• @_marazi
    Sentimos demasiado como para salir ilesos
  • @HilseCaracas
    Se afiebra el corazón cuando la luna se lleva por dentro
  • @LunaFractal
    Escribir, volver a las andanzas
  • @mediamente
    Los tiempos que corren deberían ser detenidos
  • @NicolasPaulsen
    El monstruo niega su soledad multiplicando los espejos
  • @Naomi_Her
    Todas las flores lloran, incluso las que somos de papel
  • @sontusnubes
    El tiempo, para el poeta, habita en los labios
  • @gensoctavia
    Soy un fragmento de mi asombro
  • @patytemple74
    Con dedos de granizo y largas llamaradas, abriendo mi pecho, mil veces traspasado, malherido
  • @silencioenletra
    Soy de las que empiezan a desvestirse quitándose las cicatrices
  • @annemidi
    Inmigrantes de intimidades heridas somos todos
  • @PedroLuna73
    Soñar es un acto político

Uno es algo que vive (II)

 

   Edgar Bayley

 

   Ni razón ni palabra

 

cada noche los sueños inmolan tu pena y tu culpa

de frente al olvido

a la pregunta y la canción inexcusable

 

es necesario empaparse herirse hundirse

buscar el estallido hasta decir: perdón no soy el mismo

pero el fuego desgrana tus razones de tierra

debes perder la luz plena

los motivos de la victoria

agrio pesado cruel

la ciudad te vuelca te vacía

corazón vacío

miseria burbujeante

 

no es preciso razón ni palabra

para este airado hogar

que nadie después sume su nieve o su festejo

despierto queda allí en su momento

en cambio y permanencia

en nube recia

en la libre mano

y el cabalgar del sueño

 

 

   Date prisa

 

que esta lluvia viene de hace mil lluvias

y cae triste quebranto en tu costado

cae vana puñalada en tus dos nombres

húmeda pared infancia abierta

dios que me crecía poco a poco

no te olvides entonces del encargue

traenos algo un saxofón una memoria

una forma de esperar a mis hermanos

una luz un rumbo un llanto cierto

un silencio una pestaña un leve día

un espejo maduro la libreta

date prisa no vayas a olvidarte

habla –tú que puedes- por nosotros

ven a ayudarnos a cambiarlo todo

hasta las ganas de morir las noches

y transforma el horror en mediodía

 

 

   Un hombre suelto

 

alguien tiene un amigo en su sombrero

alguien puede hablar con libertad de su relente

alguien descuida su reloj se descomide

alguien saluda como un soplo al largo espejo

alguien espera carta y no le escriben

alguien habla y lo entienden de corrido

alguien entiende y habla muy bajito

alguien obtiene amor donde lo pide

alguien es por fin un hombre suelto

que mataron ayer por un descuido

 

 

   Cuando el aire

 

cuando el aire se pueblo estoy presente

canta la puerta el fuego la esperanza

conoces tu nombre y la sangre de tu sueño

la tierra donde amanece el día

cuando la luz llega canta mi silencio

 

es suficiente el lejano retumbar del trueno

la verde falda de la montaña

y este momento ayer mañana

es suficiente

confiar esperar

estar despierto

 

(De “Obras”, con presentación de Francisco Madariaga y prólogo de Rodolfo Alonso, edición de Julia Saltzmann y revisión y estudio preliminar de Daniel Freidemberg, Grupo Editorial Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999. Edgar Bayley nació en Buenos Aires, en 1919, y murió en esa misma ciudad, en 1990. Sus publicaciones de poesía comenzaron con “En común”, en 1949, una época en que compartió junto con su compatriota Raúl Gustavo Aguirre la edición de la revista “Poesía Buenos Aires”. Fue también ensayista y dramaturgo, y trabajó como periodista).

 

 

   Fernando Cazón Vera

 

   El afortunado

 

Quién tiene un ojo que no le sirva,

una oreja que le sobre, quién tiene

un mes de más en su almanaque,

una hora inservible en sus relojes,

quién respira dos veces y vive

y sobrevive una única vida, quién

copula fielmente su bigamia, quién

se hace trampa y nunca se sorprende,

quién tiene un muerto que todavía lo ama

sin tocarle los sueños inminentes, quién

cabe a la vez en dos lugares diferentes,

quién ha dejado de morir su parte menos útil,

quién, en definitiva, gana la mesa

sin tirar los dados.

 

 

   Parábola del indeciso

 

Huyó desde sus piernas para adentro

Regresó de los ojos para afuera

Quiso volver al fin, pero se iba

Quiso exiliarse pero se quedaba.

 

Estaba siempre donde nunca estaba

Era y no era, lo mojaba el fuego

Lo quemaban las lluvias torrenciales

Alas de viejos pájaros lo anclaron.

 

Y supo odiar con el amor más puro

Amó también con su traición profunda

Y dijo la verdad. Y estuvo solo

Mintió y mintió. Y entonces le creyeron.

 

 

   Alternativas

 

Camino entre dos aguas

la del sediento

la del ahogado.

 

Entre dos fuegos ando

el del constructor

el del incendiario.

 

Voy entre dos amores

el del amante

el del despreciado.

 

Entre dos vidas muero

la del poeta

la del condenado.

