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Fredy Yezzed, mención Casa de las Américas

   Nació en Bogotá, en 1979. El 26 de enero de 2017, el jurado del Premio Casa de las Américas, de Cuba, le otorgó mención por su obra “Carta de las mujeres de este país”, al que da título este poema que el autor comparte con los lectores de La Poesía Alcanza. Yezzed reside en Buenos Aires. Publicó “La sal de la locura”, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010), y “El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein”. Como investigador literario escribió los  estudios “Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano” y “La risa del ahorcado: antología poética de Henry Luque Muñoz”.

 

 

   Carta de las mujeres de este país

 

Aquí estamos, con la espuma en la mano frente a los trastos,

escuchando el sonido de la sangre. A través de la ventana, la luz de la luna ilumina

los metales y las pompas de jabón. Estamos ya viejas y recordamos cosas frágiles.

Todas nosotras estábamos allí. Nos dejaron vivas para que pudiésemos

decir las manzanas podridas. También para que susurremos

mientras gotean nuestros dedos: “No nos arrebataron el amor”.

Quisiese que el dolor se fuese como se va la grasa por el sifón.

Pero el dolor está ahí como un hijo creciendo adentro nuestro.

El dolor nos dice: “Hijas mías, mirad cómo han mudado de alas”.

Hay brillo en las cucharas y los tenedores, pero el recuerdo, el dolor,

el apellido de nuestros hombres aún sigue latiendo entre las manos.

Mientras lavamos una olla, un sartén, un colador, hay una que imagina

bañar y acariciar el pecho, las manos, los pies de su hombre.

Son otros los que hacen la guerra, pero somos nosotras las que cargamos

las carretillas de lodo de un cuarto al otro.

Entre nosotras y el grifo de agua, la luna y nuestros difuntos cantando.

No nos marcharemos sin más. Vamos a lo profundo del misterio.

Buscamos en el humilde jarro de nuestro pozo las palabras más sencillas

para decir con exactitud la costilla rota, su mano tronchada, sus ojos abiertos y quietos.

Cuánta pena hay en esta tarea diaria de lavar los platos, los vasos, nuestras sílabas.

La guerra tiene el nombre de un varón, pero la memoria, las vocales temblorosas de una mujer.

Nadie mejor que nosotras lo sabemos: “Todos somos culpables en la pesadilla”.

Y no hablar, lo creemos casi doblando las rodillas, es morir frente a los hijos.

Ninguna se oculte en la casa limpia, ninguna diga nunca, ninguna deje de desollar el alma.

Aquí estamos las mujeres de este país sacándole brillo a nuestros muertos.

Aquí estamos las mujeres de este país edificando con espuma

el amor. Aquí estamos las mujeres de este país

con la luna entre las manos.

 

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