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Nicanor Parra (II)

   Nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, provincia de Ñuble, Chile. Este poema se publica a propuesta de la lectora en Twitter @juanitateama

 

    Se canta al mar

 

Nada podrá apartar de mi memoria

La luz de aquella misteriosa lámpara,

Ni el resultado que en mis ojos tuvo

Ni la impresión que me dejó en el alma.

Todo lo puede el tiempo, sin embargo

Creo que ni la muerte ha de borrarla.

Voy a explicarme aquí, si me permiten,

Con el eco mejor de mi garganta.

Por aquel tiempo yo no comprendía

Francamente ni cómo me llamaba,

No había escrito aún mi primer verso

Ni derramado mi primera lágrima;

Era mi corazón ni más ni menos

Que el olvidado kiosko de una plaza.

Mas sucedió que cierta vez mi padre

Fue desterrado al sur, a la lejana

Isla de Chiloé donde el invierno

Es como una ciudad abandonada.

Partí con él y sin pensar llegamos

A Puerto Montt una mañana clara.

Siempre había vivido mi familia

En el valle central o en la montaña,

De manera que nunca, ni por pienso,

Se conversó del mar en nuestra casa.

Sobre este punto yo sabía apenas

Lo que en la escuela pública enseñaban

Y una que otra cuestión de contrabando

De las cartas de amor de mis hermanas.

Descendimos del tren entre banderas

Y una solemne fiesta de campanas

Cuando mi padre me cogió de un brazo

Y volviendo los ojos a la blanca,

Libre y eterna espuma que a lo lejos

Hacia un país sin nombre navegaba,

Como quien reza una oración me dijo

Con voz que tengo en el oído intacta:

"Este es, muchacho, el mar". El mar sereno,

El mar que baña de cristal la patria.

No sé decir por qué, pero es el caso

Que una fuerza mayor me llenó el alma

Y sin medir, sin sospechar siquiera,

La magnitud real de mi campaña,

Eché a correr, sin orden ni concierto,

Como un desesperado hacia la playa

Y en un instante memorable estuve

Frente a ese gran señor de las batallas.

Entonces fue cuando extendí los brazos

Sobre el haz ondulante de las aguas,

Rígido el cuerpo, las pupilas fijas,

En la verdad sin fin de la distancia,

Sin que en mi ser moviérase un cabello,

¡Como la sombra azul de las estatuas!

Cuánto tiempo duró nuestro saludo

No podrían decirlo las palabras.

Sólo debo agregar que en aquel día

Nació en mi mente la inquietud y el ansia

De hacer en verso lo que en ola y ola

Dios a mi vista sin cesar creaba.

Desde ese entonces data la ferviente

Y abrasadora sed que me arrebata:

Es que, en verdad, desde que existe el mundo,

La voz del mar en mi persona estaba.

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