• @Primvers
    A veces yo también les llevo flores a mis cicatrices
  • @carolineberl
    Lo que me gusta del tiempo es que todo lo cura con personas
  • @UlisesKaufman
    Cuando seamos invisibles, recordaremos la belleza del gris
  • @canocs19
    Canta la tristeza/ sus secretas sílabas/ en la música azul/ de la tarde quieta
  • @vidoq66
    Soy un fantasma triste en el cementerio de almas que es la ciudad
  • @marga_canseco_r
    Vendemos al mundo para comprar fuego, nuestro camino iluminado por hombres en llamas
  • @Tu_Infortunio
    Te espero después de la última vez
  • @esthercbrls
    Me asusta la mujer que me contempla desde el espejo
  • @osorio_jl
    La piel es la superficie del mar que te asola
  • @Desbalagada
    Qué puedo decir que no hayas leído
  • @Tayler_burdel
    Toda locura merece un gran amor
  • @nuberrante
    Escribir es soñar con precisión

Claudio Rodríguez

   Nació en Zamora, en 1934. Obtuvo el premio Adonais, en 1953, y luego el Nacional de la Crítica, el Nacional de Literatura y el Nacional de Poesía. Integró la Generación del 50. Murió en Madrid, en 1999. Para noviembre de 2017, el Seminario Permanente Claudio Rodríguez organiza en Zamora jornadas internacionales dedicadas a él.

 

   Ajeno

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

 

   Esta iluminación de la materia...

Esta iluminación de la materia, 
con su costumbre y con su armonía, 
con el sol madurador, 
con el toque sin calma de mi pulso, 
cuando el aire entra a fondo 
en la ansiedad del tacto de mis manos 
que tocan sin recelo, 
con la alegría del conocimiento, 
esta pared sin grietas, 
y la puerta maligna, rezumando, 
nunca cerrada, 
cuando se va la juventud, y con ella la luz, 
salvan mi deuda.

 

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