• @xaviermaples
    crepúsculo: el grito del viento se dobla penetrado ya por el silencio
  • @martamj32
    Para penitencia, no cometer el pecado
  • @La__Ella
    Dejaría todo cuanto he perdido por alcanzar lo que me falta por perder
  • @ellemiroir
    Más que saber dónde brotar, saber cómo enraizarse
  • @PinaDuncan
    Todo riesgo esconde, al menos, un aprendizaje y una belleza
  • @soniamude
    Se hizo piel de mis desnudos
  • @LunaPara2
    Hay lugares de donde salgo vestida de nostalgia y con la brújula rota
  • @_vaniailed7
    Es época de repartirnos el frío entre las miradas
  • @ireneparrita
    Leer con los dedos tu piel encendida hasta quemarme
  • @VersoFinito
    Te quiero/ desnuda de palabras/ vestida de silencio/ en la alta pena de mi aliento
  • @danielatome
    Bajar las luces, soplar la música y desvanecerme, suave, como las horas
  • @stainfed
    A pleno sol recorrer los pasos del tiempo

Jorge Fernández Granados

 

   Nació en Ciudad de México, en 1965. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, en 2000, por su obra “Los hábitos de ceniza”. Es uno de los poetas invitados al Salón de la Poesía de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en noviembre de 2016.

 

   Nadir


A dónde van las cosas que nos duelen,
las que vivimos así, calladamente,
contando nuestros pasos que se borran.
El humo, la canción,
nada importante,
la misma calle, el mismo tren, la misma sombra.
A dónde van cualquier tarde
esas imágenes que aran
hasta el último rincón de lo que somos,
y vuelven y brillan y no hablan.
A dónde van entonces que nos duelen
como un crujido de brasas en la noche,
como un espanto de pájaros y rezos.
Una herida que pasa despacio
al otro lado de la carne.
O sólo duele la pobre, pobre maravilla
que nos traspasa
y se aleja en su viento de detalles,
el truco triste de su apenas, muda
y miserable, duele toda, todavía.
Y a dónde va, igual, toda esa mancha
del dolor que invade
la hierba, la herrumbre, las baldosas
y el secreto temblor de las miradas.
A dónde van las cosas
que traemos en un pozo, en la huella de los dedos,
las voces del asombro y el amor y la tristeza.
Sólo sombras
limitadas, nuestras, quietas
y casi ofrendas también,
irremediables,
viejas.
Qué pobre es el dolor si lo inundan
de gavetas, filigranas o preguntas,
si lo explican. No se curva
el dolor sobre su lámpara, no pasa
por el umbral de las palabras.
Es sedoso rumor bajo el candil del esqueleto,
cangrejo hambriento que se entierra
en la arena púrpura del alma.
A dónde va la sombra de las cosas, el vaho
de la tibieza en un cristal.
A dónde va el prodigio, ese ver
de pronto el afilado fuego, la serpiente
a los pies de una diosa de madera.
Ese ver que sólo es aire, rastro,
música de huellas;
y ese como tocar de pronto
una honda, honda grieta
debajo de este mundo.

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