido de la esquila

triunfal del firmamento que se inflama.

 

Mancha de luz al borde de un camino,

jalón del campo y corazón del viento,

árbol que tiene para sí el destino

de ser la primavera en todo tiempo.

 

Y ya solo en la tarde pura y bella,

embriagado de luces y colores,

es el árbol que enciende las estrellas

con la llama morada de sus flores.

 

 

   Sauce

 

El sauce apenas mío

que pace junto al agua la tristeza

del sereno y rocío

y tiene la belleza

de un llanto vegetal que amando reza

 

es la nota rendida,

es el perdido canto y la armonía

de un pedazo de vida

que muerta en alegría

su ramaje trocará en elegía.

 

Y su acento perdura

hecho cairel de derramada bruma

sobre el agua que oscura

se niega en tenue espuma

a reflejar el rostro que la abruma.

 

Sauce, viejo Narciso,

curvado corazón frente al espejo

de un lago siempre liso

sin luz y sin reflejo,

de mirarse sin ver se ha vuelto viejo.

 

No resta en su madera

ni un murmullo de savia ni un momento

de antigua primavera.

El sauce es un lamento

que silencioso muere al par del viento.

 

Como un dios derrotado

tornando su tristeza hacia el poniente

es Tántalo agotado

vestido de relente

y bebiendo su sed junto a la fuente.

 

Eternamente ansioso

de jugar con el agua a la otra vida,

mansamente lloroso,

sin cauce hacia la huida,

se aferra a su dolor y se suicida.

 

Pero renace al día

y en la quietud del lago es siempre noria

que encadenada ansía

en repitiente historia

ser de nuevo semilla en la memoria.

 

No importa que la arena

lave sus pies en dimensión de playa

ni que el agua serena

oreando se vaya

a un cielo que a ser mar paciente ensaya,

 

el sauce permanece

y muere con su angustia cada día

y al morir amanece

y es noche al mediodía

y es sauce eternamente en su porfía.

 

(De “Antología poética”, compilación de Fernando Pistilli, Colección de Poesía, Editorial El Lector, Asunción, 1996. José Luis Appleyard nació en 1927 en Asunción, donde murió en 1997. Luego de estudios en la capital paraguaya y en Buenos Aires, estudió abogacía y ejerció por diez años, hasta que se dedicó de lleno a la poesía y al periodismo. Su primer libro de poesía data de 1963, “Entonces era para siempre”, aunque diez años antes poemas suyos habían sido incluidos en un libro que compartió con miembros de la Academia Universitaria. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Literatura, por “Cenizas de la vida”. Fue también dramaturgo).

 

 

   EMILY DICKINSON

 

Naturaleza es lo que vemos –

la montaña – el poniente –

la ardilla – el eclipse – el abejorro –

no – naturaleza es el cielo –

naturaleza es lo que oímos –

el bobolink – el mar –

el trueno – el grillo –

no – naturaleza es la armonía –

naturaleza es lo que sabemos –

no tenemos arte para decirlo –

tan impotente es nuestra sabiduría

para tanta simplicidad.

 

--

 

Una gota cayó en el manzano –

otra – en el techo –

media docena besó los aleros –

e hizo reír los gobletes –

 

algunas fueron a ayudar al arroyo

que fue ayudar al mar –

yo misma conjeturé si fueran perlas –

qué collar podría ser –

 

el polvo devuelto, a la ruidosa ruta –

los pájaros jocosos cantaron –

el sol se retiró el sombrero –

los arbustos – lanzaron sus lentejuelas –

 

las brisas trajeron flautas desanimadas –

y las bañaron en júbilo –

luego el oriente mostró una sola bandera,

y finalizó la fiesta –

 

--

 

No emplea amarillo la naturaleza

como otros colores

lo reserva todo para el poniente

profuso de azul

 

usando carmesí, como una mujer

consigue amarillo

sólo escaso y selecto

como palabras de amor

 

(De “Sesenta poemas”, con traducción de Silvina Ocampo, Mondadori, Madrid, 1998. Emily Dickinson nació en Amherst, Massachusetts, Estados Unidos, en 1830, y murió en esa misma localidad en 1886. Tras haber estudiado en Amherst, ingresó en 1847 en el seminario femenino de Mount Holyoke. Sin embargo, regresó a Amherst y llevó allí una vida retirada. Escribió casi 1.800 poemas, pero en vida se publicaron unos pocos).

 

   WILLIAM OSPINA

 

   Sabré el secreto

 

Sabré el secreto de estos viejos bosques

al apartarse la niebla indecisa.

Algo como un faisán vendrá a mis ojos,

denso de orgullo y vida,

y habrá un verde en mis labios como de ramas nuevas.

 

Sabré el secreto de esta noche en ascuas,

extinguidas las lámparas,

cuando una piel de luna cubra el campo.

 

Sabré lo que ocultaban estas grutas

cuando, bajo los árboles del alma,

la red de lo visible se aparte en las pupilas

y surja, al fin, el rostro

del que todos mis sueños eran máscaras.

 

 

   Atardecer en Teusacá

 

                                       A María Elviar Molano

 

Como si ya supieran que la noche

cegará los caminos

en el bosque y el cielo,

las rudas golondrinas

no se dan tregua en sus oscuros círculos.

 

Casi no es luz

esta callada claridad en derrota

sobre las verdes razas dormidas.

 

En el oído seguirá su curso

toda la noche el río

y voces de muchachos y ladridos de perros

nos dirán las distancias…

 

Porque en torno a estas llamas

el círculo del mundo visible se reduce

a paredes y rostros familiares,

mientras la bruma cómplice,

borrando las estrellas,

celebra ya su alianza con la sombra,

para que el tiempo fluya

aún más inexplicable,

más misterioso e íntimo.

 

(De “Wiliam Ospina, Poesía 1974-2004”, con dibujos de José Antonio Suárez Londoño, Ediciones Arte Dos Gráfico, Revista Número Ediciones, Bogotá, 2004. Esta antología incluye "Hilo de arena", "La Luna del Dragón", "El país del viento", "¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?", "Africa", "Poemas tempranos" y "La prisa de los árboles", estos dos últimos inéditos al momento de la edición, en noviembre de 2004. William Ospina nació el 2 de marzo de 1954 en Herveo, Tolima, Colombia. Es también novelista y ensayista. Obtuvo reconocimientos numerosos: Premio Nacional de Ensayo 1982, Premio Nacional de Poesía 1992, Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada otorgado por Casa de las Américas, en 2003, y Premio Rómulo Gallegos 2009).

 

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