• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
    Quiero que solo me apuñales a mi
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    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @divagandoletras
    Cerrar las ventanas con nosotros fuera. Y quedarnos en el otoño
  • @Claudia_DelSur
    La imaginación nos envuelve en abrazos reales
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    También hay errores platónicos
  • @Juansistemico
    Tocará beber de su sonrisa en una foto
  • @Pluriversos
    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
  • @nancyeldarjani
    La hora es un compás seguro

Alejandro López Andrada

  

   Nació en Villanueva del Duque, Córdoba, España, en 1957. Fue finalista del premio Adonáis y consiguió otros reconocimientos. En octubre de 2017 presentó “El horizonte hundido”, publicado por Hiperión, con prólogo de Antonio Colinas.

 

    Siluetas femeninas

 

Las mujeres más tristes llevan mirlos          

dentro del corazón,   

tocan el aire   

cercadas por la muerte;        

cruzan raudas,          

bajo la sombra gris de los castaños.

La más anciana de ellas       

se detiene,     

nos mira brevemente, como un árbol          

doblado por la lluvia, 

nos esquiva,  

nerviosamente, y sigue caminando.

 

 

   La ventana

 

Antes de abrir de nuevo la ventana,

quiero tocar

despacio las arrugas, los surcos

que la noche abandonó

en la fragilidad de tus pupilas.

La sencillez

fue alzando entre tus ojos

paredes de piedad. En la penumbra

de los pasillos,

toco el resplandor

de tu mirada de agua. No te has ido.

Nunca te retiraste.

Me habitabas,

como aún me habitas hoy. Siempre decías,

cuando te visitaba:

“Acércate,

quiero tenerte al lado”. ¿Lo recuerdas?

Los días del invierno se llevaron

tus lágrimas de arcilla, tus silencios.

Mas déjame que ahora, en este instante,

cuando mis dedos abran la ventana

pueda tocar tu voz

para dejarla

como una flor de música en las piedras,

en esas piedras blancas del corral,

donde aún respiras

limpio,

como entonces. Debo decírtelo:

a veces, llego al patio

y creo observar palabras de aquel tiempo

flotando en el granado,

porque estás -aún suenan tus pisadas

entre los lirios-,

y, ahora, de nuevo,

cuando florece el aire y en el corral vibran las golondrinas,

te siento aquí, a mi lado:

en el murmullo

de las abejas vuelvo a estar contigo.

 

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