• @jex_javier
    El eclipse del lector es su imaginación
  • @isona_clarck
    Me gustan los lugares deshabitados por promesas sin salida
  • @EvaLopez_M
    La de cosas que pasan sin que ocurran
  • @hipst_eria
    No es lo que escribes, es lo que borras
  • @JacGoldberg
    El horror salivea en nuestra nuca
  • @Sofia_Insomnia
    Los herejes tenemos que organizarnos
  • @Sinsintidez
    A los tristes los delata la música
  • @yonosoycarmen
    Irse por fuera, quedarse por dentro, esa complicación
  • @NaEnEspiral
    Aquí, donde venimos a disfrazar epitafios con el traje de postal
  • @_soloB
    Yo he dormido lo insuficiente como para no tener pesadillas despierta
  • @tearsinrain_
    No te asustes, solo es otro futuro mas
  • @arbolador
    Algún día se perdonarán haberse conocido

Ana Isabel Conejo

   Nació en Tarrasa, Barcelona, en 1970. Es también novelista y traductora. A una larga lista de reconocimientos, que incluyen el Premio Hiperión, agregó en noviembre de 2917 el Manuel Acuña, que otorga el estado mexicano de Coahuila.

 

    Alba

Saludé al día, le canté sus versos
de clavo y azafrán mezclados con harina,
escuché en los corrales la amarilla
claridad de las aves,
vi a los perros de caza rascándose las pulgas.
Saludé al día, saludé a la luz
de su silencio. Nada en la mañana
prometía sorpresas, nada en ella
requería lenguaje.
Lo durable, lo rítmico del mundo
no se dice; se vive desde dentro
con temblores de álamos, de hojas
tocadas levemente por las manos
desnudas de la brisa.
Lo profundo, lo cálido del mundo
no se piensa, se escucha
como se escucha el mar. Sólo lo extraño
precisa la palabra:
los súbditos de un reino convertidos
en piedras negras,
las islas de metal, los genios malos.

 

   Irak

 

Entre los nombres verdes y lentos de dos ríos
están ellos. Descienden
de los inventores de diluvios
y océanos de espigas,
de los que, lustro a lustro, esculpieron en los muros marinos
de la ciudad de todos los excesos
un friso innumerable de leones alados.
 
Ahora oigo llantos de manos por las noches,
sollozos de mujeres alcanzadas
por los sofisticados proyectiles de la Justicia con mayúsculas
lanzados al azar desde pulcros despachos,
 
y me pregunto si el hambre no es un arma biológica,
si son tan peligrosos los ojos indignados
de un puñado de hombres,
que haya que hacer bordados de sangre en sus camisas,
si fundar estrategias en los huesos
de los recién nacidos
no viola por azar algún artículo
de la muy respetada convención de Ginebra,
 
me pregunto qué bombas, qué misiles
nos darán la razón ante esos rostros
abrumados de males evitables,
del espanto
de no tener respuestas
que alimenten los ojos oscuros de los niños,
 
qué memoria, qué rito,
qué danza silenciosa
de guerreros antiguos
podrá justificarnos...

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