• @Primvers
    A veces yo también les llevo flores a mis cicatrices
  • @carolineberl
    Lo que me gusta del tiempo es que todo lo cura con personas
  • @UlisesKaufman
    Cuando seamos invisibles, recordaremos la belleza del gris
  • @canocs19
    Canta la tristeza/ sus secretas sílabas/ en la música azul/ de la tarde quieta
  • @vidoq66
    Soy un fantasma triste en el cementerio de almas que es la ciudad
  • @marga_canseco_r
    Vendemos al mundo para comprar fuego, nuestro camino iluminado por hombres en llamas
  • @Tu_Infortunio
    Te espero después de la última vez
  • @esthercbrls
    Me asusta la mujer que me contempla desde el espejo
  • @osorio_jl
    La piel es la superficie del mar que te asola
  • @Desbalagada
    Qué puedo decir que no hayas leído
  • @Tayler_burdel
    Toda locura merece un gran amor
  • @nuberrante
    Escribir es soñar con precisión

Lucía Estrada

 

   Nació en Medellín, Colombia, en 1980. Formó parte de la organización del Festival Internacional de esa ciudad y participó de la revista “Alhucema”, de Granada, España. Viene publicando poesía desde 1997. Fue incluida en antologías en su país, Costa Rica, Chile, México, Perú y Venezuela, así como en España. Ganó el premio Ciudad de Medellín, en 2005, y el Ciudad de Bogotá, en 2009 y 2017, entre otros reconocimientos.

  

 

   XXI

 

Cuánto silencio cabe en las manos de un hombre

cuando las palabras huyen confundidas

como guerreros vencidos antes de la batalla.

 

Acaso el corazón comprenda estas cosas

y abra en su noche un lugar para la muerte.

 

Blanco es el instante que nos representa

 

Manchas oscuras que suben hasta los labios para decir no

para invocar por última vez el nombre de una verdad

que ya no nos pertenece.

 

 

   XXIII

 

Y si esta piedra fuese nuestro pan

          y esta palabra sombra

               la única luz que nos asiste al terminar el día

 

y si la luz fuese la prueba de nuestro abandono

               y si el abandono fuera nuestra más firme certeza

 

y si la certeza fuésemos nosotros mismos

               en manos de la muerte

 

y si la muerte se abriera como el exilio de un cuerpo

                que se resiste a la nada

 

y si la nada fuese nuestra mesa

                y la copa en que bebemos un vino amargo y lejano

 

y si la lejanía se agolpara de pronto

                en la terrible inocencia de permanecer

con los ojos abiertos

 

y si los ojos fuesen las puertas de nuestra derrota

 

y si la derrota trazara el mapa del destino

como el pájaro enfermo la grieta

               de su soledad en el aire

 

y si el silencio cayera sobre nuestra página en blanco

y barriera las hojas de lo que un día

fue nuestro árbol primero

 

y si el árbol se inclinara sobre las ruinas del amor

y las cubriera de musgo y hundiera en ellas sus raíces

 

y si las raíces fueran el cielo y el vacío de unas manos

que nunca han de aferrarse a cosa alguna

y sin embargo escriben en la piedra

y siguen el curso de su noche cerrada

 

y si la noche no fuese otra cosa que la noche

 

intemperie

 

verticalidad de un hombre solo

en su caída.

 

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