 

(De “Poesía viva del Ecuador, antología”, con introducción de Jorge Enrique Adoum, colección Crónica de Sueños, Editorial Grijalbo Ecuatoriana, Quito, 1998. Fernando Cazón Vera nació en Quito, en 1935. Comenzó a publicar poesía con “Las canciones salvadas”, en 1957; “El enviado”, en 1958; “La guitarra rota” y “La misa”, en 1967; “El extraño”, en 1968; “Poemas comprometidos”, en 1972; “El libro de las paradojas”, en 1976; “El hijo pródigo”, en 1977; “Las canciones salvadas”, antología, en 1980; “Rompecabezas”, en 1986; “Este pequeño mundo” y “Cuando el río suena”, en 1996; “A fuego lento”, en 1998; “Relevo de prueba”, en 2005; y “La sombra degollada”, en 2006. Además, la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó una antología de su obra, abarcando el período 1958-2000. Se desempeña además como periodista y editor).

 

 

   Jorge Debravo

 

   Territorio de muerte

 

Rojas están las manos. La guerra anda por dentro

de las manos arando.

La guerra anda en nosotros buscando lo humano,

derribándonoslo.

 

¡Ah, cómo pesa ahora la guerra entre los ojos!

Cómo duele en la cornea su gran lámpara roja.

Su golpe de metal en las rodillas.

Su herida indestructible en nuestra boca.

 

La guerra está de pie en el centro del hombre.

Algo nos siembre siempre semillas de soldado.

¡Socórrenos, amor! Estamos solos

escuchando la muerte que nos ara las manos.

 

 

   Prodigio

 

¡Hoy he encontrado a un hombre caminando!

Sin apoyarse en nadie, caminando.

Sin que hubiese camino, caminando,

como si no quisiese llegar tarde,

caminando.

 

Su mirada tenía forma de corazón

y adentro de esos ojos se veía

un mundo

caminando.

 

Aunque parezca absurdo e increíble

hoy he encontrado a un hombre caminando.

 

Sin mirar la distancia, caminando.

Sin pedir compañero, caminando.

Sin apoyarse en nadie, caminando.

Sin que hubiese camino, caminando.

 

(De “Anillo de silencio, Centroamérica en la poesía”, con selección y prólogo de Jorge Boccanera, Desde la Gente, ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2009. Jorge Debravo nació en Turrialba, Costa Rica, en 1938, y murió en San José, en 1967. Fue fundador del Círculo de Poetas Turrialbeños. Perteneciente a una familia pobre, su poesía se inscribe en la corriente del compromiso social. Publicó por primera vez en 1959, con “Milagro abierto”. Siguieron, entre otras, “Consejos para Cristo al comenzar el año”, “Poemas terrenales”, “Nosotros los hombres” y “Los despiertos”).

 

    Augusto Roa Bastos

 

 

   La jaula de oro

 

En esta cárcel de mi joven vida

donde cantando estoy porque mi llanto

la blanda soledad no turbe tanto,

vivo soñando una ilusión perdida.

 

Es una jaula de doradas rejas

como esas que aprisionan la sonora

inquietud del ruiseñor cuando a la aurora

repite el canto de sus dulces quejas.

 

¡Cuántas veces también con ala herida,

en vano intento de fugarse, mi alma

en forzada quietud halló la calma…!

 

Sólo a mi encierro acude a darme vida,

cuando gimiendo estoy, con una mansa

caricia de sus dedos, la Esperanza.

 

 

   Límite

 

                   a Josefina Plá

 

Cuando tocamos en la noche

el rostro vivo del recuerdo

su sangre moja nuestro nombre

y arden las manos hasta el hueso.

 

Canción de olvido en la tiniebla,

muerte acostada sobre el tiempo,

la mosca grávida y eterna

pone su huevo sobre el sexo.

 

De labio a labio se propaga,

germen axial del universo.

Donde se acaba la esperanza

se borra el límite del tiempo.

 

Cuando yo sople en mis cenizas

otro estará ya en mi momento,

las muchedumbres que me habitan

en mi costado las contemplo.

 

Ojo del hacha sin la lágrima,

música sin el instrumento,

siglos volando en una ráfaga

sobre los vivos y los muertos.

 

Esto es el hombre, la medida

de su congoja y pensamiento,

gusano de una fruta henchida,

cava en la tierra y en el cielo.

 

El alma enciende su semblante

con un destello polvoriento.

Más alto siempre que tu imagen

no tiene límite el deseo.

Suda el silencio sangre humana

y el ojo ya quemado y yerto

mira sin párpados la llama

en la memoria de un sol negro.

 

 

   Razón de vida

 

Con dientes yo golpeo en el rocío

y martillo con dientes en el agua

y estoy mordiendo una ardorosa fragua

con dentadura de metal bravío.

 

En mi propio relámpago me enfrío

y de mi propia sangre me desagua

la luna que encanece en mi piragua

boyando aguas abajo por el río.

De esta pasión de material mutable

busco lo intenso en medio de lo endeble,

colgado de la lágrima de un ojo.

 

Halo con fuerza del sangriento cable

y envuelto en pueblo vivo y ya indeleble

saco a la orilla un esqueleto rojo.

 

(De “Poesía”, con prólogo de Jorge Boccanera, colección Musarisca, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999. Augusto Roa Bastos nació en Asunción, en junio de 1917, y murió en esa misma ciudad en abril de 2005. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1942. Trabajó intensamente como periodista y fue también narrador, autor teatral y guionista de cine. Sufrió un doble exilio: salió del Paraguay durante la dictadura, hacia Argentina. Cuando en este país el poder fue asaltado por los militares en 1976, debió emigrar a Francia. Ganó el premio Cervantes en 1989).

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