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    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
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    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

Por Federico García Lorca

  

   El 5 de junio se celebra el aniversario del nacimiento de Federico García Lorca, en Fuente Vaqueros, en 1898. En Granada se realizan en estos días varias actividades de recordación y homenaje. Lo que sigue es una selección de los tantos poemas escritos por poetas de todo el mundo.

  

   MIGUEL HERNÁNDEZ

 

   Elegía primera

                                    A Federico García Lorca

 

 

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas

y en traje de cañón, las parameras

donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,

y llueve sal, y esparce calaveras.

 

Verdura de las eras,

¿qué tiempo prevalece la alegría?

El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas

y hace brotar la sombra más sombría.

 

El dolor y su manto

vienen una vez más a nuestro encuentro.

Y una vez más al callejón del llanto

lluviosamente entro.

 

Siempre me veo dentro

de esta sombra de acíbar revocada,

amasada con ojos y bordones,

que un candil de agonía tiene puesto a la entrada

y un rabioso collar de corazones.

 

Llorar dentro de un pozo,

en la misma raíz desconsolada

del agua, del sollozo,

del corazón quisiera:

donde nadie me viera la voz ni la mirada,

ni restos de mis lágrimas me viera.

 

Entro despacio, se me cae la frente

despacio, el corazón se me desgarra

despacio, y despaciosa y negramente

vuelvo a llorar al pie de una guitarra.

 

Entre todos los muertos de elegía,

sin olvidar el eco de ninguno,

por haber resonado más en el alma mía,

la mano de mi llanto escoge uno.

 

Federico García

hasta ayer se llamó: polvo se llama.

Ayer tuvo un espacio bajo el día

que hoy el hoyo le da bajo la grama.

 

¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!

Tu agitada alegría,

que agitaba columnas y alfileres,

de tus dientes arrancas y sacudes,

y ya te pones triste, y sólo quieres

ya el paraíso de los ataúdes.

 

Vestido de esqueleto,

durmiéndote de plomo,

de indiferencia armado y de respeto,

te veo entre tus cejas si me asomo.

 

Se ha llevado tu vida de palomo,

que ceñía de espuma

y de arrullos el cielo y las ventanas,

como un raudal de pluma

el viento que se lleva las semanas.

 

Primo de las manzanas,

no podrá con tu savia la carcoma,

no podrá con tu muerte la lengua del gusano,

y para dar salud fiera a su poma

elegirá tus huesos el manzano.

 

Cegado el manantial de tu saliva,

hijo de la paloma,

nieto del ruiseñor y de la oliva:

serás, mientras la tierra vaya y vuelva,

esposo siempre de la siempreviva,

estiércol padre de la madreselva.

 

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,

pero qué injustamente arrebatada!

No sabe andar despacio, y acuchilla

cuando menos se espera su turba cuchillada.

 

Tú, el más firme edificio, destruido,

tú, el gavilán más alto, desplomado,

tú, el más grande rugido,

callado, y más callado, y más callado.

 

Caiga tu alegre sangre de granado,

como un derrumbamiento de martillos feroces,

sobre quien te detuvo mortalmente.

Salivazos y hoces

caigan sobre la mancha de su frente.

Muere un poeta y la creación se siente

herida y moribunda en las entrañas.

Un cósmico temblor de escalofríos

mueve temiblemente las montañas,

un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

 

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,

veo un bosque de ojos nunca enjutos,

avenidas de lágrimas y mantos:

y en torbellino de hojas y de vientos,

lutos tras otros lutos y otros lutos,

llantos tras otros llantos y otros llantos.

 

No aventarán, no arrastrarán tus huesos,

volcán de arrope, trueno de panales,

poeta entretejido, dulce, amargo,

que al calor de los besos

sentiste, entre dos largas hileras de puñales,

largo amor; muerte larga, fuego largo.

 

Por hacer a tu muerte compañía,

vienen poblando todos los rincones

del cielo y de la tierra bandadas de armonía,

relámpagos de azules vibraciones.

Crótalos granizados a montones,

batallones de flautas, panderos y gitanos,

ráfagas de abejorros y violines,

tormentas de guitarras y pianos,

irrupciones de trompas y clarines.

 

Pero el silencio puede más que tanto instrumento.

 

Silencioso, desierto, polvoriento

en la muerte desierta,

parece que tu lengua, que tu aliento

los ha cerrado el golpe de una puerta.

 

Como si paseara con tu sombra,

paseo con la mía

por una tierra que el silencio alfombra,

que el ciprés apetece más sombría.

 

Rodea mi garganta tu agonía

como un hierro de horca

y pruebo una bebida funeraria.

Tú sabes, Federico García Lorca,

Que soy de los que gozan una muerte diaria.

