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Marcos Ana

    Nació en Salamanca, en 1920. Fue prisionero del régimen franquista con solo 19 años, en 1939, y fue liberado en 1961, en medio de reclamos internacionales. Murió en noviembre de 2016. En enero de 2017, Izquierda Unida presentó formalmente un proyecto a las Cortes de Castilla y León para que se le otorgue la Medalla de Oro.

 

   Carta urgente a la juventud del mundo

 

Si la juventud quisiera

mi pena se acabaría,

y mis cadenas.

 

(Decid ¡basta!

Haced la prueba.)

 

Vuestros brazos son un bosque

que llena toda la tierra;

si enarboláis vuestras manos

el cielo cubrís con ellas.

¿Qué tiranos, qué cerrojos,

qué murallones, qué puertas

no vencieran vuestras voces

en un alud de protesta?

 

(Todos los tiranos tienen

sus pedestales de arena,

de sangre rota, y de barro

babilónico sus piernas.)

 

Pronunciad una palabra,

decid una sola letra,

moved tan solo los labios

a la vez y la marea

juvenil atronaría

como un mar cuando se encrespa.

 

Pero, ¿quién soy yo, qué barco

de dolor, qué espuma vieja,

qué aire sin luz en el viento

acerco a vuestras riberas?

 

Como campanario de oro

vuestros corazones sueñan.

La juventud es la hora

del amor, su primavera.

 

¿Por qué mover vuestras ramas

alegres con mi tristeza?

¿No es mejor que yo me coma

mi pan solo en las tinieblas;

que mis pies cuenten las losas

veinte años más, mientras sueñan

mis alas entre las nubes

de un cielo roto en mis rejas?

 

Pero la vida -mi vida-

me está clamando en las venas;

abrasa loca las palmas

de mis manos; lanzaderas

clava y desclava en mi frente

y el pensamiento me quema.

 

Ved nuestros tonos. Ya somos

como terribles cortezas;

claustrales rostros, salobres

ojos que buscan a tientas

-sedientos de luz y sol-

una grieta entre las piedras.

 

No sabéis lo que es vivir

muriéndose a vida llena;

grises, sobre grises patios,

sin más luz que una bandera

de amor...

 

Ni lo sepáis nunca...

Más si queréis que esta lepra

jamás os alcance el pecho,

no dejéis "mi muerte" quieta.

No dejadme, no dejadnos

con nuestras sienes abiertas

y en un cerrojo sangrante

crucificada la lengua.

 

Levad vuestros pechos. ¡Pronto!

( Es bueno que esta gangrena

os revuelva las entrañas.)

¡Echad abajo mi celda!

Abrid mi ataúd; que el mundo

en pie de asombro nos vea

indomables, pero heridos,

sepultos bajo la tierra.

¡Que no queden en silencio

mis cadenas!

 

 

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