• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Manuel Vilas

 

   Nació en Barbastro, Huesca, en 1962. Es también narrador. En junio de 2017 ganó el premio Manuel Alcántara, organizado por el Ayuntamiento de Málaga y la fundación que lleva el nombre del poeta. Ganó el concurso, para un solo poema, con “Gran Hotel de las Islas Borromeas”.

  

   MacDonald’s

 

Estoy en el MacDonald´s de la Plaza de España de Zaragoza,

haciendo la cola gigantesca,

con los ojos clavados en los carteles de los precios,

el dinero justo en la mano derecha,

billetes arrugados.

 

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.

Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano

una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:

Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,

mi hermano ciego.

El niño está solo, no bebe,

no le llega para la Cocacola, sólo patatas.

Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,

esa soledad idéntica a la mía,

¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,

y está sentado, quieto,

en su trono, la negritud y el niño,

en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

 

MacDonald´s siempre está lleno.

Es el mejor restaurante de Zaragoza,

una alegría despedazada nos despedaza el corazón:

Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,

de pajitas, de bandejas.

Es el mejor restaurante del mundo.

                                               Es un restaurante comunista.

Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,

aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,

al lado de un cartel que dice "I´m lovin´ it".

                                               Tengo una bota encima de un charco

de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.

Una nata blanca, despedazada.

Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

 

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete

que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.

                                               Y ríen y tragan patatas fritas.

Y yo trago patatas fritas.

Y dos maricas están enfrente comiéndose

                                               la misma hamburguesa goteante,

cada boca en un extremo, y se manchan y

                                               se muerden.

Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan.

                                               Y se despedazan.

 

En Londres, en París, en Buenos Aires,

en Moscú, en Tokio,

en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,

en Pekín, en Gijón,

somos millones, la tarde harapienta,

el dolor en el cerebro, la comida,

millones en miles de subterráneos esparcidos

por la gran tierra de los hombres.

 

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida,

                                               baratas las patatas.

Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,

el gran hereje, el loco supremo,

el hijo de la última mano miserable que tocó

el monstruoso corazón del cielo.

Si Lenin volviera, MacDonald´s sería el sitio,

el palacio sin luna,

el gueto de las reuniones clandestinas.

 

Algo importante está sucediendo

en este subterráneo del MacDonald´s

de la Plaza de España de Zaragoza,

                                               pero no sé qué es.

                                               No lo sé.

De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:

el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.

Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.

                                    En MacDonald´s, allí, allí estamos.

Carne abundante por tres euros.

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