• @Primvers
    A veces yo también les llevo flores a mis cicatrices
  • @carolineberl
    Lo que me gusta del tiempo es que todo lo cura con personas
  • @UlisesKaufman
    Cuando seamos invisibles, recordaremos la belleza del gris
  • @canocs19
    Canta la tristeza/ sus secretas sílabas/ en la música azul/ de la tarde quieta
  • @vidoq66
    Soy un fantasma triste en el cementerio de almas que es la ciudad
  • @marga_canseco_r
    Vendemos al mundo para comprar fuego, nuestro camino iluminado por hombres en llamas
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    Te espero después de la última vez
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    Me asusta la mujer que me contempla desde el espejo
  • @osorio_jl
    La piel es la superficie del mar que te asola
  • @Desbalagada
    Qué puedo decir que no hayas leído
  • @Tayler_burdel
    Toda locura merece un gran amor
  • @nuberrante
    Escribir es soñar con precisión

Alejandro López Andrada

  

   Nació en Villanueva del Duque, Córdoba, España, en 1957. Fue finalista del premio Adonáis y consiguió otros reconocimientos. En octubre de 2017 presentó “El horizonte hundido”, publicado por Hiperión, con prólogo de Antonio Colinas.

 

    Siluetas femeninas

 

Las mujeres más tristes llevan mirlos          

dentro del corazón,   

tocan el aire   

cercadas por la muerte;        

cruzan raudas,          

bajo la sombra gris de los castaños.

La más anciana de ellas       

se detiene,     

nos mira brevemente, como un árbol          

doblado por la lluvia, 

nos esquiva,  

nerviosamente, y sigue caminando.

 

 

   La ventana

 

Antes de abrir de nuevo la ventana,

quiero tocar

despacio las arrugas, los surcos

que la noche abandonó

en la fragilidad de tus pupilas.

La sencillez

fue alzando entre tus ojos

paredes de piedad. En la penumbra

de los pasillos,

toco el resplandor

de tu mirada de agua. No te has ido.

Nunca te retiraste.

Me habitabas,

como aún me habitas hoy. Siempre decías,

cuando te visitaba:

“Acércate,

quiero tenerte al lado”. ¿Lo recuerdas?

Los días del invierno se llevaron

tus lágrimas de arcilla, tus silencios.

Mas déjame que ahora, en este instante,

cuando mis dedos abran la ventana

pueda tocar tu voz

para dejarla

como una flor de música en las piedras,

en esas piedras blancas del corral,

donde aún respiras

limpio,

como entonces. Debo decírtelo:

a veces, llego al patio

y creo observar palabras de aquel tiempo

flotando en el granado,

porque estás -aún suenan tus pisadas

entre los lirios-,

y, ahora, de nuevo,

cuando florece el aire y en el corral vibran las golondrinas,

te siento aquí, a mi lado:

en el murmullo

de las abejas vuelvo a estar contigo.

 

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