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Julia Uceda

   Nació en Sevilla, en 1925. Vivió en Estados Unidos e Irlanda y desarrolló una actividad intensa como profesora universitaria. En 2003 obtuvo el Premio Nacional de Poesía por su libro “En el viento, hacia el mar”. También consiguió el Premio de la Crítica de Poesía Castellana, en 2006, entre otros reconocimientos. En 2017 se publicó en España “Háblame de Julia Uceda”, un libro con textos de poetas y narradores en su homenaje.

 

 

   Hablo de la infancia

 

Escalera crujiente,

trozo de bosque organizado

por el que ir hasta la cumbre

de aquel desván lleno de sueños,

pájaros silenciosos

que viajan sin ruido.

Sobre ti estaba el premio

cubierto por el polvo

y lo muerto vivía

para mí, en mis ensueños.

Hogar sin sótanos,

todo aquello era hermoso

porque estaba creando su recuerdo;

viviéndote, sentía

que de algún modo ya te recordaba.

Y siempre que te acercas

entre la niebla, oigo

cómo se queja suavemente,

enmohecido por las lluvias,

el pesado cerrojo de una verja.

La del jardín acaso.

 

 

   El tiempo me recuerda

 

Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.

En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;

objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.

La luz que recorre los abismos

ilumina años anteriores a mí, que no he vivido

pero recuerdo como ocurrido ayer.

Hacia mil novecientos

paseé por un parque que está en París -estaba-

envuelto por la bruma.

Mi traje tenía el mismo color de la niebla.

La luz era la misma de hoy

-setenta años después-

cuando la breve tormenta ha pasado

y a través de los cristales veo pasar la gente,

desde esta ventana tan cerca de las nubes.

En mis ojos parece llover

un tiempo que no es mío.

 

 

   A Edith Piaf

 

Te han condenado.

Una oración,

como limosna insuficiente,

ha caído

sobre la tapa de tu féretro.

Te han condenado, Edith,

por no querer ser

la excepción que confirma

la regla. Porque

querías,

tú, gorrión

de la calle, ser

la regla. Porque

intentabas salirte de la calle.

Te han condenado como

si Dios no fuese amor. El dedo

ejemplar

-una uña sucia, como

si lo viera- se alzó

sobre tu frente

y mostró al mundo

que sólo esa limosna- por sí acaso...-

merecías.

 

De nuevo a la intemperie.

Esta vez " a la calle"

te han dicho.

A la calle amarilla

de los muertos, sin Senas,

sin flores, sin guitarras.

 

Pero tú, Edith, sonreirás.

Tuviste ya tu infierno

al borde de la cuna: sabes

lo que un niño criado con alcohol.

Edith, mystère Piaf, rezabas

no al morir, al cantar;

y sin saber por qué,

por quién acaso. Ahora

es cuando cantas en la inmensa calle

de Dios, alegremente,

Edith, mystére Piaf.

 

 

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