• @Primvers
    A veces yo también les llevo flores a mis cicatrices
  • @carolineberl
    Lo que me gusta del tiempo es que todo lo cura con personas
  • @UlisesKaufman
    Cuando seamos invisibles, recordaremos la belleza del gris
  • @canocs19
    Canta la tristeza/ sus secretas sílabas/ en la música azul/ de la tarde quieta
  • @vidoq66
    Soy un fantasma triste en el cementerio de almas que es la ciudad
  • @marga_canseco_r
    Vendemos al mundo para comprar fuego, nuestro camino iluminado por hombres en llamas
  • @Tu_Infortunio
    Te espero después de la última vez
  • @esthercbrls
    Me asusta la mujer que me contempla desde el espejo
  • @osorio_jl
    La piel es la superficie del mar que te asola
  • @Desbalagada
    Qué puedo decir que no hayas leído
  • @Tayler_burdel
    Toda locura merece un gran amor
  • @nuberrante
    Escribir es soñar con precisión

Nuno Júdice

   Nació en Mexilhoeira Grande, en 1949. Entre gran cantidad de reconocimientos, recibió el Premio Pablo Neruda, en 1975; el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en 2013; y el Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, en 2014. Es también novelista, ensayista y dramaturgo. Estará presente en el Festival Internacional de Poesía de Medellín, que se realiza en julio.

 

   La presión de los mercados

Préstenme las palabras del poema; o denme
sílabas de saldo, para que las ponga a rendir
en el mercado. Pero súbanme la cotización de la metáfora,
para que me limite a imágenes simples, las más
baratas, las que nadie quiere: ¿una flor? ¿Un perfume
del campo? ¿Aquellas olas que revientan, unas 
detrás de las otras, sin pedir intereses a quien las ve?

Es que las palabras están caras. Hojeo diccionarios
en busca de palabras pequeñas, las que cueste
menos pagar, para que no exijan reembolsos
si las pusiera, de propina, al final del verso. El
problema es que las rimas me irán a costar el doble
y por mucho que recorra los mercados lo que me
proponen está por encima de mis posibilidades, sin reembolso.

Y cuando vengan a pedirme lo que tengo que pagar,
¿a cuánto por ciento lo tendré que dar? Abro la cartera,
vacío los bolsillos, voy a las cuentas, y sin blanca: símbolos,
a cero; alegorías, agotadas; metáforas, ni una.
¿A quién recurrir? ¿Qué fondo de emergencia poética
me irá a salvar? Entonces, al final, me quedan dos sílabas -aire-:
al menos con ellas nadie me impedirá respirar.

 

    La crisis griega

Fue en las islas griegas donde vi el Mediterráneo
completamente azul, sin sombra de transparencia. "Y
felizmente es así", me dijo la muchacha griega que 
servía cafés a la orilla de las rocas. "Conocí a algunos que
quisieron rasgar el mar para ver lo que escondía
y nunca más volvieron". Entendí lo que quería: que 
yo rasgara la superficie del mar, y bajase los peldaños
del abismo que nos cautiva hasta la eternidad. "Si vienes
detrás de mí, y me traes de vuelta, haré lo que 
deseas". Pero ella fingió no entender mi 
lengua, aunque hablásemos un inglés de aeropuerto.

Y cuando llegamos al gran anfiteatro, bajo
las colinas de los pinos rodenos y los bosques de
cipreses, el cielo estaba completamente limpio, como si
los dioses ya hubieran dejado de existir. Recité
un verso en griego clásico, poniendo a las aves en
desbandada. "¿Ves lo que has hecho?", me gritó la muchacha
griega. "¡Llenaste el cielo con una nube de pájaros!"
Y nos pusimos a mirarlos, a la espera de saber para
dónde se dirigían. Pero se hacía tarde para tomar 
el barco. Las islas me dan claustrofobia, dijo
la muchacha griega. Y me puse a correr hacia el barco que
ya tenía los motores en marcha, sin pagarle el café.

 

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