 

(De “Viento del pueblo”, Las poesías del verano, Colección de grandes poetas, El Mundo y La Revista Unidad Editorial S.A., Madrid, 1998. Miguel Hernández nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910 y murió en Alicante el 28 de marzo de 1942. A pesar de que se vio obligado a trabajar en tareas rurales, leyó intensamente cuando era niño. Formó siendo joven un grupo literario en Orihuela, donde ya a los 20 años obtuvo un premio literario. Respaldado por sus primeras publicaciones viajó a Madrid para buscar trabajo en revistas literarias, pero no lo consiguió y volvió a Orihuela. Publicó su primer libro en 1933,  “Perito en lunas”, lo que le permitió regresar a la capital con mejor suerte, pues se insertó en el ámbito literario. En la Guerra Civil Española luchó por la República y desarrolló un activismo cultural intenso, durante el cual conoció al peruano César Vallejo. Concluida la guerra, en 1939 comenzó a sufrir la censura de la dictadura, que mandó a destruir la edición impresa de su obra “El hombre acecha”. Intentó refugiarse en Portugal pero fue entregado por los dictadores de ese país. Nuevamente en prisión en España, recuperó la libertad inesperadamente, gracias a gestiones intensas del chileno Pablo Neruda. Pero fue recapturado y se le impuso la condena a muerte, conmutada por prisión perpetua. Enfermó en la cárcel y murió cuando contaba solo 31 años. Las publicaciones de su poesía se hicieron más intensas fuera de España, al menos mientras este país estuvo asolado por la dictadura franquista. Muchos de sus poemas fueron musicalizados).

 

 

   MIGUEL TORGA

  

   Federico García Lorca

 

García Lorca, hermano:

soy yo, una vez más…

Vengo a negarle a la condición del humano

la humana mezquindad

de ser ingrato.

Vengo y vendré mientras en Iberia,

haya pueblo y sueños y poesía.

Vengo y vendré a tu romería

a ofrecerte esta pequeña

oración lusitana y sombría.

Vengo, ¡blanca atalaya de Nevada,

claro benjamín de España!

Vengo, y no digas nada;

¡deja que un pobre poeta de la montaña

le traiga torgas a la rosa de Granada!

Indomable gitano

de los caminos del tiempo y la ventura,

sensual y profano,

tu genio florece cada año…

¡Vengo a verte brotar de la sepultura!

Brujo de las tinieblas en que te quisieron sumir,

¡en ellas arde la pasión de tus versos!

Siete palmos de tierra, e imposible decir

que esté seca la raíz,

que hayas partido, que estés muerto!

Una luz, seducción de la verdad,

se abre donde tu voz se va abriendo…

La eternidad,

en la pureza de la claridad,

sobre tu nombre universal, cayendo…

Y el peregrino viene.

Reza devotamente,

pone en el altar lo que tiene,

y regresa más libre y más alegre…

¡Así lo hago yo también!

(De “Poemas Ibéricos”, con traducción y notas de Eloísa Álvarez, Colección Visor de Poesía, Madrid, 1998. Miguel Torga nació en S. Martinho de Anta, Tras-os-Montes, Portugal, en 1907, y murió en Coímbra, en 1995. Su nombre real era Adolfo Rocha, con el cual dio a conocer sus primeras obras. Publicó cuatro obras de poesía, “Lementacao” (1943), “Liberacao” (1944), “Odes” (1946) y “Nihil Sibi” (1948). Fue también novelista y se desempeñó como médico especializado en otorrinolaringología. En 1939 publicó un libro sobre la Guerra Civil Española que fue censurado y por el cual fue encarcelado).

 

   RAFAEL ALBERTI

 

 

   A Federico García Lorca

 

Sal, tú, bebiendo campos y ciudades,

en largo ciervo de agua convertido,

hacia el mar de las albas claridades,

del martín-pescador mecido nido;

que yo saldré a esperarte, amortecido,

hecho junco, a las altas soledades,

herido por el aire y requerido

por tu voz, sola entre las tempestades.

Deja que escriba, débil junco frío,

mi nombre en esas aguas corredoras,

que el viento llama, solitario, río.

Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,

vuélvete a tus montañas trepadoras,

ciervo de espuma, rey del monterío.

 

 

   Elegía a un poeta que no tuvo su muerte

            (Federico García Lorca)

 

No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba.

Malamente, a sabiendas, equivocó el camino.

¿A dónde vas? Gritando, por más que aligeraba,

no paré tu destino.

¡Que mi muerte madruga! ¡Levanta! Por las calles,

los terrados y torres tiembla un presentimiento.

A toda costa el río llama a los arrabales,

advierte a toda costa la oscuridad al viento.

Yo, por las islas, preso, sin saber que a tu muerte

te olvidaba, dejando mano libre a la mía.

¡Dolor de haberte visto, dolor, dolor de verte

como yo hubiera estado, si me correspondía!

Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria

ese horror en los ojos de último fogonazo

ante la propia sangre que dobló tu memoria,

toda flor y clarísimo corazón sin balazo.

Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,

si acaso le esperaba más bella y larga vida,

haré por merecerla, hasta que restituya

a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.

(De “Antología poética”, Maestros de la Literatura Contemporánea, Editorial Losada, Buenos Aires, 1996. Rafael Alberti nació en El Puerto de Santa María, el 16 de diciembre de 1902. Publicó "Marinero en tierra" en 1925, obra con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Luego siguieron "Cal y canto", de 1929; "El poeta en la calle", escrita entre 1924 y 1937; "Un fantasma recorre Europa", en 1937, y muchas otras. Marchó al exilio durante la dictadura franquista. Numerosas ediciones de sus obras se registraron en América Latina, con sucesivas reediciones. Murió el 28 de octubre de 1999. A su pedido, se lo recuerda siempre en el día de su nacimiento).

 

 

   ILDEFONSO PEREDA VALDÉS

 

    A Federico García Lorca

 

Te mataron, bandoleros

no los de Sierra Morena.

¡Que tienen sangre en las venas

y aman la luz y la vida!

Ni gitanos, ni cantores

diéronte esa muerte negra.

¡Que ellos afilan puñales

para venganzas más nobles!

No leales, sí traidores.

Tu muerte fue una emboscada

entre sórdidas paredes

y andar fingido de sombras.

Manos fueron de españoles,

los fusiles italianos;

el alma de moro aleve

la orden de un rey sin trono.

Llora España con tu muerte

la pérdida de Granada,

que una ciudad y un poeta

al mismo tiempo se pierden.

¡Que te entierren en la arena

como lo pide tu canto

junto a tu fina guitarra

entre naranjos y nardos!

Tu epitafio sea una copla,

en esta boda de sangre

con tu negra desposada

que la traición te dio en arras.

¡Que España lave esta mancha

o que se pierda tu España,

que tu canto se fue en sangre

y la muerte te armó héroe!

(De “Muestra de Poesía Uruguaya”, con selección de Alcira Legaspi de Arismendi, Monte Sexto, Montevideo, 1987. Ildefonso Pereda Valdés nació en Tacuarembó, Uruguay, en 1989, y murió en Montevideo, en 1996. Además de poeta fue ensayista. En 1920 fundó, con otros poetas, la revista “Los nuevos”, dedicada a las corrientes literarias y artísticas nuevas de Europa. Sus obras poéticas “La guitarra de los negros”, de 1926, y “Raza negra”, de 1929, reflejan su inclinación por la poesía inspirada en la tradición africana, con sus ritos y ritmos más difundidos en el Caribe que en el Cono Sur americano. La dictadura uruguaya le negó la entrega del Premio Nacional de Literatura, que le fue restituido en democracia, en 1985).

 

   ROBERTO JUARROZ

  

   32

 

Marcó ciertas palabras para siempre,

como espigas de hueso despierto

en el trigo de sangre y reverbero del lenguaje,

pero no las marcó con lápiz ni con tiza

sino con ese tilde del silencio

que sube desde adentro de la tierra

y se mezcla con la sal de la música

en los cuerpos quemantes y quemados.

Marcó ciertas palabras para siempre

y ellas lo marcaron para siempre,

porque había que llevar otra vez al poema

la hiel y los claveles que enlazan los caminos

y también los más tercos ademanes

del amor y del odio,

del coraje y el duelo,

esos focos de resurrección sin muerte.

Marcó ciertas palabras.

Las cantó para todos.

Las enancó en el lomo

del color y la música.

Nos entibió con ellas

la mano en el arado

que cada cual trabaja.

Nos dibujó de nuevo

este mundo y los otros.

Nos mostró que es posible

ser hombre y ser destino.

Marcó ciertas palabras para siempre.

¿Qué más pedirle a un hombre

que además es un duende?

¿Qué más pedirle a un hombre

que marcha hacia la muerte?

¿Qué más pedirle a un hombre

que abrió el sol y la luz

como un limón maduro?

Marcó ciertas palabras.

Creyó ciertas palabras.

Creó ciertas palabras.

No las olvidaremos.

No olvidar es la forma

de proseguir marcando para siempre

las palabras y el mundo.

                              (a Federico García Lorca)

(De “Novena Poesía Vertical, Décima Poesía Vertical”, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1986. Roberto Juarroz nació en Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, en 1925, y murió en Temperley, localidad de la misma provincia, en 1995. Con la excepción de una única obra, “Seis poemas sueltos”, de 1960, sus libros de poesía fueron publicados por orden numérico y siempre bajo el título de “poesía vertical”. Fue traducido a varios idiomas y recibió numerosos premios, entre ellos el de la “Bienal Internacional de Poesía” de Lieja, Bélgica, en 1992. Fue también bibliotecario, ensayista y crítico).

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