• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
    Quiero que solo me apuñales a mi
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @divagandoletras
    Cerrar las ventanas con nosotros fuera. Y quedarnos en el otoño
  • @Claudia_DelSur
    La imaginación nos envuelve en abrazos reales
  • @MeMalcriaste
    También hay errores platónicos
  • @Juansistemico
    Tocará beber de su sonrisa en una foto
  • @Pluriversos
    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
  • @nancyeldarjani
    La hora es un compás seguro

Ben Clark

   Nació en Ibiza, en 1984. A fines de octubre de 2017 le fue adjudicado el Premio Loewe. Había obtenido el Premio Hiperión en 2006 ex aequo con David Leo García, y el VII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande, entre otros reconocimientos. Es también traductor.

 

   Revolución

 

Contra todo florecen los almendros.

Protesta radical e inquebrantable.

Este siglo veloz sin concesiones

ya no tiene un talón

visible; más que un ojo tiene mil

y no hay David que pueda ya vencerlo.

Escasean los héroes

en esta era de plasma

y, con todo, florecen los almendros.

Creer en el amor tampoco sirve

–contra el amor las flores han marchado–,

de amor están repletas las cunetas;

entre los vivos sólo

persiste el verde amor por el dinero.

Mienten las dependientas el catorce

y por eso florecen los almendros.

Por el sapo dorado, el tigre persa,

por el león del cabo y el dodo,

el pingüino gigante,

el águila de Haast y el tilacín,

la paloma viajera, el pájaro carpintero

Imperial, por el ciervo de Schomburgk

llevan su luto blanco los almendros.

Porque hoy en día existen los esclavos

–las flores lo repiten: ¡hay esclavos!–

y lugares oscuros

y cárceles sin nombre

donde la vida es sólo un agujero.

Con la voz de los mudos se resisten

a callar los almendros.

Hay un dolor oculto en primavera,

nada sabe del hombre, de su historia

de guerras y desastres,

también este dolor es algo hermoso,

hermoso, ambiguo y brevemente eterno;

es la pena inefable

que hace estallar de amor a los almendros.

En este florecer tan subversivo

se han ido las pasiones de otros años,

se ha ido la esperanza

con la escarcha de enero y con el agua

que tímido se adentra en un febrero

que es testigo del cambio y del combate:

contra todo florecen los almendros.

 

 

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