• @Cataperdis
    ¿Cuándo dejamos de bailar solo porque nos estaban mirando?
  • @Lestat1414
    La realidad es una fantasía que se rindió
  • @sylviopolis
    Las personas se van y se llevan sus campos semánticos
  • @Ohzolli
    Ese ángel se llama ausencia. Cuando nos nombra, seguimos siendo ciertos
  • @poeticsilence__
    La madrugada es el primer ojalá
  • @carolineberl
    Mi golpe de suerte fue con un libro
  • @ITalkToRainbows
    Con tanta tecnología ya no se pierden los corazones como antes
  • @karla77_karla
    Uno se reinventa sin remedio cuando el amor ensordece
  • @sognos_
    Deberíamos pagar las consecuencias por adelantado
  • @NaEnEspiral
    Un Nosotros siempre es un dogma de fe
  • PacoParra14
    Échale más tinta a la herida
  • @Srta_Guacamole
    Era música para mis rugidos

Claudio Rodríguez

   Nació en Zamora, en 1934. Obtuvo el premio Adonais, en 1953, y luego el Nacional de la Crítica, el Nacional de Literatura y el Nacional de Poesía. Integró la Generación del 50. Murió en Madrid, en 1999. Para noviembre de 2017, el Seminario Permanente Claudio Rodríguez organiza en Zamora jornadas internacionales dedicadas a él.

 

   Ajeno

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

 

   Esta iluminación de la materia...

Esta iluminación de la materia, 
con su costumbre y con su armonía, 
con el sol madurador, 
con el toque sin calma de mi pulso, 
cuando el aire entra a fondo 
en la ansiedad del tacto de mis manos 
que tocan sin recelo, 
con la alegría del conocimiento, 
esta pared sin grietas, 
y la puerta maligna, rezumando, 
nunca cerrada, 
cuando se va la juventud, y con ella la luz, 
salvan mi deuda.

 

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